Alina la breve, reina de ningún sitio en particular por Daniela Guzmán

La narrativa no es una cosa compatible con estos tiempos tan breves.

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La brevedad tenía un problema con Alina Cubo y Alina no sabía por qué. Quiero decir, cuando un concepto abstracto se enoja con nosotros no es una cosa fácil ir a preguntarle qué le hicimos o llevarle chocolates Arnoldi para que se contente. Así que lo único que podía hacer Alina era escribirle en Facebook y Whatsapp, pero la brevedad siempre la dejaba con dos palomitas azules. Alina tecleaba “por favor, quiero escribir una minificción.” Y cuando mucho lograba hacerse con un cuento breve. Luego decía “quiero hacer un cuento breve”, y terminaba con mamotretos de veinte cuartillas sobre el dictador Sally, sobre la coreana loca que vende fósiles en internet y sobre otro montón de cosas inverosímiles que, ya saben, eran demasiado largas como para que nadie las quisiera leer.

Alina se consolaba pensando que lo que escribía era largo, sí, pero no era del todo malo, y así siguió siendo hasta que un día el Señor Ocho –un tipo con pinta de superhéroe en su identidad de civil- la abordó en una exposición de pintura.

El Señor Ocho se presentó como artista plástico y, cuando Alina le dijo que ella escribía –no le dijo que escribía largo, porque eso la habría hecho quedar muy mal- el Señor Ocho le dijo que él había empezado explorando la forma, ya sabes, y el movimiento, acá bien loco, pero de unos meses para acá se había ido dando cuenta de que la palabra tiene resonancias insospechadas.

Por eso, de lunes a jueves el Señor Ocho trabaja como artista publicitario –y trabajo muy bien, le dijo-; pero los viernes se encierra en casa, enciende un churro –ya menos, porque mi psicólogo me ha dicho que no fume tanto- y se pone a tuitear.

-¿Y de qué tuiteas?

-Pues de todo, así, de lo que voy pensando, ¿sabes cómo? Y está chingón el Twitter porque es así como una consciencia viva. Moviéndose, perrón, ¿sabes cómo?

Y entonces el Señor Ocho le dijo que por eso se siente medio escritor. Así como si fuéramos del mismo gremio, sí ubicas, ¿no?

-Bueno, ¿y escribes narrativa también?

Pero el Señor Ocho no tuvo palabras para decirle que la narrativa no es una cosa compatible con estos tiempos tan breves.

Al llegar a casa, Alina abrió el Twitter del Señor Ocho y no supo si porque el sujeto en cuestión ya le había aleccionado con su acento de norteño sobre los tiempos, las formas, los espacios y la consciencia viva detrás de las palabras, pero a Alina le pareció que Twitter estaba bien. Los tuits del Señor Ocho estaban bien. Transmiten. Y, ¿para qué escribe uno sino para transmitir, sabes cómo?

A la mañana siguiente ya había decidido que si algo le sobraba a sus historias eran los personajes. Nadie necesita de un tipo que escucha antigua propaganda soviética mientras va en el auto o de un espía que solamente come canastas de pollo frito. Y como nadie los necesita, pues qué va, los voy a borrar, se dijo Alina.

E hizo bien, porque la brevedad no tardó en recompensarla. Le mandó un Whatsapp y entonces Alina se dio cuenta de que la brevedad debía de ser de nacionalidad argentina porque su mensaje rezaba: “Tenés razón. No necesitás de un quién para contarnos alguna cosa.”

Y siguió. Alina se dio cuenta de que, ahora que se había deshecho de los quiénes, le sobraban los cómos. De qué le servía una travesía por el Desierto de Sonora para encontrar a una poeta muerta o un thriller que termina con el protagonista sacrificando a su mejor amigo si ya no tenía protagonistas ni tampoco mejores amigos. Así que lo hizo también.

Renunció a su capricho de contar aventuras.

De nuevo la brevedad se mostró satisfecha porque ahora le escribió más rápido, con un tono más familiar, inclusive: “Tenés razón, Alina. Éstos sha no son tiempos para las aventuras.”

Y era así, porque la aventura no es nada cuando se glorifica el instante, cuando se busca el corte transverso del cirujano sobre una línea del tiempo. Un fogonazo y el resto se va al olvido.

Luego Alina se dio cuenta de que ya que no tenía ni quiénes, ni cómos, le quedaban todavía los qués: esa cochambre viva que flota entre los tuits del Señor Ocho cuando habla de que el arte son pixeles valiendo verga o cuando compara a los sistemas políticos con los sistemas operativos.

Estaban los qués, sí, ¿pero de algo servían?

Quizás de nada, se dijo Alina. Y se decidió a borrarlos también.

Entonces la brevedad ya no le escribió porque ya no hacía falta. Pero de haberlo hecho le habría dicho veloz y en un tonito casi cariñoso: “Hacés bien, Allie. Estás ahora en la última brevedad: la del silencio.”

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Daniela Guzmán

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