Escribir

 Si el proceso creativo fuera un matrimonio, la inspiración sería la luna de miel

Aunque muchos escritores se sienten dioses, no sólo de los mundos que inventan sino también del que habitan, hay quien podría pensar que en realidad escribir no es una actividad tan especial, sobre todo si se considera que eso es algo que uno aprende hacer desde los seis años. La pericia para representar gráficamente una palabra la tiene quien completa un crucigrama, llena un formulario o hace una lista del súper. Incluso está presente en personas que ezkriben azi pues a pesar de cada palabra suya sea como una cuchilla oxidada, igual cumplen la función de comunicar un mensaje cuyo único defecto es que rasga sin piedad el ojo del que lo recibe.

Escribir para expresar una idea es algo que la mayoría de las personas e incluso algunos monos son capaces de hacer; sin embargo, existe otra manera de esculpir el lenguaje que es más propia de quienes escriben por la simple razón de que desean hacerlo. Impulsados por la necesidad de contar algo, ya sea para los demás o para ellos mismos como ocurre con los diarios, estos escritores buscan en el idioma la manera de externalizar y con algo de suerte comprender lo que están sintiendo. A diferencia de nuestros pensamientos que son múltiples voces arrebatándose la palabra dentro de nuestra cabeza, el lenguaje escrito implica una secuencia lineal, es decir, para que un texto tenga sentido se requiere que un enunciado preceda a otro; exigencia que sin duda resulta muy útil para desenmarañar un poco nuestro caótico universo personal.

Hay tantas maneras de escribir como personas que se dicen escritores, no obstante, pareciera que historias por contar sólo quedan unas tres o cuatro repitiéndose en un loop infinito en libros, cine y televisión. Claro que si lo que uno quiere no es contar historias, sino vender libros, siempre puede recurrir al creciente público que busca cambiar su vida, sin hacer el esfuerzo de cambiar su forma de vivir. Para convertirse en este tipo de autor, no importa si uno tiene la estabilidad emocional de Charles Manson siempre y cuando sepa cómo hacer que soluciones obvias y psicología de sentido común tengan ese atractivo místico, mágico y espiritual que resulta irresistible para la gente coolta que está ávida de cultivar lo que más admiran, o sea, a sí mismos. Para estos fines es indispensable repetir cuantas veces sea posible que el lector, la vida y el mundo son algo maravilloso; obviando que si esto fuera cierto nadie necesitaría libros de superación personal.

Por otra parte, si uno tiene la intención de escribir pero lo que le falta es un tema, a veces es recomendable parar de exigirle a la creatividad y dejarle ese asunto a la serendipia, que es ese sublime momento cuando encontramos lo que necesitábamos sin saber siquiera que lo estábamos buscando, y una vez que esto ocurre, no queda más que embriagarse con esa etérea sustancia conocida como inspiración. La inspiración es algo que está flotando en ciertos lugares, objetos, situaciones o personas, por eso cuando se siente en la atmósfera la gente se inspira; y como inspirar no es otra cosa que respirar, entonces uno trata de llenarse de esto hasta que las ideas se desborden sobre el papel. Lo único desafortunado de la inspiración es que no es cosa de diario, por ello es preferible encontrar algo en que ocuparse mientras uno la espera; como ya dijo Picasso: “la inspiración existe, pero tiene que encontrarte trabajando.”

Si el proceso creativo fuera un matrimonio, la inspiración sería la luna de miel, mientras que lo que viene después, las correcciones y la edición, son esas primeras peleas en que uno repasa las decisiones tomadas y se pregunta: “¿En qué estaba pensando?” Así como se discute con la pareja, uno se riñe a sí mismo, se juzga y se reclama por haber elegido tal o cual frase; se lee, se desprecia, se perdona y eventualmente vuelve a intentarlo. Éste es un proceso largo y tedioso en el que hay que negociar con las palabras hasta que se parezcan a lo que uno quiere decir, lo cual sólo se logra con paciencia, amor, tozudez y masoquismo, casi casi lo mismo que se requiere en un matrimonio.

Escribir es como meterse en un laberinto que se construye mientras se recorre y en el proceso uno se quiebra la cabeza de tanto toparse con pared; por ello, o se consigue un casco o de plano uno deja de preocuparse por que el lector pueda descifrar nuestro laberinto. Leer autores de este tipo es como estar con esa gente que habla sin parar, sin importarle que quien le escucha se interese o le comprenda porque el único objetivo de su verborrea es sentir que su voz es más valiosa que el silencio. Algo similar ocurre con los artículos científicos, los reportes, las tesis y demás papeles que se llenan de tinta para ser entregados más que para ser leídos.

Si se desea hablar con el lector es necesario dominar su idioma, y no hay lenguaje más universal que el de la imagen. Es bien sabido que las personas pensamos con imágenes, por algo se dice que cuando se lee, se imagina, es decir, se ven imágenes mentales de las palabras. Por eso cuando se lee el nombre “Don Francisco” uno puede evocar al fontanero, al animador de Sábado Gigante o a cualquier otro Francisco que conozca. Lo cual no ocurre al mencionar un “borborigmo” porque con esa palabra la gente se puede imaginar de todo o no imaginar nada, a menos de que se aclare que borborigmo es ese ruidito que hacen las tripas cuando uno tiene hambre, y entonces ya podemos ver y hasta sentir de qué estamos hablando.

El tema, el proceso y la forma, dependen de las peculiaridades de cada escritor, lo cual es lo que comúnmente se conoce como estilo, y es lo que hace la diferencia entre los tocayos Ibargüengoitia, Borges y Bucay. Lo venturoso del caso es que para cada estilo literario hay al menos un lector, de modo que los que se animan a escribir tienen la certeza de que siempre habrá quien asienta frente a sus textos, aunque esa persona sean ellos mismos; y si se consigue que alguien más llegué hasta el punto final, entonces se puede presumir con orgullo que ya se tienen dos lectores.

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