Oasis por Daniel Centeno

¿Qué pudo ser tan ofensivo? ¿Fue mi tono? ¿Mi cara? ¿Mi sola existencia? Quizá todo eso, y un poco más; quizá lo que llevo a diario entre las piernas…

.

No olvidaré aquel día de aburrimiento en que, curioso, encontré un blog que hablaba sobre cuestiones de género. Todo iba bien. Derechos, obligaciones, respeto. Entonces, cerca del final, hubo algo que me desconcertó, tan así que lo leí tres veces (una vez por automatismo, dos por curiosidad, tres por franca incredulidad).“Nada hay tan machista como un hombre que invita un café a una mujer, así, nada más, creyéndose con derecho a hablarle, a pedirle que sea suya por un momento. A que, voluntariamente, decida objetivarse”.

Me tallé los ojos esperando que quien me hubiese hecho la broma, espiándome quizá por la cámara, se detuviera. Deslicé el cursor, leyendo uno a uno los comentarios, sólo para asegurarme de que aquella no era una entrada fantasma. Y lo era, más o menos, porque aquello parecía sacado de un cuento: gente que, más o menos intensamente, apoyaba con vehemencia cada palabra (algunos, incluso, se permitieron añadir un par de insultos; otros más recurrían a la parafernalia común, casi estandarizada: hijo del patriarcado, misógino, machista, hombre blanco – aquello, de algún modo, no me pareció un insulto -). Mentiría si pensara, por un momento, que yo comprendía lo que decían. Pude leer las letras y entender su significado, pero no el sentido, algo se me escapó las primeras dos veces (también la tercera).

Al cabo de unos días, olvidé por completo la nota, o eso creí. Había estado trabajando hasta tarde todos los días y, apenas renuncié, decidí pasar por lo menos una noche en el café al que iba antes (cuando todo era más sencillo y una palabra significaba una sola cosa, sin depender del humor del emisario). Pasaré a gastar mi dinero, me dije contento, antes de que me quede pobre (y será pronto). Tomé el camión, sentándome junto a una chica de cabello rizado. La vi mientras ponía mi mochila sobre mis piernas, pues ella se recorrió un poco. Llevaba una mano pegada a su pierna y la otra junto a la ventana, con la mirada entre perdida y notando mi presencia. Volví a ver su cabello. Le llegaba hasta los hombros. Castaña. Con pecas. Silenciosa. Carraspeé porque tenía tos, pero quizá también por los nervios.

-Disculpa — le dije, viendo que cada tanto me inspeccionaba con la vista.

-¿Sí?

-¿Te molesta mi mochila? Porque si es así …

-No — respondió cortante, luego dejó de verme. Casi como si hubiese hecho magia (yo), pues apenas hablé ella pareció desinteresarse. Si hubo un brillo alucinante, similar al del morbo que arde en la piel como sarpullido, se fue en ese instante. Ya no   perdería nada, así que hablé.

-Espero no haberte molestado.

-No, está bien.

Pasaron casi cincuenta minutos en que los dos, sin decir nada, nos ignoramos. Yo decidí sacar un libro que llevaba, lo abrí por la mitad (el separador se me cayó en algún lado) y me puse a leer. Ella volvió a mirarme. Con su morbo, con su cabello abalanzándose hasta caer sobre la mochila, con sus pecas. Sus brillantes ojos avellana, viéndome de reojo.

-¿Qué lees? — me preguntó.

-Cuentos.-

-¿De qué?-

-De amor-

Se acercó un poco más.

-¿Quién los escribió? — inquirió, mientras escrudiñaba la portada. Yo se lo facilité —.

-Oh, ya, me gusta. He leído un par de ella.

-Éste es el primero — dije encogiéndome de hombros —, apenas la descubrí, ¿tú crees? -Jajá — río quedamente —.

-Cómo crees. Ella lleva escribiendo muchísimos años. –

-¿Ah sí? Pues yo no sabía.-

-Sí, deberías leer… Oh, espera, creo que esa es mi parada. Busca “Lágrimas de amor”—  dijo de repente.

-Está bien — dije haciéndome a un lado para que pasara. Entonces sus ojos se apoderaron de mí, y mi cuerpo pidió un poco más, rehusándose a no escucharla jamás

—. Oye, ¿qué te parecería salir a tomar un café? — le pregunté sonriendo, entonces ella hubo de transformarse. En ese momento yo leía un cuento sobre una mujer extraña  que asesinó a su marido porque había visto a otra mujer en el supermercado (ella le ayudaba a hacer las compras). Celosa de que no fuera ella la única en preparar       su  comida, los mató a los dos: al esposo y a la loca que le cocinaba. La chica de a un lado me pareció más o menos lo mismo.

-¿Qué te hace pensar que quiero tomarme un café contigo? — respondió, ofendida.

