La posada

Ahora el ponche con piquete se tomaba sin ponche

El invierno iniciaría pronto y yo estaba haciendo lo que se espera de los mamíferos durante esa estación: hibernar. Tenía cerca de tres días sin salir de casa y tras tantas horas conmigo empezaba a sentir la insólita necesidad de convivir con gente más agradable por eso cuando Ximena llamó para invitarme a la posada del amigo del vecino de un colega de su primo, por primera vez acepté salir con ella sin refunfuñar.Un par de horas después pasó por mí en el auto de su acompañante en turno, a quien llamaré Roger pues Ximena sale con tantos hombres iguales que sería una hazaña aprenderme el nombre de cada uno. Además iba Laura Pacheco, una querida amiga que no veía desde que dejó su empleo como instructora de ula-ula para irse a Zipolite a tomar clases de gastronomía indígena. Antes de ir a la posada compramos whiskey y algo de botana. Cabe aclarar que por “compramos” quiero decir que Roger compró todo lo que se le pudiera antojar a Ximena en ese momento y algunas cosas que podrían, o no, antojársele después.

La fiesta era en una casa grande de cochera amplia, dos pisos y un jardín sin flores ni pasto. Los únicos muebles que había eran dos sillones y todo lo demás era terreno libre para una densa niebla hecha de humo de cigarro y vahos de licor barato. En la entrada dejaron una piñata sin colgar, supuse que alguien la puso ahí para recordarnos que aquel bacanal se trataba de una posada. En el jardín había una banda tocando, todos los integrantes tenían la misma facha de desaliño y demacración, pero a Pacheco le gustó el guitarrista, quien era un hombre común que como todos los hombres comunes se veía más atractivo con una guitarra. Nos acercamos a la banda para que Pacheco le hiciera ver que lo estaba viendo. Cuando la tocada acabó, el susodicho se le acercó y con cualquier pretexto se fueron a cualquier lado. Me quedé con Roger y Ximena, lo que es equivalente a quedarme con Ximena pues aquél sólo se notaba cuando nos servía los tragos. Su presencia me hacía sentir optimista, gracias a él yo siempre veía el vaso medio lleno.

Roger se entregaba a los caprichos de Ximena quien al considerarlo indigno de su compañía lo trataba con la misma fría cordialidad que le inspiraban todos los hombres que se ponían a su servicio, como si ser sus sirvientes fuera el precio que merecían pagar por un rato cerca de ella. Esta exhibición de indiferencia no entristeció la posada y ya entrada la noche empezaron a sonar las cumbias en sustitución de los villancicos que nunca se cantaron. Las parejas que el Bacardi acaba de formar bailaban sabrosamente y justo cuando Roger estaba a punto de invitar a su diosa fue interrumpido por la presencia de otro hombre que iba entrando a la casa y se acercó a saludar. Ximena lo presentó con nosotros como un compañero del gimnasio y luego, sin despegar los ojos de su nuevo objetivo, le puso una mano en el hombro a Roger y le dijo: “Corazón, hace frío, ¿Podrías traerme el suéter que dejé en el coche?” él obedeció y en cuanto salió de la escena su relevo le dijo a Ximena que quería hablar a solas con ella. Cuando se alejaban pude escuchar que el nuevo Roger le preguntaba quién era ése que le acompañaba; “mi primo”, contestó ella.

Sin proponérmelo terminé igual de sola que cuando estaba en mi casa. Todos nos habían abandonado a mí y a la desdeñada botella de whiskey, así que no hubo más remedio que apaciguarnos la soledad mutuamente. Me senté en un cachito de sillón y en compañía de Jack estuve mirando lo que quedaba de la posada: Baile, alcohol, risas, alcohol, besos, alcohol y manos recorriendo por primera y quizá última vez la piel que acababan de conocer. A las orillas de ese cóctel de decadencia estaba Roger deambulando con un suéter de mujer en la mano buscando a Ximena y esperando el momento en que ella lo buscara también.

Al ver en lo que se habían convertido las posadas pensé en lo que alguna vez habían sido para mí y sentí nostalgia por las piñatas, los bolos y el ponche con piquete. Ahora el ponche con piquete se tomaba sin ponche. Estaba saboreando el recuerdo de las tostadas de tinga que Nana Gladys hacía para las posadas de la cuadra cuando alguien se sentó a mi lado y me dijo: “No te preocupes, ahorita colgamos la piñata para que te diviertas”. Era un hombre que buscaba conversación y como él quería ser amable y yo no quería ser grosera, platicamos, o mejor dicho, lo dejé platicar a mi lado hasta que empezamos a notar que la fiesta agonizaba. La poca gente que quedaba vagaba en busca de sus pertenencias, de sus amigos y de algún rastro de dignidad que todavía pudiera recuperar.

