El río calmo y el zacate seco por Radrigo García Leo

Este zacate, tá’ seco, pero no muerto del todo…

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Todo había terminado, sin Isabel, la mujer que llenó la mitad de mi vida, nada tenía sentido. Cierto es que hubo silencios dolorosos, pero fuimos muy felices. El reloj marcaba las tres cuarenta de la mañana, el cielo despejado permitía al firmamento presumir un esplendor insospechado para un insensible citadino como yo.Después de varias horas de manejar sin rumbo me sentía cansado; era tarde para pernoctar en la siguiente ciudad, detuve el coche, caminé por un sendero con la intención de encontrar un paraje y, tal vez ¿por qué no? perderme.

La vereda me llevó a la ribera de un río, me senté en una piedra para observar el magnífico paisaje que se presentaba ante mis ojos, no pensé que aún tuviera capacidad de asombro ante la belleza: la luz de la luna se reflejaba en las quietas aguas bordeadas de claros pastos y, al fondo un bosque dibujaba siluetas en el cielo. Los recuerdos surgían desordenados en mi mente atormentada; me preguntaba qué habría pasado si yo…

De pronto, un murmullo me hizo regresar a la realidad. Me sobresalté tanto que podía escuchar mi corazón acelerado. Volví la cara en dirección de la voz y no vi a nadie, supuse que me había traicionado la conciencia.

Encendí un cigarro y al levantar la mirada vi algo sobre el agua, justo dónde se formaba el camino de luz. Quise saber qué era, me levanté y caminé por la orilla, la sombra se desplazaba hacia mí…

—Es sólo un tronco, por aquí nunca pasa nada, señor —dijo la voz atrás de mí. Del susto casi me caigo.

Quién habló era un hombre mayor, de complexión fuerte y, a juzgar por su apariencia un campesino; pantalón de mezclilla, camisa a cuadros, sombrero de palma y machete al cinto. Traía de la mano a una niña pálida y con ojeras. Antes de que yo pudiera reaccionar, él continuó:

—No se me asuste, mi amigo, ya le dije que aquí nunca pasa nada.

—¡Pues no asuste, hombre! ¿y… el machete para qué es?

—Pos’ pa’ lo que fue hecho ¿pa´ qué más? Pa´ abrir brecha, el zacate tá’ seco y muy crecido… Pero buenos días señor. Salude al patrón, María.

La pequeña levantó una de sus manitas y me regaló una sonrisa de ángel.

—¿Qué lo trae por acá? —preguntó el hombre.

—He manejando por mucho tiempo y me detuve a estirar las piernas. ¿Ustedes son de por aquí?

—Allá, onde ve esos árboles; allí mérito nació María; yo, más pa´ allá.

—María no se ve bien —dije al tiempo que me quitaba el saco para abrigarla.

La niña se apartó. El viejo dijo:

—Es mejor que no intente tocarla; ella ta’ bien.

Para destensar el momento pregunté:

—Oiga, si no es indiscreción. ¿Se le hizo tarde o se le hizo temprano?

—No, señor, ni una ni otra. Llegué puntual, como siempre. —Tragué saliva—. El problema de los de la ciudad es que no saben vivir sin contar las horas.

—Tiene razón, pero la verdad es que en mi caso, hace semanas que la hora me da lo mismo.

—¿Pos qué le pasa? —preguntó, mientras se sentaba en la roca que yo ocupé antes, cargó a María y la acomodó sobre sus piernas. Pensé eludir la pregunta, pero algo en su mirada me inspiró confianza.

—Mí mujer falleció el mes pasado y no encuentro cómo seguir adelante.

—La muerte es parte de la vida señor; sí ella se jue antes, por algo sería—. Acarició a la niña —. Usted en cambio, tiene misiones qué cumplir.

—Tal vez, pero es injusto, ella tenía muchas ilusiones.

—¿Pos luego? Si usted se rinde, la vida de ella habrá sido en balde.

—¿Cómo?

—Sí señor, mientras la memoria de un dijunto siga floreciendo en el corazón de los vivos; mientras lo qui´hizo siga dando frutos en los que dejó, el muerto estará en paz, pero sí no hay quién recuerde sus quihaceres, esa alma no hallará sosiego.

Esas palabras sacudieron mi entendimiento, me impactaron en lo más profundo del corazón, con la boca abierta no supe qué decir. Ante el evidente azoro continuó diciendo:

—Íre, éste zacate, tá’ seco, pero no muerto del todo. Tá’ seco porque el río tá’ calmo y aun así lo come el ganado y lo caga, lo abona pues, y cuando el río crezca reverdecerá. Si el río y el ganado no cumplen con su encargo, el zacate morirá pa’ siempre.

El viejo se levantó, llevó el dedo índice de su mano izquierda a la boca en señal de silencio y partió con María hacia la espesura del bosque.

Escurrió una lágrima sobre mi cara llena de gozo y me quedé observando por un momento más el panorama. Deseaba retener en mi mente la enseñanza de aquel humilde sabio y el escenario del alivio a mi penar. Cerré los ojos y ahí estaba Isabel, tan bella, tan diáfana, me miraba con dulzura. Le pregunté: ¿Cuál es mi misión amor? Y después de un gran suspiro abrí los ojos y me dispuse a regresar.

Un tenue ruido me hizo voltear al sitio donde vi por última vez al campesino. Entonces noté que había olvidado el machete, lo menos que podía hacer era regresárselo, así que fui a buscarlo. Llegué dónde los árboles y encontré una cabaña modesta. Toqué la puerta, me abrió un joven. Le pregunté por el anciano y me respondió:

—Usted debe haber mirado a Don Epifanio, pero no era él, sino su ánima bendita.

—¿Qué? ¿Me está usted diciendo que este machete es de un fantasma?

—No señor, ese machete es del Remigio.

—¿Y quién es Remigio?

—El peón que macheteó a Don Epifanio.

Solté con estupor el arma homicida. Le pregunté consternado: ¿Por qué lo hizo?

—Pa´ quitarle el dinero que necesitaba pa´ curar a su hija que estaba malita.

La niña se llamaba María?

—Sí señor, y la pobrecita de todos modos murió porque con el mitote que se armó ya no dio tiempo de salvarla. Pero también pobre del Remigio, no se crea, pagó caro su pecado cuando se enteró que el dinerito ese lo llevaba el viejo pa’ dárselo pa´ pagar las medicinas de la enfermita. El infeliz se volvió loco, andaba todo enjuto y ni de la cárcel quería salir.

—¿Y usted cómo sabe esta historia? ¿Conoció a esas personas?

—¡Huy señor! Eso pasó hace mucho y todo el pueblo lo sabe de oídas, pero algunos hemos visto que en noches cómo ésta, con el río calmo y el zacate seco, el ánima de Don Epifanio se aparece porque anda buscando a Remigio pa’ apaciguarle la pena.

Ya pasaron diez años de esa madrugada en que se cruzó por mi camino Don Epifanio. A Isabel la sigo extrañando, la recuerdo en todo momento pero sin dolor. Me volví a casar, tengo una hija a quien llamamos María y es tan linda como la chiquita que me sonrió a la orilla del río calmo. Nunca pensé en hacerlo, pero hoy algo me impulsó a recrear con la pluma esta vívida historia de amor y esperanza. Casualmente hoy también es la presentación de mi cuarta novela.

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“El río calmo y el zacate seco” fue distinguido con mención honorífica en el Certamen Internacional de Relatos Cortos de Alovera, Castilla-La Mancha, España.

rodrigo garcía

Para leer más relatos de Rodrigo García Leo,
puedes visitar su blog lavidaseva.blogspot.mx

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