El alma

A pesar de nuestro afán de proclamarnos el niño del cumpleaños en la fiesta de la creación, en un nivel macrocósmico somos tan especiales como una hormiga o una abeja

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A Fabián Mora que, a pesar de considerarme un vegetal, fue el primer profesor que me alentó para seguir escribiendo.

El cuerpo humano es un mecanismo similar al de cualquier otro animal, pero la gente además de comer, dormir y rascarse, también es capaz de divagar sobre cuestiones trascendentales como: ¿para qué estoy aquí? ¿Qué hay después de la vida? ¿Qué debería estar haciendo en vez de estar echado leyendo?

Dado que fuimos nosotros mismos quienes atendimos a estas interrogantes, no es de extrañar que durante siglos nos hayamos considerado las criaturas favoritas de Dios y por ende, las únicas dotadas de algo que anima nuestro cuerpo y nos permite apreciar la obra divina. Sin embargo, a pesar de nuestro afán de proclamarnos el niño del cumpleaños en la fiesta de la creación, en un nivel macrocósmico somos tan especiales como una hormiga o una abeja, con la diferencia de que estas especies sí son necesarias para preservar el equilibrio del planeta.

Se dice que el alma es aquello que sale del cuerpo cuando alguien pasa a mejor vida, cuelga los tenis, entrega el equipo, se petatea, se lo lleva la calaca, chupa faros, estira la pata, se enfría o entrega la piel; incluso se ha inferido que pesa 21 gramos, pues es el peso que una persona  pierde al morir. También se especula que se nos escapa con los sustos, pero vuelve a nosotros cuando el malafacha que nos preguntó la hora se aleja. Otros creen que es lo que a uno le roban cuando se deja tomar una fotografía, lo que podría explicar por qué en las selfies se aprecia tanto rostro vacío y desalmado.

Aristóteles creía que el alma está asociada a la vida y la dividió en tres clases: la vegetal (que vive), la animal (que conoce) y la humana (que razona); el inconveniente de esta premisa es que le da demasiado mérito una especie cuyos individuos a veces parecen razonar en la misma medida  que un tomate.

Desde la perspectiva de diversas religiones, el alma es el regalo de Dios que uno recibe para luego verse obligado a pasar el resto de la vida probando que fue digno de merecer. Otras creencias sostienen que no tiene propiamente un comienzo, sino que es una gota más en el océano de Dios, fluyendo en el eterno devenir del cosmos. Así, uno transmigraría de vida en vida hasta alcanzar la iluminación, o mínimo hasta que termine de limpiar todo el cochinero que haya dejado a su paso. Por supuesto, siempre habrá escépticos para quienes no es más que lo que se ha dicho de ella; pero esta postura es similar a creer en los extraterrestres: el que  uno niegue su existencia, no le exenta de ser abducido.

El alma es lo que literalmente anima al cuerpo y nos conecta con el mundo exterior. De hecho, se ha especulado que se aloja en el corazón o en el cerebro, pero para los más cursis es a través de los ojos que uno puede conocerla. A pesar de que existe una relación intensa entre el cuerpo y el alma, ésta no necesita un cuerpo para existir y a su vez, el cuerpo puede sobrevivir sin ella, limitándose a realizar funciones vitales, -lo que no por casualidad se conoce como estado vegetal- o incluso convirtiéndose en un ser deshumanizado, como los vampiros, los psicópatas, los zombis o los políticos.

Comúnmente se cree que cuando el cuerpo muere, el alma se desprende de él para alcanzar un destino espiritual, pero cómo será dicho destino es algo que sigue causando dudas. En la antigua Grecia, en particular en el mundo homérico, se pensaba que todas los espíritus  iban a parar a donde mismo porque se asumía que lo que el difunto hubiese hecho en vida había ocurrido por mero capricho del destino.

Sin embargo, cuando se empezó a considerar que el hombre estaba dotado de libre albedrío, las religiones se valieron de ello para establecer una doctrina en la que se nos incita a privarnos de la mayoría de cosas que hacen tolerable la vida, con la promesa de que tanto sacrificio se verá recompensado después de la muerte. Este sistema de restringir a los vivos y premiar a los que no lo están resulta muy convincente, sobre todo si se considera que nadie ha regresado para reclamar que el reino de los cielos no es como lo prometieron. Pero, ¿Por qué regir nuestra conducta con base en la promesa de una mejor vida en el más allá? ¿No sería más sensato pasarla chévere sin recibir un castigo y actuar amorosamente sin esperar recompensa? Por mucho que le demos vuelta al asunto, sólo hay una manera de descubrir qué hay después de la vida… y, como se rumora que dijo Sócrates: “La muerte es sólo una forma de ignorancia”.

Puede que incluso la idea de reencarnación sea falsa y la única oportunidad para aprender, purificar y echar a perder sea a través de este cuerpo finito. De allí que carpe diem y el más actual, YOLO, (you only live once) se hayan vuelto filosofía de vida para quienes en lo único que creen es en el momento. Quizá estas ideologías no son sólo síntoma de una generación desesperanzada, sino una expresión de almas jóvenes que quieren experimentar tanto como les sea posible antes de que se les acabe su turno en este planeta; pues aun en el supuesto de que exista la reencarnación, quién sabe si décadas después habrá planeta. Pero, en mi opinión  para comprender al menos una fracción de lo que es todo lo que es, se necesitarían siglos y siglos hasta que dejemos de medirnos en tiempo y el alma pueda regresar a ese estado donde se crean y se resuelven todos los misterios del Universo.

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