Mariachis sin falda por Omar Salgado

¿Por qué la acompañé? En realidad no lo sé, solo me nació quedarme con ella porque la vi como un niño que tiene ganas de hacer travesuras, olvidándose de que lo están viendo…

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Yo tenía la idea de que sería una cita un tanto más sustanciosa, había pensado en que la plática con ella sería más interesante pero ahora mismo no recuerdo si ese día hablamos de algo que de verdad valiera la pena el tiempo invertido.Después de comer caminamos mucho por el centro y las calles aledañas, hasta que comenzamos con la conversación acerca de su exnovio y de cómo se la habían pasado en su último cumpleaños, dónde estuvieron, lo mucho que se divirtieron y lo mucho que le hubiera gustado poder revivir esos tiempos en que había estado tan contenta.

¡Bahhh! Bueno a fin de cuentas como cuate y acompañante hice lo propio y escuché sin rechistar, en parte porque tenía especial interés en conocer más sobre sus gustos masculinos conforme avanzara la plática, para obtener mayores datos; en parte también porque siempre me ha gustado el chisme del tipo comadre de lavadero, como dicen, uno escucha cada aventura, que no, bueno.

Entre todas las fiestas a las que habían asistido,y las juergas que se había puesto con este muchacho (lo cual es un decir porque ella no tomaba ni gota de alcohol) terminó por decirme que aún lo extrañaba mucho, extrañaba su forma de reírse, las cosas que le contaba y con las que llegaba a sorprenderla de vez en cuando; habían terminado porque él le había sido infiel con una aparecida en uno de esos tantos reventones, lo encontró con las manos en la masa o más bien en el trasero, dándole consuelo y eso fue lo que detonó la bomba. Yo, en mi afán de salir de tan embarazosas confesiones, fingí no escuchar lo último haciendo una pregunta al aire.

-¿Y en qué acabó tu cumpleaños?-

-Nos fuimos a Garibaldi a escuchar mariachis, contratamos uno e intentó cantarme una de “Chente” pero canta horrible y para colmo ni siquiera se acordaba de la letra, pero fue muy tierno ver como lo intentaba.-

-¡Wow,  Garibaldi!, he escuchado mucho del lugar y de cómo beben en la calle, y todo mundo está en la fiesta… se debe poner chido.-

-Pues está padre, a mí no me laten tanto los mariachis, pero es divertido ver a los borrachos hacer sus desfiguros. Bueno me voy que ya se está haciendo tarde.-

Acto seguido dio media vuelta y se enfiló hacia su dirección y mientras, ahí estaba yo en Salto del Agua, insatisfecho por cómo había sido mi día y la neta, como no tenía ganas de volver a casa aún, a fundirme con mi sillón y la tele en viernes, agarré rumbo y decidí que era la noche para conocer la mentada plaza.

Llegué a la estación y me salí por la primera puerta que encontré, mala idea porque me sacó a una calle donde sólo había basura y un montón de locales cerrados, la mayoría eran tiendas y talleres de reparación de instrumentos, caminé por un rato pensando que los bares y cantinas famosos estarían apenas saliendo del metro, primera cosa que me dio miedo porque temí perderme y estar caminando como zombie sin rumbo, por no saber a dónde ir. Afortunadamente al llegar a Eje Central comencé a ver tipos vestidos de mariachi que iban hacia un punto específico, así que confiando en el instinto borrego, llegué hasta la plaza; a esa hora había mucha gente ya sentada en las banquitas, en la bardita que rodea los agaves que hay al centro, y muchos puestecitos vendiendo bebidas preparadas, botanas, dulces y cigarros de todos los sabores y marcas.

Como vi gente que ya estaba empinando el codo me dispuse a comprar una michelada en una de las fonditas que están cerca del Tenampa, donde se alinean todas las mesas. Recuerdo que me supo a gloria por lo cara que me salió la desgraciada, pero aun así estaba contento de ver a los mariachis, algunos ya cantándole a la gente, ya fueran turistas güeros de ojo de color con cara de perro en el periférico o a los mismos valedores que parecían pasar allí cada fin de semana.

Fue cuando me paré de mi silla y comencé a caminar a ver qué me encontraba, y no hizo falta recorrer mucho, desde lejos divisé a unos chavos que venían en bolita, cinco o seis tal vez y unos mariachis vestidos de blanco que estaban cantando Amanecí en tus brazos, mientras otro cuate estaba detrás de los mariachis, con un vaso y una botella de jarrito de piña, echando un grito ranchero. Me puse junto a ellos a una distancia más o menos prudente temiendo que me fueran a correr, pero el gritón se me acercó para preguntarme que traía en mi vaso. Le contesté que era una michelada pero que ya se estaba terminando y que ya no tenía alcohol – por eso ni te apures – me contestó – aquí tenemos, mi cuate y yo te convidamos de la garrafita. Nunca supe qué diablos era eso porque no tenía etiqueta, sólo sé que sabía a alcohol y era de color blanco, mezcal o tequila muy barato, pero tampoco me dejó ciego.

