Los viajes del odio por Julio Palma

Ella tampoco sonreía. Pero ahí estaba. Había vuelto para mí. Se detendrían los odios y la vejez, pensé.

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Siempre supe que en mi vida ya era tarde. A los 4 años ya era tarde. También lo fue a los 15 y a los 25. A los 32 años sentí que ya había envejecido de un envejecimiento brutal. Vi a la decadencia desplazarse por mis facciones y por toda mi piel. Me pasaba horas mirándome envejecer en el espejo.Empecé a hacerme viejo desde el momento mismo en que fui concebido en el vientre de mi madre, la madre que me dejó abandonado donde una vecina mientras iba a comprar no sé qué, esa madre que jamás volvió por mí, la madre que nunca más vi, la madre que me parió con este odio dentro, con esta vejez que me va acabando a cada instante, la madre que hasta se dio el placer de dejarme una broma estampada para siempre en el nombre que tengo. Me llamó Ángel.

Hubo una vez, sólo una vez en que dejé de envejecer. Casi sin darme cuenta fui dejando de viajar y de odiar. Fue simple, sin planearlo siquiera, tan sutil como el sonido de su voz preguntándome si por ahí pasaba el bus que la llevaría a su barrio. Ella me sonrió con una sonrisa que fue un golpe eléctrico, azul era su sonrisa. En ese instante mi piel paró de envejecer.

No sólo le dije qué bus la sacaría de ese barrio hacia su casa, sino que me subí con ella. Natalia es su nombre. Nos subimos juntos a ese bus y a cientos de otros durante meses hasta que una tarde cualquiera, en otoño, me soltó la mano mientras paseábamos por el parque. Se detuvo frente a mí, me abrazó y me dijo al oído “Ángel, te amo”. No envejecí más.

Y tanto paré de envejecer que durante esos meses dejé de viajar y hasta llegué a pensar en buscar un trabajo, aunque no lo necesito. La vecina se había muerto sin más familiares que yo, y antes de morir me dijo: “Ángel, mi ángel, vende esta casa y la casa de la playa y también mi auto y mis cosas para que vivas tranquilo”, así que yo tenía dinero para no trabajar por mucho tiempo. Pero Natalia me decía que no sólo se trabaja para tener dinero, sino que también para estar ocupado, “para envejecer más rápido”, pensaba yo enojado, y aunque nunca busqué un trabajo ni estudié después del colegio, le decía a ella que sí, que trabajaría o que estudiaría porque su sonrisa azul me calmaba y ya no tenía ganas de viajar.

No fui más a La Serena ni a Temuco ni a otras ciudades, no tuve más ganas de llegar de madrugada a los terminales de buses, buscar con la mirada a una a quien odiar, a una que pareciese perdida, sola, triste, y seguirla, hablarle, invitarla a desayunar, hacerla reir y casi sin que se diera cuenta, llevarla a algún motel y odiarla con todo el odio de mi vejez prematura y penetrarla y golpearla hasta que en un último hilito de vida le decía llorando “mamá”, y terminar su dolor con una muerte suave y lenta.

Con Natalia dejé de hacerlo porque no me daban ganas de alejarme de ella, y cuando a veces el odio se me venía encima apretaba los puños y las mandíbulas y me encerraba en el baño a mirarme envejecer en el espejo. Pero claro, Natalia no era vieja ni era tonta y a veces la sorprendía mirándome con dudas, como si quisiera preguntarme cosas. Otras veces, cuando me acordaba del odio, ella me miraba con miedo y se callaba y no me sonreía con su sonrisa azul. Por cosas como esas, creo, del mismo modo en que empezó a amarme también dejó de hacerlo.

Era bióloga, Natalia, y un día se fue: quería ser policía, “quiero ayudar a descubrir a los criminales con la ciencia”, me dijo, y se fue. Ese día estuve a punto de odiarla como a las otras, pero no soy tonto. No haría nada así en la ciudad: las pistas, los trazos, la gente que nos conocía… sería idiota odiar a Natalia como he odiado a las demás, y yo soy muchas cosas, pero no idiota.

Además, yo sabía que un día Natalia volvería más azul, más sutil, cuando se diera cuenta que ser policía no era para ella. Las violencias, las urgencias, lo sucio de la calle y de los crímenes no eran para ella. Yo le escribía largos correos electrónicos tratando de convencerla de que volviera. También la llamaba por teléfono para decirle que volviera, que sólo con ella podía estarme quieto, en paz. Incluso una vez, tras haber viajado a Concepción, muy triste y borracho le escribí contándole de mis viajes aunque, claro, no le conté todo. Sólo que cuando estaba mal, viajaba.

