Carnívoros

Al parecer no deseaban acompañar su comida con una charla sobre vísceras de puerco, flatulencias de vaca y las cuestiones éticas de comer carne

La oficina es una caja donde uno guarda la voluntad tempranito en las mañanas y la recoge después de las seis. En Cajas de México S.A. de C.V, mi lugar de trabajo, el espacio se parte en cubos que a su vez se dividen en cubículos. Este diseño de cubo rubik gigante sirve para dos cosas: primero, para incitar a que tras ver tanto ángulo recto a uno se le haga la mente cuadrada y segundo para separar racionalmente a los empleados de tal modo que entre más grande y más arriba esté la caja de cada quien más generoso sea su sueldo. La arquitectura de Cajas de México tendría dimensiones geométricamente perfectas si no fuera por un oscuro sótano que le salta cual tumor a este prisma cuadrangular. Este inframundo corporativo recibe el nombre de departamento de gestión documental y en sus húmedas entrañas los empleados arrojan lo que les fastidia guardar pero no tienen valor para destruir: el archivo. Éste era el hábitat de una extraña forma de vida llamada Cenobio Lartundo, de quien se sabe que había estado allí desde la fundación de la empresa, sobreviviendo al legendario recorte de personal que casi deja esta caja vacía. Cuentan que salvó su empleo utilizando su mayor cualidad, la discreción, pues si no lo despidieron fue porque nadie de Recursos Humanos recordó que estaba ahí.

Cenobio nunca acostumbraba mostrarse en la superficie, ni siquiera a la hora de la comida porque, según se especulaba, él se alimentaba de monotonía. Yo traté con él en un par de ocasiones y eso fue suficiente para constatar que era feo, pero no un feo convencional como los poco agraciados que tanto abundan en las calles. Tampoco era de esos de quienes se dice que tienen belleza interior, gran personalidad, carisma o ya mínimo bonita letra. No, su rostro era una cosa muy peculiar, aunque era difícil de mirar tampoco pasaba inadvertido. Su incandescente fealdad se notaba incluso en las tinieblas de su mazmorra.

Hace un tiempo algunos empleados fuimos invitados por el Sr. Obelisco Arcón de los Pinos, dueño y fundador de la empresa, a una comida de integración. Cada tres o cuatro meses se hacían estos eventos por iniciativa del propio Sr. Arcón, quien creía firmemente que permitirle a sus empleados verle de cerca lo hacía un jefe con alto sentido humano.

En el evento estábamos aproximadamente veinte personas. Yo me senté frente a Conchita, de nóminas y Yoli, la secretaria, ambas eran caderonas, bobas y ruidosas, como un par de guajolotes. A dos asientos de mí se sentó José Cardoso, de sistemas, criatura grande y bruta que si seguía en la nómina era porque su complexión de orangután era muy útil para bajar cajas al archivo. Mientras esperábamos la comida, el súbito rechinido de la puerta del comedor nos hizo voltear: en el umbral vimos asomarse la figura abstracta de Cenobio Lartundo que había emergido a la superficie obedeciendo el ancestral llamado de la comida gratis. Como si hubiéramos quedado hipnotizados con la tambaleante luz de su fealdad, no dejamos de mirarlo hasta que tomó el único asiento disponible, justo en el lugar que había entre José Cardoso y yo. José se apresuró a darle la bienvenida y con tacto de King Kong le dio unas palmadas en la espalda.

-Hola Sthenín ¿Cómo esthás?-

Cenobio tosió un par de veces para aclararse la garganta y su carraspeo se escuchó como cañería de casa vieja.

-Bien, Josthé, grasthiasth.- Respondió con media sonrisa.

Como si la creación no se hubiera ensañado lo suficiente con Cenobio, además el pobresthillo ceceaba. José, que era por naturaleza un bully, no se permitía perder la oportunidad de burlarse de alguien, por su parte Cenobio, acostumbrado a las burlas, dejó pasar su comentario.

-¿Qué creen que den de comer?-  preguntó en un torpe intento para romper el hielo.