-Mira compa, yo soy de Sonora, me llamo Vladimir, mi familia vive en Guaymas y yo resido en Navojoa, pero a veces venimos acá porque yo soy chofer de camiones de pasajeros y los fines de semana que nos toca a mí y a mi cuate venir pa’ acá, nos quedamos para venir aquí a echar trago y escuchar mariachis, verdá tú.-
-Sí, sí aquí venimos – contestó el amigo mecánicamente
-¿Y contratan los mariachis o así de a grapa?-
-Así de a grapa, nos vamos con los que están cantando y como nadie dice nada pues así nos la pasamos toda la noche.-

Todo lo que creí que era puro cuento, resulto ser eso y todavía más, anduve caminando con éstos dos, mientras escuchaba la proposición de Vladimir de irme para el norte porque, según él, me veía con madera de chofer y de cuando en cuando nos parábamos a escuchar a los mariachis que tuviéramos cerca. Vladimir seguía gritando y bebiendo como si no hubiera mañana, y yo sentía que estaba viviendo la experiencia más surrealista de mi vida, y no tanto por lo que estaba pasando sino porque, en cierta forma, estaba completamente solo.

Pasadas unas cuantas vueltas alcanzamos a ver a unos músicos discutiendo con una mujer tan terca y borracha que parecía uno de esos briagos que salen en los videos virales que hay en internet, en un punto de la discusión, ella dio media vuelta cayendo de bruces contra el piso, señal ante la cual los señores dejaron su tarea infructuosa de cobrarle por la canción que le habían cantado. El que ya para ese momento yo llamaba “mi compa” la levantó a toda prisa y después de hablar unas palabras con ella, terminó acompañándonos porque lo único que quería era otro trago e ir al baño, mis cuates se encargaron de lo primero y yo de todo lo subsecuente, pues ellos nos abandonaron en la larga fila que había para entrar a un sanitario público.

¿Por qué la acompañé? En realidad no lo sé, solo me nació quedarme con ella porque la vi como un niño que tiene ganas de hacer travesuras, olvidándose de que lo están viendo; y eso hizo durante el rato que estuve con ella, anduvo por la plaza como si nadie la viera, hablando y saludando a todos, y yo como una suerte de guardaespaldas iba siempre junto a ella; hubiera sido muy aburrido de no ser porque muchas de las personas que estaban en la plaza la conocían, lo que me hizo que ese día conociera gente de todo tipo, pues iba con “La Güera”, hasta conseguí que un par de chavos me coquetearan y casi me pusieran contra la pared para hacerme “algo”, de no ser por su comprensión cuando les dije “yo no le hago a eso” habría terminado en una experiencia sin precedentes.

También hubo gente que le diagnosticó a la güera uno y mil males, con sus respectivos remedios, cuando de la nada comenzó a sangrarle la nariz, pero también con este hecho comprobé la buena fe que surge cuando compartes un trago con alguien que no has visto en tu vida.

-Necesito que me la lleves mañana a mi consultorio, tenemos que sanarla porque ella ya está muy mal.-

-¿Por qué le está sangrando la nariz?-

-No sólo es la nariz, su aura está muy contaminada y necesitamos limpiarla, te doy mi teléfono para que la lleves conmigo, es urgente.-

Tomé el teléfono de aquel tipo que parecía tan seguro de lo que me decía, por ello y las copas que llevaba no quise contradecirlo, pero me dijo muy sombrío que incluso podía enfermar gravemente. Hasta ese momento fue cuando la observé detenidamente y me di cuenta que tenía además del labio hinchado por la caída, un moratón en el ojo, en el que no había reparado.

-¿Quién te hizo esto?-

-Fue mi marido, por eso vengo aquí en las noches para olvidarme de estas cosas, mi coche está en el estacionamiento, ya debo irme.-

-Ojala pueda volver a verte…-

-Claro, nos veremos de nuevo.-

Después de decirme esto, me anotó en la mano su número de celular y me dio un beso como para sellar el encuentro, la vi alejarse tambaleándose de un lado al otro, pero sosteniéndose en pie. Volví a mi casa todavía borracho, contemplando el número de teléfono que al día siguiente busqué en mi mano sólo para descubrir que se había ido, como todo lo que había ocurrido. Regresé un par de veces y seguía habiendo música gratis, gente amable que me invitaba de su alcohol, pero no volví a encontrar a ningún fulano norteño que me contará sus aventuras, ni a ninguna güera a quien acompañar. Hoy día, ya ni siquiera se puede beber en la plaza y Garibaldi pareciera que me dice “qué bueno que viniste esa noche, era la primera y la única en que me ibas a vivir de verdad”.

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Ya saben, si quieren un guía para su próxima visita a Garibaldi, busquen a
Omar Salgado IMG_5078
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