Niños de los 90

Mi noción de la realidad se formó en la década de la devaluación, el Chupacabras y el regreso del SIDA.

Aunque algunos chiquillos miopes empiezan a llamarme “señora”, aún conservo mucho de la niña que fui en los noventa; a la fecha sigo escuchando el Unppluged de Shakira, he visto más veces Toy Story que sus productores y conozco cientos de momentos Simpson que no temo referir a la menor provocación. Mi noción de la realidad se formó en la década de la devaluación, el Chupacabras y el regreso del SIDA.

Mi generación se crió jugando stop, escondidas y Nintendo. Nosotros tuvimos la suerte de conocer lo mejor de dos mundos: los juegos tradicionales y la gradual inclusión de los electrónicos. Quizá fuimos los últimos niños a los que se les permitió jugar en la calle sin el temor de ser secuestrados y gozamos de los videojuegos y la computadora sin que éstos fueran las protagonistas de toda la diversión. A diferencia de los adolescentes, para quienes la única versión del mundo es la digital, y de los bebés cuya concepción, alumbramiento y desarrollo están siendo documentados en redes sociales, en nuestro caso la tecnología fue el hermano con el que crecimos. El primer celular que recuerdo haber visto fue el que usaba Zach en Salvados por la Campana , el cual era un poco más grande que su cabeza, pero en pocos años los teléfonos ya eran algo que se podía sostener con una sola mano y pronto deslumbraron al mundo con su pantalla a color y sus timbres polifónicos. Conocí el módem que sonaba como si el teléfono estuviera poseído y el Internet que tardaba tres días y medio en descargar una canción. En los últimos veinte años la comunicación cambió más que en los sesenta previos, por lo que aprendí a chismear por teléfono, SMS, emails, Messenger, Myspace, Facebook y Whatsapp, de tal modo que estoy tan capacitada para hacer una llamada en un teléfono de disco como para redactar un tweet.

Cuando era niña, la economía del país me preocupaba en la misma medida en la que hoy me interesa la programación de Mtv (si es que la televisión sigue existiendo), pero supe que hubo una devaluación porque ésa fue la explicación que le dieron mis papás a mi hermana cuando la cambiaron del colegio de paga a la escuela pública. También tengo el vago recuerdo de algo llamado Fobaproa porque en la tele lo mencionaron varias veces; gracias a ella también escuché que el EZLN quería adueñarse de Chiapas (aunque de haber sabido que lo gobernaría Manuel DelAsco era preferible entregárselo al subcomandante); me enteré que Clinton se metió en problemas por ciertos asuntos que involucraban a su becaria y me convencieron de que sin importar qué tan mal estuviera la situación del país, todo se arreglaría si Fox ganaba las elecciones.

En esos años las casas ya tenían más de un televisor por familia, así que mientras los papás veían noticias, uno podía entretenerse con los canales que fueron hechos para que los padres no sintieran culpa por permitirnos pasar horas pegados frente al aparato ése. Debido a ello, años de cultura pop quedaron registrados en mi memoria; vi caricaturas que me hicieron mejor persona, como Hey Arnold o El Recreo y otras que no debí haber visto hasta que tuviese la edad para comprender, por ejemplo, por qué la vida de Rocko era tan moderna. Por Historia Americana X me convencí de que la humanidad había sido racista, pero en la época en que conocí el entretenimiento, ser negro parecía de lo más cool, por algo me aprendí el intro del Príncipe del Rap y quería vivir en Space Jam junto a Michael Jordan. Cualquier juicio que pude haber hecho respecto al color de piel se disolvió con la confusión que me generó el caso Michael Jackson.

En cuanto a la música, conocí a Ricky Martin cuando vivía a discreción su vida loca, y a una versión de Britney Spears que figuró en los primeros sueños húmedos de muchos, esto antes de que enloqueciera y se afeitara la cabeza; escuché a escondidas a Molotov por el puro morbo de descubrir qué palabras había detrás del “pip” con el que lo censuraban en la radio. Y mientras todo ello ocurría, me quedaron las cicatrices mnémicas de esas horribles canciones protagonizadas por animales que tantas bodas amenizaron como El venado, El baile del perrito, El tiburón, La vaca o La Culebra. Descubrí a Nirvana cuando Kurt Cobain ya estaba muerto y acepté con tristeza que mi infancia había terminado el día en que escuché la primera canción de reggaetón.

Titanic no fue la peor tragedia que presenciamos, en esa década murió Freddie Mercury y nació Justin Bieber; vimos a George Clooney protagonizar Batman & Robin, a Gloria Trevi ser procesada por corrupción de menores y a las niñas peinarse al estilo Fey, con esas espantosas donas para el cabello, a la vez que sus madres se acababan la capa de ozono rociándose Aquanet en el fleco. Vimos morir a Mufasa, a más de un Tamagochi y a la voz de José José. También supimos que asesinaron a Colosio, a Selena y que Lady Di murió en circunstancias sospechosas.   Nuestra infancia se desarrolló entre la caída del muro de Berlín y la de las Torres Gemelas, y aunque el sistema no se derrumbó con el Y2K, desde entonces no ha dejado de desquebrajarse. Crecimos en un mundo que se derrite, lo cual explicaría que nuestros proyectos de vida son tan sólidos como el peso mexicano.

Los niños de los noventa seguimos viendo Friends pero ahora ya le entendemos a todas las bromas. Somos niños con tarjeta de crédito dispuestos a conseguir las mismas cosas que cuando estábamos en la primaria: un Pokemon, una entrada para la película de Los Caballeros del Zodiaco, un boleto para ver a los Backstreet Boys o cualquier cosa que nos evoque los días en que la felicidad se manifestaba en un Boing de guayaba, de ésos de triangulito. En otras épocas la gente de nuestra edad ya estaba comprando una casa, mientras que para nosotros que nacimos cuando ya se habían acabado el futuro, nuestra máxima meta es llegar sanos al estreno de Toy Story 4.

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Baby Abril de Romero

<-Aby bebé en los noventa.

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