Las piedras rodantes

Las piedras rodando se encuentran, y tú y yo algún día nos habremos encontrar…  El Tri

Llegué arrastrándome al metro cerca de las nueve de la mañana. Con mano temblorosa compré mi boleto, ése era el precio que tenía que pagar por volver a mi casa después de una noche como la anterior. Cuando entré al vagón tenía un pie en la cruda y otro seguía en la ebriedad y, como si fuese parte de mi penitencia, no alcancé asiento. Tres estaciones después de mí abordó un hippie con guitarra al hombro que no tenía mejor semblante, ni mejor aroma que yo. De todos los artistas de metro me encontré con el peor. El hippie cantaba terrible, su voz era como si un gato en celo estuviera violando a una gaita.  ¿Por qué no se subió el violinista? ¿O el de los covers de Calamaro? Hasta el vago descamisado que se tira maromas sobre un montón de vidrios habría sido mejor opción. Le lancé una mirada de odio y al hacerlo noté que su cara me era familiar… El cantante de metro era Alex, el baboso con el que salí el primer año de la universidad; ni siquiera se llamaba así pero se ganó el apodo porque su voz era una versión desafinada de la de Alex Lora.

Era una horrible casualidad encontrarme Al-ex justo ese sábado en que me veía como una versión sin talento ni dinero de Amy Winehouse. Intenté huir como cualquier persona madura habría hecho. Agaché la cara y me acerqué a la puerta deseando que no me reconociera. Me bajé en la siguiente estación y apenas di un par de pasos fuera del vagón, sentí una mano tocándome el hombro. Me vi obligada a darle la cara a ese hombre flaco, percudido, de melena larga y ojos hundidos en que se había convertido Alex.

No lo había vuelto a ver desde que terminamos y eso había sido siete u ocho años atrás. Todavía recuerdo ese día, estábamos precisamente en el metro cuando le dije que debíamos separarnos. No di muchas explicaciones ni entré en condescendencias, aquello ya no funcionaba y punto. Me limité a darle un abrazo y a partir de ese día no respondí sus llamadas y mensajes, ni pude volver a escuchar El metro Balderas sin sentir un poco de culpa.

Las circunstancias de este encuentro me avergonzaban. Sentía casi tanta pena ajena como propia pero aunque traté negarme, Alex insistió en que platicáramos un poco para ponernos al día “Ándale, como en los viejos tiempos” dijo; esos tiempos cuando podíamos charlar por horas sentados en el piso sin que nos dolieran las rodillas, estorbando en el andén mientras nos entreteníamos mirando el apresurado vaivén de los hombres de traje y portafolio y nos repetíamos la mentira que todo joven se dice alguna vez: “yo nunca voy a ser así”.

Alex era ese pasado que yo había dejado de recordar; era las horas en el metro, las tardes en Coyoacán y las caminatas por el centro. En esos años habíamos fundado un grupo de protesta al que llamábamos el movimiento y al menos una vez a la semana nos reuníamos para despotricar contra el perverso y opresor sistema capitalista. Dicen que el amor ciega pero creo que en mi caso también me hizo perder el oído. Alex me importaba tanto que hasta le encontré el gusto a sus canciones y lo motivaba a que cantara en nuestros eventos. Ahora que lo vuelvo a escuchar voy entendiendo por qué fracasó nuestra pequeña revolución.

Trayéndome al presente, me preguntó qué hacía de mi vida. Le conté un poco de mí, al menos las partes que me hacían parecer decente. Quería demostrarle que a pesar de los ojos hinchados, la peste a alcohol y mi color verdoso, en realidad era una persona responsable, con un trabajo honroso y tarjetas de presentación con mi nombre. Con decepción, me dijo: “¿En serio? Nunca te imaginé de oficinista”. Yo tampoco me había imaginado así, pero me dolió que otro me lo dijera. Era hiriente que un cantante rascuache de metro desaprobara un modo de vida que aunque mediocre y desesperanzador, pagaba las facturas y me dejaba los fines de semana libres. Para tratar de convencernos de que mi empleo tenía alguna ventaja le conté de los viernes casuales, del aguinaldo y que a veces, si nadie me veía, podía usar las horas de trabajo para escribir lo que a mí me diera la gana; me explayé en  todos los detalles que fueran necesarios para hacer constar que era él quien estaba en el metro pidiendo coperachas.

Con una pizca de veneno en la lengua, le pregunté a qué se dedicaba. Alex me reveló que también se había hecho adulto. Era profesor en una preparatoria y tenía un pequeño negocio de repostería orgánica con su esposa. Si Alex YoNoCreoEnLasInstituciones estaba casado y tenía un sueldo, entonces ¿por qué seguía cantando en el metro? Cuando le pregunté por ello, me explicó que lo hacía por dos razones: Primero, para juntar un dinero extra y seguir apoyando al movimiento y segundo porque, según él, tocar en el metro le permitía llegar a la conciencia de más gente. Más sorprendente que la fe que le tenía su canto era la fe que le tenía al movimiento.

