Cuento de Navidad

Ante el fastidio mutuo de alumnos y profesores, el grueso de las horas clase se iban en los ensayos de los descoordinados bailables del festival de invierno.

A Letito

Era diciembre de 1999 y aunque en ese tiempo los niños todavía jugábamos con cosas tangibles, poco a poco el Súper Nintendo nos iba mostrando un mundo más bonito y más justo que éste en el que asesinaron a Colosio, Mufasa y Selena. En la tele, Los caballeros del zodiaco nos enseñaban de mitología, Los Simpson de política y Hey Arnold de la ética circunscrita en ser niño; en la radio escuchábamos a Shakira, Gloria Trevi y Fey, personajes que, por cierto, quince años después siguen sonando a base de cursilería, repetición y bótox.

En el anochecer de los noventa mis padres se resistían a que su economía se hundiera junto con el peso mexicano y hacían optimistas esfuerzos por enfrentarse al entonces insólito mundo de la computación y el Internet. El temor a que la tecnología avanzara de forma más acelerada que su capacidad para asimilarla los motivó a comprar una computadora, a asistir a clases de computación y a instalar uno de esos módems que sonaban como si el fax y el teléfono se estuvieran apareando.

En ese año mis papás gastaron tanto en modernizarse, que ya no les quedaron recursos para un árbol de navidad, detalle que no amedrentó el afán de mi mamá por mantener el espíritu de las fiestas. Para que la casa no desentonara con la orgía de escarcha y santa closes que cada diciembre se apoderaba del barrio, adornó con esferas y luces una palmera artificial que había en la cochera; esta extravagancia, combinada con el amarillo piña del cancel le daba a la casa un toque que más que navideño tenía pinta de luau.

Aún faltaban un par de semanas para que iniciaran las vacaciones de invierno y ante el fastidio mutuo de alumnos y profesores, el grueso de las horas clase se iban en los ensayos de los descoordinados bailables del festival de invierno. Uno de esos días en que la maestra ya no sabía en qué entretenernos nos pidió que escribiéramos un cuento de navidad. Esta tarea me entusiasmó tanto como cualquier otra, o sea mucho, yo era una niña de lo más ñoña que enloquecía con las tareas creativas; y no exagero al decir que enloquecía. Obsesionada con la idea de presentar algo original, buscaba la asesoría de mis papás pero sus propuestas siempre me defraudaban y no tenía más remedio que rechazarlas tan pronto las externaban. Ante mi frenética insistencia de que hicieran un mejor esfuerzo, terminaban por hartarse de mí y se negaban a darme más sugerencias; invariablemente la lluvia de ideas se convertía en tormenta y por el bien de la convivencia en casa con el tiempo dejé de consultar a mi familia, excepto cuando deliberadamente buscaba ideas para descartar.

El día del cuento de navidad llegué a casa con la urgencia de empezar a escribir pero, por orden de mi mamá, tuve que esperar hasta después de la comida que probablemente consistió en ensalada de lechuga y carne asada o algún otro platillo de fácil preparación en los que mi mamá era experta. Al terminar de comer corrí hacia la computadora y me escapé de lavar los trastes con el mismo argumento que usé toda la infancia: “Tengo mucha tarea, ma”. Supongo que mi mamá toleraba mi falta de iniciativa porque, aunque nunca lo admitiese, a ella también le fastidiaban las labores domésticas, de no ser así no hubiéramos comido pasta recalentada cuatro veces por semana.

Empecé a escribir mi cuento y no paré de teclear ni siquiera cuando la voz de mi mamá se le atravesó al tren de mis pensamientos: “Voy a mi clase. Por favor, te portas bien…” Esto último lo dijo a manera de trámite pues estaba segura de que no haría algo diferente que terminar mi tarea. “Sí, ma.” Le dije con fastidio y le habría dicho que sí a cualquier cosa con tal de que no interrumpiera mi proceso creativo.