Y tuve razón: Natalia me llamó una tarde, mucho tiempo después. Quería verme pero no me había encontrado en el departamento que ella conocía. Por supuesto: yo no soy idiota y cuando vuelvo a la ciudad después de cada viaje me cambio de casa. Su llamada me alegró muchísimo y le pedí que nos viéramos al día siguiente, pero cuando la vi sentada en la plaza cerca del edificio donde ahora vivía ya no recordé cómo sonreír. Ella tampoco sonreía. Pero ahí estaba. Había vuelto para mí. Se detendrían los odios y la vejez, pensé.

“Me voy a casar”, me dijo casi sin saludarme. Venía a desearme lo mejor para mi vida y que por favor dejase de llamarla y de escribirle. López o Pérez o algo así me dijo que se llamaba el inspector de la PDI con el que se casaría. Yo sabía quién era. Lo había leído en los diarios o en internet o lo había escuchado en la televisión. Era el tira que dirigía las pesquisas para atrapar al “asesino viajero”, que era como me llamaban los imbéciles de la prensa.

Natalia no quiso subir a mi departamento. Estoy apurada, me dijo. Insistí, pero no me dejó odiarla como a las otras, ahora que ya nada me importaba, ahora que supe de golpe que había llegado a mi vejez total y absoluta, ahora que me incrustaba las uñas en las palmas de las manos de tanto odio. Pero Natalia quería que fuésemos amigos, me dijo, y para comenzar esta nueva relación entre nosotros me invitó a su departamento al día siguiente, una cena de amigos, me dijo, solos los dos como un pacto de amistad por el futuro.

Claro que iré, le dije. “Una última cena”, pensé. Total, Natalia se me iba para siempre y ya nada importaba. Sería mi regalo de matrimonio para el tal inspector López o Pérez o como se llamara. Natalia sería la última mujer a quien odiaría, la última a la que llamaría “mamá” como había hecho con las otras. Se lo diría suavecito, mirándola, mientras sus ojos se irían poniendo grandes y vidriosos y se le fuese yendo para siempre su sonrisa azul.

Tanta era la vejez que me inundaba que decidí que ese día de primavera sería el último. Había pasado toda la noche pensando en Natalia y también en las decenas de veces que había asesinado y vuelto a asesinar a mi madre hasta que el odio se me agotaba y luego ella revivía y tenía entonces que volver a viajar y volver a odiar, aunque siempre supe que llegaría el día de hoy, cuando mis viajes terminarían y la vejez me alcanzaría para llevarme tal como me había traído: solo, desesperado, odiando.

Me levanté sin haber dormido en toda la noche. Pasé la mañana revisando recortes de prensa y mis archivos en el computador. El inspector López o Pérez o como se llame era un buen tipo, se le notaba cuando hablaba en la tele sobre el “asesino viajero”. Decía pocas cosas, solo generalidades y siempre estaba sonriendo amable y discreto. Sí, era un buen tipo este inspector que nunca se casaría con Natalia.

Luego de almorzar una ensalada pasé varias horas lavando y volviendo a lavar mi viejo Vitara y limpiando la Sig Sauer P228, que era igual a la que seguramente estaba usando Natalia. Se la había comprado a un tipo en un pub de Pucón. Nunca me habían interesado las armas de fuego hasta que el sujeto me dijo “son las mismas que usan los tiras, te la vendo barata y con cargador completo”. Hasta en eso había tenido cuidado: jamás había usado la pistola. Siempre había hecho “dormir a las mamás” con mis propias manos, poniéndolas alrededor de sus cuellos y sintiendo el calor que se les iba escapando, las pupilas agrandadas, el horror. Pero esta vez sería distinto: estaba tan viejo, cansado y solo que luego de acabar con Natalia me dispararía un tiro.

Estacionado cerca del edificio donde ella vivía distinguí a lo lejos al inspector López o Pérez o como se llame besándola al despedirse dentro del Ford Fiesta. Cuando el policía se fue, entré al edificio.

El canoso y sonriente conserje me indicó qué ascensor tomar hasta el piso 4. Toqué el timbre en el departamento de Natalia. Ella abrió, seria, y se hizo a un lado para dejarme pasar. No me di cuenta que no cerró completamente la puerta. Giré y antes que terminara de saludarla con un beso en la mejilla, sentí que estaba cayendo, bocabajo, empujado por alguien que apareció de pronto desde el living. Confundido, no alcancé a pensar. Luego lo intuí e intenté moverme un poco para ponerme de pie, pero no pude. La certeza me llegó cuando el sonriente conserje ya no sonreía mientras me apuntaba con una pistola igual a la mía. Presionando su rodilla contra mi espalda, el inspector López o Pérez o como se llame me estaba esposando. Natalia me dijo que estaba detenido y que si quería podía no decir nada hasta que tuviera un abogado.

Hoy, varios años después, continúo envejeciendo en mi celda, en la que no me permiten tener espejos ni cordones ni cinturón ni nada que me ayude a viajar para dejar de odiar.

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