La terminal

El ómnibus se ha ido, el amor se ha vencido, quise quedarme pero me fui.  Charly García
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Ximena había quedado de encontrarse con Víctor en la terminal para tomar un autobús al rancho de su familia. Por primera vez en cinco años de relación, ella llegó antes que él. Quiso probar la puntualidad justo el día en que harían ese viaje al que se había negado al menos una decena de veces. Cada que Víctor la invitaba, ella encontraba cualquier argumento para evitarse la visita. “Ve tú solo para que disfrutes más a tu familia”, “tengo el SPM y me siento terrible” “Van a venir a fumigar ese fin de semana”… Parecía que le era preferible quedarse en casa con cólicos o aplastando cucarachas que sentirse obligada a convivir con una familia que, a diferencia de la suya, ella no estaba obligada a tolerar.

A grandes rasgos Víctor era parco pero dentro de su trato serio y a veces distante, siempre encontraba la manera de demostrarle a Ximena que no había algo que le importara más que su bienestar; y cuando alguien hace eso por una, no hay forma sencilla de decir que no tantas veces sin que la otra persona se sienta defraudada. En contraste con  el resto de sus pretendientes, no era ni muy guapo, ni rico, ni atento, pero tenía cierto encanto de hombre trabajador que le ayudaba a eclipsar sus carencias. La familia de Ximena decía que era un hombre de bien y que cumplía cabalmente con las tres “F”. La suegra lo adoraba y cada que podía le recordaba a su hija cuánto debía cuidarlo: “Los hombres como Víctor no se dan en maceta”, solía decirle cuando éste le ayudaba a reparar un desperfecto de la casa o pasaba por ellas a algún lado. Las tías de Ximena lo saludaban con un abrazo inapropiadamente apretado y constantemente le sugerían a su sobrina que amarrara a ese muchacho en cuanto pudiera: “Mija, por esperar a los de caballo se te van a ir los de a pie…” Le repetía en medio de un suspiro su tía la quedada.

En la terminal el tiempo pasaba lento, la distancia entre la espera de una y la llegada del otro se estaba espesando como una niebla que sofocaba las pocas ganas que Ximena sentía de estar ahí. Una parte de ella estaba dispuesta a hacer ese pequeño esfuerzo por ver a Víctor feliz pero la otra no lograba conciliar el hecho de que entendieran la felicidad de forma distinta: Él era feliz al visitar a su familia acompañado de su novia, ella era feliz cuando no tenía que esforzarse por complacer a nadie.

En las últimas semanas el asunto de la visita al rancho había sido pleito recurrente, bueno, más que pelear lo que hacían era discutir. Una discusión entre ellos equivalía a hablar una y otra vez de la misma cosa hasta que de tanto repetirla el aburrimiento se volvía más agobiante que la propia discusión; pero así era Víctor, su misma necesidad de parecer un hombre racional le impedía sacar el enojo como la gente común: con gritos, azotones de puerta y platos rotos; él prefería pasar cuatro interminables horas hablando de asuntos que para Ximena se podían resolver con media hora de apasionados gritos y otras dos de apasionada reconciliación. Lo único que lograba sacar a Víctor de su papel de caballero era la propensión casi biológica que Ximena tenía hacia la impuntualidad; por ello esa mañana se esforzó por llegar a tiempo. No quería empezar de malas una situación que ya por sí sola pintaba aciaga. Quizá Víctor pensó lo mismo y se retrasó intencionalmente para no verse obligado a esperarla. Ni siquiera para complacerse tenían química.

A veces Víctor y Ximena se creían eso de que el amor es capaz de mediar toda diferencia pero nunca se cuestionaron si era amor lo que los mantenía juntos. Tal vez Víctor no la amaba tanto como amaba la idea de que los hombres serios como él saben cómo mantener a una mujer a su lado. Por su parte, ella sabía que lo quería, pero no estaba segura de quererlo lo suficiente como para dejar de lado las muchas otras cosas que también se habían ganado su cariño por ejemplo, su tiempo a solas, su vanidad y sus salidas con otros hombres.

Más que amor lo había entre ellos era tiempo: los años juntos, las noches compartidas, las discusiones sin gritos, los “te amo” llenando silencios, las decepciones, los constantes esfuerzos por tratar de ser lo que el otro buscaba, las horas de espera, lo minutos de duda… y ese instante en que Ximena por fin aceptó que nunca esperarían lo mismo. Cuando Víctor llegó, ella ya se había ido. Estaba harta de esperar.

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