Oquedad habitada por José A.Madrid Inglés

Infectado de melancolía creciente, deambuló por calles sin nombres hacia ninguna parte…

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Tenía esquirlas de cansancio en los ojos cuando salió del local, el alcohol narcotizando como veneno transparente y una grieta en el corazón: ella le había dicho “No”, lo pensó dos veces al salir, la cazadora aún revuelta por el viento de la despedida. Infectado de melancolía creciente, deambuló por calles sin nombres hacia ninguna parte: boqueaba como pez agónico, ni siquiera la intemperie de la noche disipaba la niebla que ofuscaba su interior. Entonces lo sintió de veras: no la percepción de soledad y pérdida, sino el barrunto obstinado de que alguien lo perseguía.

Apretó el paso, dobló una calle, cruzó tres semáforos, todo con tal de dar esquinazo a la presencia intuida, fantasma en su mente. Así estuvo la noche entera hasta que cayó fulminado por el agotamiento, la droga legal y acaso el dolor.

Era su propia sombra.

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