Ratástrofe

La vida no es lo que uno vivió, sino lo que recuerda. Gabriel García Márquez

 

Barco y yo íbamos saliendo de La oficina, un pequeño bar por metro Portales que a pesar de sus cumbias y su ambiente aseñorado nos había cautivado gracias a sus caguamas heladas y sus chicharrones gratis. Las cosas iban bien entre nosotros, teníamos algunos meses de conocernos y hasta ahorita no me había autosaboteado ni puesto en ninguna situación vergonzosa; de acuerdo a mis estándares esto constituía una auténtica victoria en cuanto a relaciones personales se refiere.

Caminábamos por Calzada de Tlalpan donde ya se habían hecho presentes las trabajadoras de la zona y su distinguida clientela. Al pasar junto a un puesto de tacos, Barco señaló hacia un costado de la calle y me dijo: “¡Mira!, esa rata parece un conejo”. En cuanto mencionó la palabra con “r”, toda la ilusión de sensatez que durante meses había forjado a mi alrededor se derrumbó. Solté un grito de colegiala, cerré los ojos y traté de refugiarme en su pecho pero giré tan bruscamente que estrellé la cara contra su clavícula. Al tocar mi nariz noté que sangraba. Entre sollozos, le pregunté qué demonios me había hecho, “¿Yo? Pero yo ni me moví…” Me respondió en un pobre esfuerzo por contener su risa y mi llanto.

Tras el rataque descubrí la amabilidad de la gente del rumbo de Rativitas. Los de los tacos me regalaron un vaso con hielos y una dama con barba de martes, de ésas que abundan por la zona, me hizo un tampón con servilletas para mi nariz. Por su parte, Barco, que es todo un caballero, se disculpó por tener la clavícula tan dura y me invitó a cenar como indemnización por los daños hechos a mi cara. Por obvias razones no comimos en esos ratacos y preferimos buscar un lugar donde las plagas no estuvieran a la vista.

Barco estaba muy interesado en el porqué de mi ratafobia. Primero, le expliqué que el miedo a los roedores en realidad se llama musofobia, y en mi caso incluye ratas, ratones, hámsteres, mapaches y cuyos. También entran las ardillas, a quienes considero ratas con abrigo y las palomas, que son ratas emplumadas; en realidad todos los mamíferos pequeños son variantes de ratas. Por las mismas razones no me gustan ni los poodle ni los chihuahua y tampoco me agradan las personas de orejas grandes o dientes amarillos.  Durante el camino comenzó a cuestionarme respecto a qué tan racional era temerles a las ratas:

-Barco, en esta ciudad hay más o menos diez millones de habitantes y por cada uno de nosotros hay al menos ocho de ellas, quizá más. Si sacas la cuenta, son suficientes como para que todos vivamos con miedo…-

 –Sí, entiendo que hay muchas pero ¿no crees que una persona adulta podría ganarle a ocho ratas?-

-Eso es lo que ellas quieren que creamos.- Inconscientemente bajé la voz. –Pero  imagínate, si las ratas se organizaran y por ejemplo, nos atacaran en emboscada… A ver, dime entonces qué harías contra quince ratas fornidas y entrenadas para matar.-

-Entonces ¿crees que las ratas se pueden organizar? Ya sabes, dividirse en equipos y atacar gente…- Por la forma en que lo dijo me dio la impresión de que no me estaba tomando en serio pero igual me instó a que prosiguiera:

-Por favor, continúa. Quiero saber todos los detalles de esta conspiración…- Y luego me susurró al oído- ¿Crees que Pinky y Cerebro estén implicados?-

Sus bromitas infantiles no me desmotivaban, al contrario. Tenía la teoría del rataclismo tan bien trabajada que sólo estaba esperando la oportunidad de contársela a alguien:

-¿Sabes? El error de Pinky y Cerebro fue hacer planes demasiado elaborados. Las ratas no necesitan de eso, basta con que todas emerjan al mismo tiempo de las alcantarillas. Además, ¿Nunca viste Las tortugas ninja? Seguro ya hay una como Splinter entrenando a las demás. –

Sí, Miss O’neal, ya entendí que en tu mundo las ratas de caricatura también cuentan pero ¿Qué me dices de Mickey Mouse o de Remy el de Ratatouille? Ésos eran roedores muy decentes.-

-Eso es pura demagogia, Barquito. La única película de Disney que retrata la verdadera naturaleza de las ratas es La Dama y el Vagabundo. ¿No recuerdas que al final de la película una rata intenta comerse a un bebé y Golfo lo rescata…?-

A pesar de mis contundentes argumentos, Barco insistía en que las ratas son criaturas inofensivas; por lo que no tuve más opción que contarle la historia de Ernesto.

