Noche de Ventura

El trabajo del Diablo nunca se revela por completo hasta después de medianoche. Hunter Thompson

Salí corriendo tan rápido como pude dejando un estallido de gritos atrás. Pensé que irían tras de mí, di vuelta en la primera esquina y una calle vacía me devoró. Quise seguir pero las piernas me pesaban y un dolor en el pecho me obligaba a detenerme. El alcohol bebido unas horas antes se convirtió en un espeso aceite que me inundó, temblando me recargué en una farola y vomité. La cosa que se desbordó de mí creció, encharcó el piso y llenó la calle convirtiéndose en una gigantesca ola que cubrió la luz que flotaba sobre mí. Todo se oscureció. Me quedé inmóvil contemplando el preámbulo de mi destrucción y me ahogué.

Un baldazo de luz me despertó, me vi cubierta por mis sábanas naranjas de gatitos y sentí un alivio que se desvaneció en cuanto recordé la tormenta de la noche anterior. La tranquilidad de mi cuarto parecía artificial, me levanté de la cama y el espejo me confirmó que la pesadilla había sido real, las ojeras y el viso amarillento de mi piel lo demostraban. Me volví a recostar, mi cruda no me permitía mantenerme más en pie. Cerré los ojos buscando en la memoria los hechos que me arrastraron hasta esa mañana:

-Dulzura, por favor, sé tan amable de traernos otra cubeta.- Dijo Denis señalando una cerveza casi vacía. –Te decía, muñeca, que lo que necesitas es pasión, ¿La conoces? Te estoy hablando de esa piromanía hacia la vida… ¿Entiendes, muñeca? el abrasador deseo de ver arder la existencia…-

-Denis…- Lo interrumpí. – ¿Por qué te rehúsas a llamarme por mi nombre?-

-Muñeca, lo que te trato de explicar no tiene nada que ver con nombres, sino con demonios. Verás, de lo que carecen tus historias es de esa fuerza maldita que pone a los personajes al borde de su abismo. Ellos te están reclamando acción, pasión, conflicto… Ya sabes lo que dicen, primor, sin travesura, no hay aventura...- Al decir esto se levantó los lentes Ray Ban que usaba incluso en la oscuridad y guiñó el ojo de ese modo seductor que hace lucir a los borrachos como pervertidos.

La primera vez que traté con Denis me pareció un yonki fanfarrón y vulgar, de ésos que piensan que ser un alcohólico, nihilista, misógino y patético es suficiente para escribir como Hunter Thompson. Conforme lo fui tratando mi opinión sobre él, como persona, no había cambiado mucho, sin embargo, como escritor me parecía perturbadoramente brillante. Nos conocimos varios meses atrás una noche en que acompañé a mi amiga Laura Pacheco a un vídeo-instalaciónconceptual-performance-acciónde poesía urbana al aire libre. Para Pacheco estos eventos alternativos constituían un cóctel de todas sus pasiones que incluían pretensiones artísticas, música indescifrable, intercambio amistoso de drogas ligeras y flirteo con hombres afeminados de bigote delicado. Entre los muchos poetas presentes, Pacheco quedó prendada de un treintón de camisa floreada y tres vellos en pecho que se hacía llamar Denis Ventura, quien leyó un poema titulado Rebeldía Groovy.

Denis recitaba lento, con el ritmo sosegado propio de los yonkis mientras a sus espaldas se proyectaba la animación de un conejo que se masturbaba sobre la luna y coloreaba el universo con su esperma una y otra vez. En cuanto terminó su participación, La Pacheco se acercó a él y pronto me vi atrapada entre la tensión sexual que ese par iba tejiendo. Denis nos comentó que era bohemio, poeta, editor, ensayista, cuentista, pacifista, Buwoskista y libre pensadorista; Pacheco le dijo que ella había sido todo eso en sus vidas pasadas. Poco después, él se acercó a su oído para revelarle lo que consideraba el secreto más grande de la literatura y por tanto, de la vida misma: “Preciosa…sin travesura, no hay aventura; o como prefiero decirlo, sin Ventura no hay travesura”. Pacheco, que era una aventurera nata se sonrojó, revolvió su cabello cuidadosamente despeinado y soltó esa risilla que tantas veces le había escuchado, ésa que me indicaba que en cualquier momento desaparecería. A los pocos minutos se alejaron y detrás de un árbol le dieron rienda suelta a las travesuras.

Desde ese día Denis se hizo personaje constante en la vida de Pacheco y yo me vi forzada a convivir con él; eventualmente terminé por sentir hacia él cierta confianza que me hacía pasar por alto el asco que me producía. Un día me atreví a pedirle que revisara mis textos y después de algunas bromas en las que sugería cómo podría pagarle por sus servicios, se ofreció a hacerlo gratis con la promesa de que algún día, si mejoraba como escritora, acordaríamos sus honorarios: “Ya  me lo pagarás cuando alcances la fama y fortuna…” Luego, viéndome de arriba a abajo, agregó: “Aunque también podríamos arreglarnos de otro modo… Ya sabes lo que dicen, flaquita, lo más sabroso de la carne está pegado al hueso…”