¿Sigues en eso?- Le pregunté con desdén.

Orgulloso dijo que sí y luego alardeó que en los últimos años habían organizado  algunas marchas, plantones y juntado firmas a favor de algo y otras en contra de alguna otra cosa.

No me sorprendía que Alex se interesara en la protesta, pero sí me asombraba que después de lo que ocurrió con el movimiento siguiera dedicándole tiempo, dinero y esfuerzo. Todos los que pertenecíamos a él fallamos de una u otra manera. Hubo hipocresía, corrupción, y sobre todo banalización. Tanta gente se empezó a involucrar que inevitablemente nuestra supuesta rebeldía se convirtió en pose.

-¿Qué no supiste nada de ello?- le increpé.

-Claro que sí, pero yo me decepcioné de los miembros, no de la causa. –Dijo con su pedante tonito de superioridad moral que antes me fascinaba.

Seguimos platicando de las andanzas de juventud hasta que ineludiblemente Alex me hizo la pregunta:

-¿Y tú? ¿Por qué nos dejaste?-

No supe a quiénes se refería, si al movimiento o a lo que fuimos los dos. Tomándome el tiempo para elegir las palabras adecuadas, le expliqué que el movimiento fue algo que disfrutaba cuando entré a la universidad pero en algún momento la vida se volvió más exigente y me di cuenta de lo desgastante que era vivir entre el mundo que hay y el que nos gustaría que hubiera. No fue fácil elegir, pero al final acepté que un ideal puede ser suficiente para morir por él, pero no para vivir de él. Para suavizar la situación, le dije que no fue algo personal y que no tuvo nada que ver el hecho de que él fuera una lacra y yo fuera del cuadro de honor.

Mi lapsus de honestidad lo dejó callado. Por un momento pensé que el nuevo y maduro Alex había comprendido mis razones, otra vez me equivoqué. Con la misma intensidad con la que gritaba en sus marchas, ahora me recriminaba a mí por mi convencional estilo de vida; Me acusó de cobarde y me echó en cara que mi egoísmo y apatía le hacen más daño al país que todos los malos gobiernos juntos. Yo quise hacerle ver que mi decisión no me hacía ni peor ni mejor persona. Le dije que yo era alguien crítica y responsable, que pagaba sus impuestos, separaba la basura, apoyaba a Carmen Aristegui y no daba ni un peso al Teletón. Ensordecido por su propia voz, Alex no paraba de decirme que era una conformista, alienada, vendida e hipócrita. Me esforcé por mostrar más madurez que él pero no pude contener mi enojo. Yo no tenía por qué justificar mi estilo de vida con nadie, y menos con el hippie ése. Tan rápido como me lo permitió mi cruda, me paré y le dije:

-Alex, yo no te boté sólo porque eras un vago. Si te dejé fue porque eres un intolerante, vas por la vida disque peleando por la libertad pero te comportas como un dictador psicópata cuando alguien no piensa como tú, así que para mí, ¡el único hipócrita eres tú!-

Cuando terminé mi perorata me alejé rápidamente para no darle oportunidad de responder, no obstante,  la distancia no contuvo su reacción, igual que el tiempo no había aligerado su rencor. Aún a lo lejos podía escuchar cómo me insultaba: ¡Enajenada! ¡Vendida! ¡Manipulada! ¡Capitalista! Traté de ignorarlo para no hacer una escena más grande. Cuando estaba por llegar a la salida, gritó:

-Ojalá que tu sueldo de Godínez te dé para pagarte tu rehabilitación… ¡Alcohólica!- En ese momento me despedí de la decencia que me quedaba y desde unos quince metros de distancia le contesté:

-Tengo para eso y hasta para pagarte unas clases de canto.- Y luego le hice una sugerencia sobre en qué parte del cuerpo podía guardar su guitarra.

Al salir de la estación toda la gente me miraba. Mi sueldo me habría hecho posible pedir un Uber sino hubiera perdido mi celular en la peda del día anterior. Empecé a caminar y cuadra tras cuadra fui repasando aquel encuentro sin poder decidir quién de los dos había fracasado más en la vida: Alex, por seguir con sus fantasías de cambiar al mundo, o yo, por haber dejado de creer en ellas. Para cuando llegué a mi casa estaba tan desconcertada que no sabía si dejar mi trabajo o pedir un aumento y sacar un crédito automotriz.

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