Morsa (mi voluntad también es perezosa) por Nabor Rachosky

Cuando se está crudo pensar cualquier cosa resulta funesto.

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Lo primero que acudió a mi mente al despertar fue suicidarme. La cabeza me dolía por los tragos de la noche anterior; no tenía empleo y tampoco ninguna intención de abandonar la cama. No sé por qué la idea de aniquilarme fue el primer pensamiento al abrir los ojos; probablemente la cruda mezclada con mi depresión fueron las causas de este exabrupto a la vida, o quizás no. Pero qué importa, cuando se está crudo pensar cualquier cosa resulta funesto.

Entonces recuerdo que un amigo me ha pedido que hoy lo acompañe a una feria del pulque en un poblado lejano. No quiero salir de casa, sé que en cuanto me levante y deambule seré como una morsa que se arrastra perezosamente por el hielo del atlántico. Mi voluntad también es perezosa. Qué diablos, ¿ni siquiera tengo ánimos para ser un vago? Le marco y quedamos de vernos en algún lugar. Dado que no cuento con celular, no nos reunimos en el punto acordado, sin embargo terminamos encontrándonos en la base donde sale el transporte. Y ahí empieza la travesía.

La pequeña combi asciende lentamente hasta aquel poblado cercano a un volcán que inmortalizó a Malcom Lowry. Observo el paisaje con sus desfiladeros y su tierra ancestral que ha visto a tantos -y mucho mejores- pobres diablos que yo, mientras mi amigo me reclama, porque casi nunca lo acompaño a los raves y eventos sociales de esta índole, a los que suele invitarme. También me platica las angustias que una mujer le ha causado últimamente, sus problemas de pareja en ciernes y su reciente asombro ante los vuelcos de algunas circunstancias. Lo escucho tan admirado por la vida, que no me dan ganas de interrumpirlo con mis pensamientos mañaneros.

Llegamos a la feria, un hormiguero de gente recorre la explanada del lugar, comprando pulque, comida e incluso artesanías de los lugareños. Lo primero que hacemos es ir por pulque e inmediatamente después buscar algo de comer, finalmente mi amigo termina comprando una artesanía. Bonita retórica del espectáculo. Me comenta que con seguridad encontrará a algún conocido, porque mucha de la gente que va esa feria son jóvenes que asisten a fiestas donde los psicotrópicos son frecuentados.  No miente, se encuentra a uno de sus camaradas, e incluso yo, alcanzo a distinguir a ciertas personas de aquel mundo. Veo rostros que me son familiares, pero no sé si los he visto en algún lugar o simplemente son imágenes borrosas de ciertas redes sociales de internet. Lo que me hace sentir como una fantasma que reconoce rostros sin ser visto, ¿o será que ellos son los fantasmas? El pulque me ha puesto dubitativo.

En el escenario hay un espectáculo; niñas vestidas con trajes típicos de la región, un chelista y un tipo con una laptop y un teclado; ¿será que al fin esto es la unificación del arte y la cultura; música techno /trance acompañada de chelo y niñas con danzas tradicionales? Lo desconozco, ya que el pulque no sólo me ha puesto a divagar sandeces, sino que también me impide concentrarme en otras cosas que no sean las bellas mujeres que deambulan por el lugar; bellas y pulqueras mujeres con las que intercambio un par de palabras como; “con permiso, por favor”, “disculpa”, “lo siento”, mientras conduzco mi alma de agua miel por un poco más de pulque. Y pienso que he pasado tanto tiempo sin estar en una relación, que ya ni siquiera sé si esto signifique algo en los tiempos que se desbocan hacia el digitalizado y nublado horizonte.

Bebo el pulque y pienso que esencialmente soy un pendejo. Así que me relajo y muevo un poco el tronco que es mi cuerpo al ritmo de la música. Trato de no pensar que pronto me tendré que ir de ahí y regresar a mi espantosa vida cotidiana. Regresar a mi falta de trabajo, a mi carencia de dinero, a la ausencia de mujeres, a mi apatía habitual y a mi pinche-bendita soledad. Pero esto es una celebración a una bebida que estará ahí para seguir amortiguando la vida y no pienso defraudarla. Al menos en la conquista no pudieron quitarnos estas festividades ancestrales y agradezco a la resistencia cultural.

Mi amigo y su camarada deciden que es un buen momento para alejarse un rato de la aglomeración de gente, buscar un lugar tranquilo y echar el gallo a andar. Subimos a una calle poco transitada y en un montículo de piedras se detienen a acicalar al gallo. Mientras el humo se va rápidamente, pasan algunas personas con intermitencia regular, nadie nota nada o nadie dice nada. “De la gente no hay que cuidarse – dice el camarada de mi amigo-, son los puercos de los que hay que tener cuidado”. Sabias palabras de un buen sujeto.

Regresamos a la fiesta y ahora hay mucha más gente. Todo el ambiente es bastante agradable, mucho folclore, mucho pulque, mucha gente sonriendo. Los lugareños también se ven bastante contentos, yo también me sentiría así, o al menos eso supongo. El maguey seguirá con su rito, continuará su lucha contra cualquier embate y desearía poder tener la misma determinación de esta planta, pero lamento tener que marcharme, porque mi realidad, con su cara mustia, me aguarda con su cadena de perro y sus periodicazos de hambre y violencia.

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