Elogio de los audífonos por German JM

La técnica que me faltaba para evadir al prójimo y permanecer en mi deliciosa soledad me la dieron los audífonos.

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Cuando salgo, los audífonos suelen acompañarme. No necesariamente oigo música. Están conectados al Ipod o a la chuchería en turno, pero no escucho nada. Los uso para permanecer en aislamiento.No sé qué ocurre pero a los desconocidos les da por preguntarme cosas. Quizá la gente no me hace ni más ni menos preguntas respecto de otras personas. A lo mejor, como me ven solo, sencillamente se acercan a preguntar por un folleto, una dirección, cualquier tontería porque es más penoso socorrerse de alguien que viene acompañado. Así pues, la técnica que me faltaba para evadir al prójimo y permanecer en mi deliciosa soledad me la dieron los audífonos.

Me gusta ir a museos de arte, pero no me gusta la gente que va a los museos de arte. En especial las familias que creen que, por citar un caso, el MUNAL es un lugar propicio para llevar a todo el kínder que tuvieron por descendencia para que corran a sus anchas por pasillos y escalinatas. Nunca falta el chamaco que se va de hocico y suelta la lloradera. Cuando esto pasa, imagino que se trata de un alma que escapó del Infierno y que sus gritos corresponden al martirio por el que ha de sufrir a lo largo de la eternidad. Pero no. Sólo es un escuincle chillón con padres ridículos. Los audífonos me permiten mantenerme a resguardo de tanta vulgaridad. No sólo de chillidos sino también de comentarios insulsos. Nunca falta el chavito que quiere impresionar a su hembra con comentarios dizque cultos sobre tal o cual obra, los audífonos me mantienen separado del amor adolescente y sus efluvios. Me alejan de las señoras que caminan exhibiendo su, a fuerza de constancia y años, amorfo sobrepeso mientras le gritan al marido si saben en dónde anda el niño. Los audífonos, azules, siempre azules, mi color predilecto, cuelgan desde mis orejas advirtiendo al mundo: ni se acerquen, que yo como el Señor, veo pero no oigo.

Cuando salgo a correr, cuando voy al gimnasio, mientras leo, al escribir, los audífonos casi siempre están ahí. Son el equivalente a una burbuja que mantiene en un nivel aceptable las intromisiones. No funcionan todo el tiempo. Hay personas que no saben de lenguaje corporal, ni de símbolos. Por ejemplo, ¿qué dirían si ven que un tipo al llegar al gimnasio ya trae puestos los audífonos? ¿Si adicionalmente ese tipo se va directo a los aparatos para hacer su rutina y no le habla a nadie? Dirían que es un mamón, y por supuesto estarían en lo cierto. Y también dirían que no quiere socializar, y entonces tendrían un doble acierto. Dicho lo anterior, ¿por qué será que incluso con estos antecedentes hay gente que me quiere hacer la “plática”? Y no es que sean tontos, ni yo deficientemente antipático, lo que ocurre es que hay gente que no ve lo que ocurre a su alrededor. No decodifican. Viven ignorantes en su propia interpretación que se traduce en algo así, «No viene acompañado, seguramente necesita de alguien con quien platicar y yo necesito escuchar mi propia voz haciendo eco en él. ¡Hablémosle!». Ni modo, que los audífonos no fueron diseñados por Santa Quesadilla para que anden haciendo milagros.

Al salir del trabajo, habitualmente paso a un café cercano a la oficina para gastar el rato mientras baja la hora pico. Cargo con al menos un libro, la laptop y, claro, los audífonos. Leo y escribo. Las pocas veces que he olvidado los audífonos en mi escritorio o en algún otro lado, invariablemente la llevo mal. La música ambiental que ponen en las cafeterías cada vez es más agresiva. Ya no se trata de melodías new age que rivalizan con el mejor somnífero ¡ponen canciones pop! ¡Hasta el Justin Bieber se asoma! Sin los audífonos reduciendo la polución sonora, definitivamente sufro. Adicionalmente, sin audífonos, siempre, sin excepción, hay alguien que se me acerca. Piden fuego o preguntan si traigo el cargador del celular. No fumo y no llevo el cargador conmigo (¿para qué lo primero y doble para qué lo segundo?), después de dos frases resulta que ni les interesa fumar ni el celular se está descargando. Quieren hacer charla. Procuro ser cortés y cortar la socialización en cuanto encuentro el primer hueco por donde escapar. Curiosamente, los hombres son más difíciles de callar que las mujeres. Hablan poco pero escuchan aún menos, lo que hace que no presten atención a tus intentos de acabar con su parloteo. Las mujeres, en cambio, entienden que no estás interesado en escucharlas si no sonríes, mientras no sonrías al poco se cansan. Como sea, me cuesta. S dice que en realidad se trata de gente coqueteando. «Te coquetean y tú ni en cuenta». Y pues sí, si en efecto eso hacen nunca lo noto. Soy muy burro para esto del galanteo.

Suele criticarse a las personas que se aíslan con los audífonos. Críticas poco originales, se basan, precisamente, en el aislamiento como una conducta que debe reprocharse, «Sumidos en su propio mundo, se mantienen indiferentes a los otros», dicen los que nos critican, «Aislados de su ambiente, no disfrutan del mundo y lo que ofrece a personas atentas y con los sentidos abiertos a lo que ocurre alrededor». Esta crítica es veraz si se trata de personas que durante un viaje, un recorrido por el bosque, unas vacaciones magníficas, les da por aislarse. Pero estamos hablando de misántropos que, como yo, usan los audífonos para aislarse de la vulgaridad. La rutina trae consigo insufribles repeticiones, lo mismo niños histéricos que parlanchines ególatras, ¿qué de enriquecedor puede haber en tolerarlos? ¿Hay virtud en soportar la estupidez? Si me llevo audífonos a un recorrido por la selva chiapaneca, por supuesto que merecería ser llamado cretino, pero ¿si lo que quiero es mantenerme alejado de la polución?

Por último, me entero que un amigo se compró audífonos de quinientos dólares. ¡Vaya absurdo! Por supuesto, yo celebro a los hombres que, dado que no tuvieron juguetes cuando eran niños, ahora que se los pueden comprar lo hagan. Pero ¡quinientos dólares! Ni que ignorar al niño gritón valiera tanto el gasto.

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Germán JM es columnista en
El Cantor 
¡Sigue su columna cada domingo!

Germán

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