-No entiendo. ¿No te gusta el café? A mí tampoco.

-Hablé contigo, sí, ¿pero qué te da derecho a pedirme eso?   }

-¿Qué crees que dije? — pregunté alarmado.

-Me voy — cortó con fuerza, se dio la media vuelta y bajó, perdiéndose entre la multitud que andaba a prisa.

Llegué temprano. Estaba solo. El aire tenía un ligero aroma a café, así que corrí a prisa hasta el segundo piso (lo odio). El mesero me siguió aún con mayor rapidez, quizá creyendo que yo pensaba robarme algo. Cuando me vio de frente, ya junto a la mesa, dio un largo suspiro. Me reconoció al instante.

-Buenas noches.

-¿Qué tal? Lo siento, es que…

-Sí, lo sé — me cortó de inmediato. Él sabe cuánto detesto aquél hedor. Incluso en ese       momento, que apenas y podía sentirlo, me contaminaba el olfato como lo hacen los         anuncios rojos con letras amarillas a mis ojos.

-Gracias.

Al cabo de unos minutos volvió con una naranjada y unos nuggets de pollo. Me quedé pensando, largo rato, en qué pudo ser tan ofensivo. ¿Fue mi tono? ¿Mi cara? ¿Mi sola existencia? Quizá todo eso, y un poco más; quizá lo que llevo a diario entre las piernas, o quizá porque soy blanco, pensé. El recuerdo de aquél blog me llegó como agua fría. ¡Tenían razón, maldita sea!

Acabé de comer y decidí regresar caminando, al menos un tramo. Hacía viento (y el viento me gusta). Me detuve en una librería, entré sin demasiadas esperanzas. Lo primero que hice fue dirigirme al área de libros de bolsillo. Si se trataba de cuentos, no podía ser un libro muy grueso, pensé. Pasó media hora para cuando lo hube encontrado. Lo saqué del estante, lo abrí por la mitad y noté, para mi quizá no tan suertuda suerte, que una persona me veía de reojo. Otra mujer. Me aparté unos pasos, entonces ella fue al pasillo que yo recorrí. Me alejé un par de estantes, y se quedó mirando en dirección a donde yo estaba. ¡Qué demonios pasa!, me dije.

Salí de mi escondite, casi cinco minutos después, y no pude evitar interceptarla. No quise verla. Ni su cabello con olor a hierbabuena, ni su falda larguísima, ni sus huaraches. Tampoco su mirada cuando no quedó más remedio que verle a la cara, pues la chica me detuvo, tomando el libro entre sus palmas.

-¡Qué buen libro! — dijo, sonriéndome.

-Oh, sí, muy bueno — le dije.

-¿Lo has leído?

-No, pero me lo recomendaron.

Ella inclinó su cabeza de un modo sutil, como si yo fuese un espécimen por el cual sentir ternura y lastima al mismo tiempo.

-No puedo creer que aún no lo hayas leído.

-No eres la primera que lo dice — respondí molesto, pero ella se río, sacándome la            risa por quién sabe dónde y quién sabe desde hacía cuánto. Para cuando noté que reía, estábamos en la caja registradora. ¡Así de poderosa era aquella mujer!

-¿Y? — me preguntó cortante.

-¿Qué?

-¿Cómo que qué? Pues, ¿no me invitarás un café o algo?

-No me gusta el café — le dije de inmediato.

-Jajá, que gracioso.

-¿Gracioso? — pensé mirándola con suspicacia.

-Sí, bueno, un té cuando menos.

-Sí, hoy no, recién comí, pero sí. ¿Te parece si me das tu numero?

Ella dudó, luego ya no.

-Está bien. ¿Llamarás? — preguntó con tono inocente, casi soñador.

-Sí, sí, llamaré.

-Está bien. Adiós. Ya debo llegar.

Me quedé de pie a la salida de la librería, pensando que nada de lo que había ocurrido ese día tuvo sentido, que una misma cosa significaba mil y que, al final, no había forma alguna de saber cómo acabaría todo. Pensé entonces en aquél cuento, el de la mujer que mató a su pareja y a la amante, y me pareció que al menos ella había sido clara en sus intenciones.

“No comas nunca de otro plato, o te mato”, dijo al conocerlo. Y así fue. Clara y directa hasta los intestinos, con precisión de cirujano. ¡Quiero una loca así!, me dije sacudiendo aquellas ideas de mi cabeza, haciéndolas resbalar por mi cuerpo. Las pecas se diluyeron en ácido, igual que los rizos y los huaraches. Mis pensamientos, como aquellas dos mujeres, me perturbaron toda la noche.

.

.

¿Quieres leer otros textos de Daniel Centeno?

01042015-DSC_0909

Visita su blog:
https://angelosuniverse.wordpress.com/
Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s