Dolor ¿Ajeno?

Texto escrito después de la desaparición forzada de los 43 normalistas de Iguala, en septiembre de 2014. Todavía nos faltan 43

Al enterarnos de una tragedia lo más humano es sentir (o aunque sea simular) un poco de congoja, no sólo por las personas afectadas, si no  también porque entristece vivir  en un mundo donde la crueldad se manifiesta diario. Por mucho que nos consterne una noticia, si ésta nos queda lejos una parte de nosotros siente alivio, y así  uno se puede compadecer por los africanos enfermos de ébola, por los niños de Gaza, por los familiares de los estudiantes de Ayotzinapa, pero para recuperar el buena ánimo basta con apagarle al noticiero, porque al fin al cabo, ese dolor es ajeno.

México adolece, y ya no hay manera de sentir indiferencia ante un dolor en que habitamos. Si no nos interesan las causas políticas y sociales que se esconden detrás de esta masacre, al menos interesémonos en las consecuencias: la crueldad, la injusticia, el desamparo, la impunidad y el sufrimiento que no quisiéramos que nos ocurriera a nosotros ni a nuestros seres queridos.  La capacidad de ponerse en la piel ajena, es lo que nos hace gente, quién destruye a otro, es porque no le importa ser destruido. No se trata entonces de política, sino de reivindicar el más básicos de los principios humanos: la empatía; lo que permitimos que le pase a otros eventualmente le puede pasar a uno; y cuando la bala de la represión nos alcance, la voz que no alzamos en vida se extinguirá en la eternidad del silencio.

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