Mi mamá se fue y en algún momento de su ausencia terminé el cuento. Después de horas de trabajo conseguí la cuartilla más perfecta que yo niña podía lograr; casi alcanzaba a escuchar las felicitaciones de la maestra y los comentarios envidiosos de mis lerdos compañeros quienes seguro llevarían un cuentito escrito por sus mamás, señoras que hartas de exigirles el esfuerzo extra que ellas no estaban dispuestas a dar, tomarían por buena cualquier cosa con tal de dar por terminada la hora de la tarea.

A mi trabajo sólo le hacía falta un detallito que le diera un plus a la presentación… quería, o mejor dicho, necesitaba agregar uno de esos márgenes decorados que había visto en los trabajos de Christian, el único alumno al que la maestra elogiaba casi tanto y a veces más que a mí. Probé con todas las funciones, insertar, formato, herramientas etc. pero no encontré la opción que buscaba. Ya estaba bastante frustrada cuando escuché la puerta de la entrada abrirse; por primera vez en toda la tarde sentí la necesidad de tener a mi mamá cerca. En un acto desesperado corrí a recibirla y no pude evitar el tono amañado que usaba siempre que le iba a pedir algo.

-Hola mami, ¿Cómo te fue en tu clase? ¿Qué te enseñaron hoy?-

-Seguimos viendo Word, ¿Por qué? ¿Necesitas ayuda con la tarea?-

Hacía años que no la buscaba para esos fines, de hecho, en temas de computación por lo regular ocurría a la inversa, así que de cierto modo la noté satisfecha de verme acudir a su auxilio.

La instrucción era simple, “ayúdame a agregarle un margen”. En seguida puso cara de concentración y tomó acción en aquel programa que ya le era medianamente familiar. La vi mover el cursor de manera desordenada y pronto me percaté de que sus intentos eran aún más torpes que los míos. Sospeché que en realidad no tenía idea de lo que estaba haciendo, temí por mi trabajo y le pedí que se detuviera pero ella estaba aferrada en ayudarme. Su obstinación por demostrar que todavía tenía control e incluso cierto mérito sobre mi desempeño escolar la hizo insistir. Todo pasó muy rápido. Antes de poder detenerla presionó el atractivo y siempre fatal botón rojo. En la pantalla apareció la fastidiosa pregunta de Windows “¿Desea guardar los cambios?”, yo grité que sí, pero fui más lenta que el obstinado clickeo de mi mamá y el programa se cerró llevándose para siempre mi cuento de navidad.

“¡¿Pero qué hiciste?!” Pregunté apenas pude reaccionar. Mi mamá, asustada y confundida, sólo repetía para sí: “No sé, no sé…” Me desdoblé en reclamos y la vi empequeñecerse de vergüenza al reafirmar que ya no estaba en posición de ayudarme con las tareas. Sin embargo, tan pronto como aumentó la intensidad de mi berrinche su vulnerabilidad se desvaneció y de golpe, como si fuera un pez globo, recuperó su figura autoritaria:

-¿Por qué no guardaste cambios?- Preguntó con la misma empatía que una secretaria de la procuraduría.  -En la clase de computación eso fue de lo primero que nos enseñaron…-

Para ella el caso estaba cerrado y usó en mi contra el mismo recurso del que se vale el sistema judicial: culpar a la víctima; y yo, como toda víctima sin ánimo de lucha me resigné ante la ineptitud del sistema, “¡Maldito Windows!” Me sigo diciendo. Si tanto desconfía del juicio del usuario debió haber preguntado por segunda, tercera, cuarta vez:

2) “¿Está seguro que desea cerrar este documento en el que aún NO ha guardado cambios?”

3) “Si cierra sin guardar cambios perderá todo el trabajo de la tarde, piénselo bien

¿Está seguro que desea hacerlo?”

4) “Recapacite. Si cierra este documento traumatizará a su hija y ésta crecerá como una persona pesimista y desconfiada ¿Está completamente seguro que desea cerrarlo?”

5) “Por amor de dios, ¡deténgase! Es el primer cuento escrito por su hija ¿Qué no ve que escribir es la única cosa para la que la niña podría tener vocación?”

Y así, ventana tras ventana hasta que alguna pudiese frenar la necia, pero bien intencionada, voluntad de mi mamá.

 

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