-Cuando tenía unos cuatro años mi abuelita adoptó una pareja de conejos que se reprodujeron tal cual, como conejos. Mi favorito era Ernesto. Un día llegué a casa de mi abue y Ernesto ya no estaba. De hecho, todos los conejitos habían desaparecido. Cuando pregunté por ellos me dijeron que un águila había volado hasta el jardín y se había llevado su jaula. Por muchos años me había quedado felizmente conforme con esta versión hasta que un día decidieron, aún no entiendo por qué, decirme la verdad. Lo que pasó con Ernesto fue que una enorme rata se metió a su jaula y se lo comió a él y a todos los demás conejitos. Los que no murieron fueron sacrificados porque nadie quiere tener de mascota a un conejito rabioso…- Me interrumpí. Si seguía hablando se me rompería la voz. Nos quedamos callados un momento, como si quisiéramos guardar un minuto de silencio por la memoria de Ernesto. Tratando ser lo más empático posible, Barco siguió con la plática:

-Eso de los conejos fue casi un accidente. Los animales siempre atraen más animales… -Sabiendo que estaba entrando en terreno peligroso, hizo una pausa para elegir mejor sus palabras.- No me malentiendas, no las justifico pero creo que no puedes culpar a un animal por comerse a otro; tú comes animales todo el tiempo y…-

-Bueno, ignorando que me llamaste animal, sería bueno que supieras que también se comieron a mi nana…-

-¿Se comieron a tu nana? ¿A la nana que me presentaste el otro día? ¡Eso sí no te lo creo! Además, si es la que yo conozco se necesitarían muchas, muchas ratas para poder comérsela. Es más, seguro sólo con un muslo suyo alcanzaría para toda la colonia.-

Eso era cierto, Nana Gladys, era una persona, digamos, fuertecita, de huesos anchos, bien nutrida, de buen comer, llena de vida, rolliza, muy sanita como dirían las abuelas. Además, mi nana estaba viva, por lo que era muy poco creíble mi versión de que había sido devorada por roedores:

-Ok, no se la comieron, pero sí la mordisquearon… Te cuento, cuando yo era niña hubo una semana en la que no supimos nada de Nana Gladys. Fuimos a buscarla a su casa. Timbramos varias veces y nunca abrió. Les preguntamos a los vecinos y ninguno la había visto. No hubo más remedio que meternos con la llave de emergencia que nos había dado. Cuando entramos, escuchamos unos débiles gemidos de dolor. Nana Gladys estaba tirada en el piso de su cuarto con el coxis fracturado y te juro que vi un grupo de ratas rodeándola y tratando de comérsela…-

Mi historia le seguía sonando inverosímil. Al parecer para él no tenía sentido que alguien pudiera caerse en su casa y durar días tirado hasta que las ratas se lo comieran. Sus dudas tenían parte de razón, así que le tuve que explicar a detalle el asunto:

-Lo que pasa es que en ese tiempo alguien le pidió a Nana Gladys que cuidara una casona que solía estar abandonada, por eso cuando se cayó, gritó hasta cansarse pero nadie la escuchó. Estuvo tendida en el suelo por días y las ratas, que solían ser las dueñas de la casa, la vieron tan indefensa que terminaron por atacarla. Cuando la encontramos estaba tirada en el piso, sucia, deshidratada y con una pierna mordisqueada…

La principal lección de esta historia es que las ratas se comen a las solteronas y ésa es la única razón por la que he considerado casarme; pero esto no se lo dije porque hablar de matrimonio con alguien con quien empiezas a salir puede asustar a cualquiera, y si el otro no se asusta entonces es uno el que debe empezar a sentir miedo.

Después de contarle de Ernesto y Nana Gladys, se mostró un poco más comprensivo, pero seguía sin tomarme en serio porque cree que tengo una leve tendencia a exagerar y que mis historias son vagos recuerdos matizados por mi muy dramática imaginación. Lo que Barco no termina de entender es que las cosas no se recuerdan por cómo pasaron, sino por cómo uno interpreta lo que pasó.

Cuando por fin encontramos un pequeño restaurante donde cenar, dejamos de hablar de ratas y cerró el tema diciendo: “No te preocupes, prometo cuidarte en caso de alguna ratástrofe”.  Aunque si le preguntan a Barco sobre esa noche probablemente dirá que no me sangró la nariz, que ningún travesti me curó y que él nunca dijo algo tan cursi.

El promo de Ratástrofe. Un producción de La Koletilla

 

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