Estuvimos intercambiando preguntas incómodas, de ésas que se hacen no para saber la respuesta, sino para llenar el silencio que queda entre las personas que no tienen nada que decirse. En el ambiente flotaba el murmullo de las pláticas banales, las risas forzadas, el constante cloqueo de Conchita y Yoli y los bufidos de José. Sabe cuántos espesos minutos pasaron hasta que un mesero aligeró el momento dejando un humeante plato de sopa frente a nosotros. Empezamos a comer sin ritos ni cortesías, cada uno ante su sopa como creyendo que si llegábamos al fondo del plato podríamos ponerle fin a este desabrido encuentro. El sonido de José sorbiendo la sopa y su respiración esforzada de niño gordo en clase de educación física retumbaban en mi oído. De vez en vez hacía una pausa y sin haber terminado de tragar, decía cualquier sandez con el pretexto de imitar el ceceo de Cenobio. Tras la sopa llegaron unos vistosos platillos con puré de papa, pepinos y una jugosa porción de carne roja.

-¿Qué es?- Preguntó José con sus modales de vikingo, señalando el filete.

-Lomo de cerdo ahumado, señor.- Le contestó el mesero con el tono indiferente de quien ha aprendido a sobrellevar la prepotencia.

José enfrentó su filete cual cavernícola. En contraste, Cenobio se mantuvo impávido frente a su plato. Se veía tenso, giraba la cabeza de un lado a otro y su pierna temblaba. Enfadada por verme obligada a comer en esta granja le pregunté a Cenobio qué le pasaba, confiando en que por prudencia diría que nada y disimularía su ansiedad.

-¿Todo bien, Cenobio?-

-Sí.- Dijo poniéndose más inquieto.

-Ok.-

Con el intento hecho me dispuse a comer.

-Bueno, no sé….- Era demasiado tarde para arrepentirme de haber preguntado. -Sólo que he estado reflexionando algunas cosas, no sé, pensarás que soy raro, pero…- dijo como si ello no se pensara sólo de verlo.- Ayer vi un documental que se llamaba La historia detrás de la hamburguesa y ahora me siento confundido. Tal vez no debería comerme el lomo, tal vez no debería…-

Al terminar la frase, los ojos se le saltaron como dos avispas queriendo picar; temerosa de desatar al enjambre, asentí y puse lo más parecido a una cara interés.

-Pasaron imágenes de un matadero y me impresionó mucho que los cerdos tienen órganos muy parecidos a los nuestros. Cuando abrieron a uno y le sacaron todo se veían como vísceras de gente…-

-¡Guacala Cenobio! ¿Qué no ves que estamos comiendo?- interrumpió José que no notaba que su forma de comer era mucho más desagradable que lo dicho por Cenobio.

-¡Ay José!, ¿Y de qué crees que está hecha la pancita?- Y sin problemas, te comes tres platos.- Respondió Cenobio. José no se dio por aludido y siguió tragando. -Es que nadie se fija en lo que come. Según el documental, los filetes son cadáveres de vaca de más de cinco días. Si alguien ve una vaca muerta no se la comería pero si la ve partida y frita la hace taquitos. –

-Mejor muertas que vivas. Imagínate comerte una vaca andando…- Le dijo José con la boca llena y nadie dudó que él lo haría.-

-Sí, Cenobio, además, los animales también comen carne, ya sabes, el ciclo de la vida, ciencias naturales de primaria: el águila se come a la serpiente, la serpiente al conejo, el conejo a la yerba y los humanos nos los comemos a todos.- Le dije pensando en un capítulo de Los Simpson donde muestran ese gráfico.

-Entonces ¿crees que somos omnívoros? Porque en el documental decían otra cosa.- Cenobio trataba de convencerse de tocar su plato, picó un par de veces el bistec con los cubiertos pero no se atrevió a darle un corte.

-Sí lo somos.- Le respondí mostrándole un trozo de cerdo trinchado en mi tenedor. -Después de todo tenemos molares y colmillos, intestino grueso y delgado y sobre todo, la voluntad de comernos todo lo que nos pongan enfrente.- Le hice un gesto con la cabeza señalando a José, que si no nos comía era porque no estábamos en su plato.

-Dijeron en el documental que si puedes mover las quijadas hacia los lados eres biológicamente herbívoro…- Insistió.

-Y el movimiento de arriba hacia abajo es propio de los carnívoros. Si nosotros podemos hacer ambos, entonces ¿Qué somos?… Si fuera por gusto, sería completamente carnívora y viviría de arrachera, alitas, tortas de pulpo del Salón Corona y hot dogs con chorizo y tocino, o mejor aún, tocino con tocino y tocino…

-Comiendo así no vivirías mucho tiempo…- Sentenció Cenobio.

-¿Y para qué vivir en un mundo sin tacos?- Le respondí.

-Cenobio, no vives de ensalada… No vives de ensalada, no vives de ensalada.-Interrumpió José cantando tal como lo hizo Bart Simpson en Lisa la vegetariana.

