El Vive Latino

Asistir al Vive Latino a muchos les eriza la piel, no sé si por la emoción o por recordar cuánto costaron los boletos.

.

El Vive Latino ya no es lo que era, pero lo raro sería que tras tantos años de historia se hubiese mantenido igual.  Nadie, ni espectáculo, ni público, ni artistas, puede librarse de los estragos del tiempo. Quienes asistieron a las primeras ediciones ya no aguantan tres días de festival sin que les duela la ciática. También los músicos han cambiado. No es la misma Natalia que bajaron a botellazos a inicio de los dosmiles que la Mujer Divina de 2013; tampoco es igual el Calle 13 de atrévete-te que el de Latinoamérica. Los que se resisten al paso del tiempo quedan atrapados en su época, sin más remedio que repetirse a sí mismos y convertirse en una versión arrugada y con menos pelo de lo que fueron hace quince años.

Para un festival de esta magnitud no resultaba tan lucrativo restringirse a un selecto público de rockeros imbañables, cuando hay tanta gente a la que también se le puede vender un boleto. De este modo, el cartel se volvió más diverso y al mismo tiempo más incluyente. En el mismo escenario caben viejos conocidos de la música en español, leyendas del rock internacional, numerosas bandas emergentes y uno que otro bicho raro al que se le invitó para despertar el morbo de la gente. Tanta mezcla da pie a colaboraciones que serían impensables en cualquier otro contexto; algunas resultan peculiares híbridos dignos de ser escuchados, y otras suenan como  mutantes agónicos  pidiendo a gritos morir.

Lo favorable de tanta diversidad de espacios es que si uno no tolera lo que está escuchando, pues se va a estorbar a otro lado y todo resuelto. La vieja tradición de agredir a la banda hasta obligarla a retirarse poco a poco empieza a disiparse; el inconveniente de este público más flexible es que algunos músicos se permiten dar un show mediocre a sabiendas de que, aunque se lo merezcan, nadie los va a descalabrar de un botellazo.

Asistir al Vive Latino a muchos les eriza la piel, no sé si por la emoción o por recordar cuánto costaron los boletos. Es un evento que realmente impresiona, tanto por la música, como por el río de humanidad. Miles y miles de personas jadeantes y sudorosas, estrujándose, aventándose y salpicando fluidos corporales. Uno aguanta esta versión recreativa del metro Pantitlán por la mera ilusión de ver a sus bandas favoritas, aunque en el fondo sabe que no verá nada (y menos si usted es como yo y mide metro y miedo). Para el espectador, lo más importante no es ver lo que pasa en el escenario, sino sentirse parte del show. Uno se compromete con la causa como si de nuestros desafinados gritos dependiera el éxito del concierto. Y quizá así sea, pues todos presentes están construyendo la misma experiencia.

En el anonimato de la masa se vale decir que no fue uno quien hizo lo que hizo, sino que fue la masa expresando a través de uno; Por ejemplo, cuando una chica sucumbe ante el mántrico canto “Chichis pa’ la banda” no es la chica la que enseña, es la multitud exhibiendo su poca noción del frío. Y así entre la bola, uno se suelta a hacer lo que nunca hace, como echar bailongo a pierna suelta   y gritar vulgaridades hasta el desgarre de garganta. Aunque viéndolo así, el Vive también es la oportunidad de hacer lo que hacemos cada fin de semana: beber, escuchar música y hacer imprudencias, sólo que en un ambiente más espectacular, y diez veces más caro.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s