Megalómano en la tierra por Pablo de Rokha

¿De qué sirve dominar un mundo que no vale nada?

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¿Cómo se mide la grandeza?

¿Se trata del éxito social?

¿De la cantidad de dinero que has logrado no gastar?

¿Se mide acaso, con las críticas?

¿Se encuentra en la genética?

Corazones “rotos” y mentes “reparadas”, podrían ser las monedas con las que se paga la grandeza.

El rasgo o trastorno de personalidad megalómana, emerge con el delirio de grandeza, con el reflejo de Narciso en nuestros ojos y con esa sed imbatible de tomar la Bastilla con el rostro y no con una idea.

Nos afirma el mundo, que la megalomanía es un estado mórbido (enfermo-muerto) de la psique. Existe una vaga probabilidad de que el mundo no se equivoque, pero nos invade la certeza absoluta, de que el mundo nunca acierta.

El megalómano “sufre” de fantasías de omnipotencia, sueños en los que consuma su apoteosis y domina la velocidad y la dirección de los vientos del único planeta que conoce (omnipotencia, claramente).

Pero, ¿de qué sirve dominar un mundo que no vale nada?

“El tratamiento psicológico iría dirigido a hacerle ver que esas creencias de grandeza son falsas. Intentar derribar la pared de lo que él percibe y en lo que cree para hacerle ver que es falso”

No tengo ni el menor interés en citar formalmente a la escoria que aseguró lo anterior.

Aquel arrebato místico que (nos) caracteriza a los megalómanos, no supone la pérdida de consciencia en ningún nivel, sin embargo, debilita la percepción de la realidad y confiere responsabilidades que casi nadie puede entender, y mucho menos asumir.

La megalomanía no se cura como sugieren los psicólogos, y mucho menos con medicación. Ni los que tratan el alma, ni los que la curan pueden ayudarnos. No se refiere a una enfermedad de la psyche; evoca a la canción desesperada del que ha dejado de ser mudo o del tenue desaparecer del último sonido de una melodía, ante el impertérrito silencio.

La megalomanía desaparece cuando descubres el mundo; cuando notas que el objetivo es miserable, que éste mundo, ni puede ni debe ser dominado y que es la finalidad de nuestros actos, lo que define la grandeza.

Para el verdadero megalómano, ya no existen metas cognoscibles. Es algo tan absurdo como aquel músico poeta que recorrió pueblos enteros, en su propósito de pregonar el silencio.

Megalómano en la tierra, eres tan real como el aedo del silencio, ¡nada!

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Visita el blog de Pablo de Rokha auto-rokh.blogspot.com
o síguelo en Twitter @PdeRokha 

Pablo de Rocka

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