Cenobio rio a fuerzas y sin aflojar la cara preocupación continuó hablando:

Lo de la carne es un tema más grave de lo que la gente pudiera pensar. Por ejemplo, leí que gran parte del alimento del mundo se destina a alimentar a los animales de granjas. Es ilógico ¿No? Estamos alimentando al alimento con nuestro alimento…-

-El mundo es absurdo, Cenobio, por eso en un lado del mundo hay cerdos en engorda y en el otro gente que se muere de hambre…-

-O, gente que come como cerdo.- Respondió echándole una mirada furtiva a José.

-Si dejas a las vacas sin comida igual se van a morir. ¿Qué preferirías, Cenín? ¿Matarlas rápido o matarlas de hambre?- Preguntó maliciosamente José.

-Que hubiera menos animales no sería taaaaan terrible.- Dijo Cenín- ¿Sabían que una vaca produce casi la misma cantidad de gases tóxicos que un auto?-

El par de guajolotas que por su propensión al chisme habían escuchado toda la conversación, miraron a Cenobio con cara de mamá a punto de dar un pellizco; al parecer no deseaban acompañar su comida con una charla sobre vísceras de puerco, flatulencias de vaca y las cuestiones éticas de comer carne. Cenobio, que seguía sin tocar su plato, miró nuevamente a su bistec y echando un suspiro, dijo:

-Es que si la gente la llamara: Piel de cerdo que alguna vez estuvo vivo, en vez de jugoso lomo, otra cosa sería.-

-A veces, simplemente preferimos pasar por alto algunas cosas…Mira, por ejemplo, mi abuelo es aficionado a los toros y cada que podemos se lo reclamamos. Lo curioso es que el tema siempre sale en las carnes asadas que hace en su casa ¿Crees que es correcto defender al toro mientras nos comemos a su esposa?… Así somos, Cenobio, relativistas morales…- Y para demostrar mi punto le di una generosa mordida a mi bistec.

-Pues sí.- Dijo con tono de resignación. –Orita que dijiste eso me acordé que cuando era niño me gustaba quemar hormigas y mi mamá siempre me decía que eso no estaba bien porque las hormigas también sienten. Lo mismo decía cuando le arrancaba las hojas a los árboles para ver la cosa blanca que les sale. Pero no me dijo eso de las vacas… A lo mejor y sí, en el fondo somos una especie carnívora.

José, se limpió la boca con la mano y dándole una violenta palmada en el hombro, le dijo:

Cenito, si no quieres comer carne, no te la comas…- Con un movimiento rápido, su peluda manota de gorila (sin agraviar a los primates) bajó monstruosamente hasta al plato de Cenobio, pinchó su bistec y le dio una mordida de neandertal. Puso el resto de la presa en su plato y le preguntó:

-¿Sí te vas a comer el puré? ¿O también te preocupan los sentimientos de las papas?

Cenobio enmudeció, apretó los puños y por primera vez levantó la cara pero sus ojos miraban hacia otra época. José Cardoso lo mandó de regreso a la primaria cuando tenía que aguantarse el hambre cada recreo porque los niños gordos y feos como José le quitaban su lonche. Furioso, intentó pararse pero lo hizo tan rápido que tiró la silla y por el ruido atrajo las miradas burlonas de todos. Con la cara roja y la humillación apretándole el pecho, masculló un “Provecho” y salió del comedor con la dignidad de un perro al que se le acaba de dar una patada.

-¡Eres un animal!- Le reclamaron a José las guajolotas ofendidas por tanta transgresión, pero al mismo tiempo agradecidas porque les habían dado algo más de qué cloquear. José soltó una carcajada y siguió comiéndose el lomo robado. Yo pensé en apodarlo José Cerdoso, pero me pareció ofensivo para los cerdos.

-¿Quién es ése que hizo tanto escándalo?- Preguntó el Sr. Arcón.

-Es Cenobio Lartundo, del archivo, jefe.- Le respondieron las guajolotas.

-¿Tenemos personal en archivo?- Exclamó el Sr. Arcón frunciendo el ceño.

Cuando el Sr. Arcón descubrió la existencia del guardián del archivo, también se percató de que podía prescindir de él y un par semanas después lo despidió. Cenobio nunca debió dejar la mazmorra, al menos ahí no tenía que enfrentar a bestias carroñeras que además de tragarse a otros animales, también destazan ideales y buenas intenciones.

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