Me pidió que le enviara mi manuscrito y me citó al siguiente viernes en su oficina. El día de nuestra reunión llegué puntual al bar que estaba frente a la antigua cámara de diputados, a unas cuadras de metro Allende. Las paredes del lugar habían sido amarillas, pero ahora se veían verdosas y ennegrecidas por la grasa y el smog del centro. Chiles y ollas viejas colgaban del techo y un cálido aroma a cerveza seca, caldo de camarón y horno con cucarachas se asomaba hasta la calle. El local estaba casi lleno, en la rockola sonaba Belleza de cantina. Denis estaba esperando en una mesa del rincón, llevaba una camisa floreada de cantante de merengue y botas vaqueras. Al sentarme junto a él, me dijo: “Muñeca, ¿sabes porque a este lugar le llaman Las piernudas?” Luego levantó el brazo para atraer la atención de una mesera; la mujer que se acercó tendría tal vez unos cincuenta años, usaba una blusa escotada y sus piernas eran dos chorizos aprisionados por una minifalda negra a punto de reventar. La presión hacía saltar su arrugado vientre y una cicatriz de cesárea se asomaba por arriba de su falda como una sonrisa macabra.

-¿Qué les voy a traer, corazones?- La mujer hablaba como si fumara Delicados desde los doce años.

– Gracias, guapa, un par de oscuras, por favor… no, mejor que sea una cubeta,  la noche es joven y tenemos mucho por trabajar.

-En seguida, Denis.- Dijo la mesera tocándole cariñosamente el hombro.

No hablamos de trabajo hasta finales de la cubeta. Miré la hora, pasaban de las once y el metro cerraría pronto. Ya había bebido lo suficiente para animarme a soltarle la pregunta.

-Denis… ¿Qué te parecieron las crónicas?-

En vez de responderme, le dio un larguísimo trago a su cerveza y lo vi sonreír al espiar de reojo mi cara impaciente. Bebió lentamente, incluso podía escuchar cada glup de su garganta. Al fin habló:

-Encanto, por favor, tráenos más chicharrones.-

-Ya vienen, corazón.- Respondió la mesera más cercana.

Luego se dirigió a mí:

-En cuanto a los textos, nena, solo te puedo decir que… son simpáticos.- Dio otro trago y echó un largo bostezo.

-¿Pero?-

-No hay pero, no miento al decir que son simpáticos.-

-¿Y? ¿Qué más? ¿Qué piensas?- Pregunté nerviosa, casi desesperada.

-Bueno, tus historias son simpáticas… y ya. Eso es lo que pienso.- Me miró con algo que, de no haberse estado rascando la entrepierna habría parecido condescendencia y continuó hablando:

-Verás, muñeca; tus textos son simpáticos, pero no son algo más porque carecen absolutamente de profundidad. Leerte es como ver una sitcom: te gastas unos veinte minutos y te ríes un par de veces, pero al terminar el capítulo sientes que si no lo hubieses visto igual no te habrías perdido de nada. Te lo pongo en términos más simples, muñeca, ¿Alguna vez viste Friends?-

Asentí sin entender aún qué trataba de decirme.

-No me sorprende, tienes el tipo santurrón de la gente que le gusta Friends, en fin, a lo que voy es que uno no necesita ver las diez horribles temporadas para deducir que la sabrosa de Jennifer Aniston se quedará con el idiota de pelo grasoso… Eso se sabe desde el primer episodio y lo que pasa en medio no tiene importancia…-

-Pero Denis… En mis escritos sí pasan cosas, el personaje se mete en problemas, las cosas no siempre le salen bien…-

-No lo entiendes ¿verdad, muñeca? Eso te pasa por crecer viendo sitcoms, te explico  ¡A tus textos les falta conflicto!… La mayor aventura de tu personaje es una llanta de bici ponchada ¡¡¡Uy!! ¡Qué tragedia! Ahora Miss Simpatía tendrá que caminar hasta su clase de crítica literaria para señoras de buenas costumbres…-

-Denis, no todo son drogas, drama y sexo, a veces no importa lo que cuentas, sino cómo lo cuentas…-

-¡Cuánto daño te hizo ver Friends! Muñeca, no te engañes, detrás de esa mojigatería sólo hay miedo. Todo escritor sabe que escribir es exponerse y quizá no quieras tu mamá sepa que no eres virgen desde antes del campamento cristiano, o te da miedo que el ñoño con el que sales descubra qué tan destructiva eres o que tus compañeros Godínez se enteren que fumas yerba… pero, si te preocupa el qué dirán, te sugiero que te dediques a escribir únicamente en tu diario. Seguro tienes uno ¿verdad?…-

No tuve los argumentos para decirle que estaba equivocado, tampoco el valor para admitir que tenía razón. Llené el silencio con cerveza, me terminé mi botella y me levanté al baño. Casi daban las doce. Si pedía la cuenta al salir y corría, quizá alcanzaría el metro abierto. Cuando volví Denis no estaba. Me senté a esperarlo y de inmediato la mesera de la voz grave apareció:

-Corazón, que no se te olvide…- Dijo al dejar la cuenta sobre la mesa- No está incluida la propina…-

En la silla donde había dejado mi bolso sólo encontré una nota:

 

Miss Simpatía, me alegra informarte que ya tienes un conflicto. Cuando escribas sobre ello, llámame y veremos si te devuelvo tus cosas; del efectivo no te aseguro nada.

Tu amigo y editor,

Denis Ventura >:)

 

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