Politequería

La política es un escenario en el cual todos tenemos un papel, incluso aquellos que no se dan cuenta que están en escena.

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Lo que se suele entender por política es una cosa que, además de desagradable, parece profundamente aburrida; tanto que si uno sintoniza el canal del congreso automáticamente se activa la función de sleep del televisor.  Quizá ésta sea la razón por la que se hayan hecho tantos esfuerzos por amenizar el asunto con escándalos, excesos, payasadas, melodramas y malas actrices, al grado en que uno ya no sabe si está viendo las noticias o la Rosa de Guadalupe.

Si se habla de gremios, uno podría tener las mismas razones para confiar en un político que un criminal, con la diferencia de que un ladrón ordinario tiende a ser más honesto al exponer sus intenciones; y además, sin importar lo mucho que este raterillo se esfuerce, no lograría robarle a tanta gente como lo hace un político de oficio. Por supuesto, no hay que descartar la casi fantástica posibilidad de que exista un político digno de confianza, pero si no lo conocemos es probable que sea porque esa cualidad ha sido una limitante en su carrera.

Si uno puso atención a la clase de civismo de primaria, probablemente sabrá que la palabra política tiene su raíz en el griego polis, que significa ciudad. La ciudad es donde convergen la cultura, la gente y todo aquello que contribuye a que la vida en común siga orquestándose. Bajo esta lógica, todo hijo de vecino que trabaje, transite o al menos ocupe un espacio en la calle puede considerarse ciudadano y por tanto, también forma parte del espectro de la política, porque lo político pertenece a la colectividad y no solamente a los que hacen politiquería.

Los griegos inventaron la noción de topos (tópicos), los cuales eran la serie de temáticas que abordaban la vida pública. Ellos no sólo pensaron en un lugar común, sino que también lo construyeron. Así surgió la plaza como un espacio diseñado para que la gente se reuniera a discutir los asuntos de la ciudad, mientras que los asuntos privados  se reservaban para la casa. Al correr de los siglos, esta noción se deformó y los temas que antes se discutían en las calles se trasladaron al parlamento y se dejaron en manos de los  supuestos representantes del pueblo. Tras la ilusión de la representatividad, se levantó un muro entre la ciudad y la política, y los que quedaron del otro lado empezaron a cobrar por lo que la gente venía haciendo gratis*.

De cierta manera, resultó cómodo asumir que la política es eso que hacen los gobernantes porque de este modo uno se evita la fatiga de tener que involucrarse; no obstante, la política es algo que está  generándose a cada momento. Por una parte le dicta a los ciudadanos las pautas de comportamiento en la vida en comunidad, y por otra, es el lugar en el que ellos toman acción para interiorizar, reproducir o reelaborar dichas pautas.

Las mañas de los políticos que tanto irritan al ciudadano son en realidad manifestaciones de una forma distorsionada de entender la política como la oportunidad de aprovechar lo público para beneficio propio. Sobornar al policía, buscar al conocido para meterse en la fila o usar la copiadora de la oficina para imprimir una novela son ejemplos cotidianos de corrupción y nepotismo que en lo único en que se diferencia del líder sindical que distribuye las plazas entre sus cuates, es en el alcance de las acciones. Muchas personas serían tan íntegras como cualquier diputado si estuviesen en el mismo lugar; y así, en vez embolsarse el celular que se encontraron en la calle, se apropiarían del presupuesto estatal que apareció en su escritorio.

La política es un escenario en el cual todos tenemos un papel, incluso aquellos que no se dan cuenta que están en escena. En esta función hay quienes buscan quedarse con el protagónico y otros que creen que organizándose pueden cambiar el libreto.Hay actores cínicos, quejumbrosos, pesimistas y unos cuantos optimistas, que eventualmente terminan por cambiarse de bando.

Política y ciudadano se construyen mutuamente, y en el estira y afloja de esta relación es donde se crean los espacios para seguir edificando la sociedad. En la actualidad estamos ante la emergencia de nuevas maneras de politizar, pues las redes sociales se han convertido en un lugar de convergencia para la discusión de la vida pública, aunque tienen el inconveniente de que la mayoría del espacio es ocupado por quienes creen que la vida personal es tema de interés público. Esta forma de comunicación, horizontal, global e instantánea, si bien no vaticina una transformación inminente, sí incluye la pequeña posibilidad de dialogar, o sea, hacer política, con un gobierno que hasta hoy había insistido en mantenerse sordo.


*Pablo Fernández (1991) El espíritu de la calle. Psicología política de la vida       cotidiana. 

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