-Como que esto ya se está muriendo…- dijo él

-Sí, si yo fuera el dueño de la casa llamaría a la policía y dejaría que los arrestaran a todos.-

-Ya se me ocurrirá algo menos hostil… Por cierto, me llamo Antonio Barco.-

De todo lo que le había escuchado decir fue su nombre lo que me pareció más interesante. La charla por fin tuvo tintes de volverse amena pero antes de que tuviera la oportunidad de disfrutar el momento apareció  Ximena.

-¿Y el nuevo recluta?-Le pregunté

-Tuvo que irse y no quiero volver a hablar del asunto. ¿Has visto a Roger? ya quiero que nos vayamos…-

La última vez lo vi sollozando en los pasillos y supuse que se había metido en un cuarto a llorar. Ximena fue a buscarlo y yo fui por Pacheco. La encontré en la entrada despidiéndose a besos del baterista de la banda, lo que me confirmó que incluso para la música Pacheco era versátil. Ximena nos alcanzó y la vi esforzándose por contener una emoción nunca antes sentida por ella. Tomó aire y nos dijo: “Roger se fue. El maldito está en su casa y nos dejó aquí botadas”. Aunque trató de disimular su desconcierto no pudo evitar que se le inflaran las fosas nasales al admitir que Roger se había salido de su bolso. Éste era un acto de dignidad y autorrespeto que sólo por tratarse de él alcanzaba proporciones heroicas, el inconveniente de esta súbita muestra de amor propio fue que no nos dejó sin auto y en casa de un extraño.

Nos quedamos en la entrada a lado de la piñata discutiendo cómo resolveríamos aquel asunto. Ximena estaba haciendo berrinche y Pacheco ya estaba muy borracha, así que en algún punto la conversación entró en un loop de necedades y las dejé de escuchar para entregarme a la contemplación de esa artesanía de barro y color infancia que me parecía tan familiar y tan extraordinaria. Quería perderme en la forma de sus picos hasta recordar una emoción remota y cuando me sentía cerca de encontrarla vi a Pacheco recogerse el cabello justo antes de doblarse en una tremenda arcada. Todo ocurrió tan rápido y nosotras estábamos tan lentas que cuando reaccionamos su vómito ya escurría entre los siete pecados cubiertos de papel de china, ensuciando un cántaro sin dulces y los dulces recuerdos que no alcancé a evocar.

No era la primera vez que veíamos vomitar a Pacheco, así que sin inmutarnos demasiado nos alejamos unos pasos de su vasca, le conseguí un poco de agua mineral y seguimos discutiendo el asunto que nos era más urgente. En tales circunstancias nuestras opciones eran pedir un Uber o hablarle a algún otro Roger para pedirle que nos recogiera. Me acerqué a Barco para confirmar su dirección pero se negó a hacerlo y en vez de eso nos ofreció hospedaje. Tras pensarlo un poco decidimos pasar la noche ahí. Desde nuestra lógica de trasnochadas y con una amiga que no podía contener dentro de sí lo que había bebido nos pareció más sensato quedarnos en la casa de alguien que teníamos tres horas de conocer, que subirnos a un Uber y arriesgarnos a pagar la millonada que le cobran a uno si vomita en el trayecto. Sonriendo, Barco nos dijo: “No se apuren, de eso se tratan las posadas ¿No?” No fuimos las únicas que le tomamos la palabra y pronto su casa parecía un campo de refugiados. Nos ofreció un cuarto en el que sólo había un colchón inflable y una chamarra de piel tirada en el piso. Ximena enseguida la reconoció, era de Roger. Llena de rabia, abrió su bolsa, sacó un barniz de uñas color rojo sandía y poseída por un deseo de venganza lo vació completito encima de esa lujosa prenda. Verla arruinando la chamarra de Roger me hizo recordar que había olvidado la mía en la sala y al volver por ella me encontré al dueño de la casa sentado en el mismo rincón que yo había ocupado una hora antes. Estaba entre un montón de bultos humanos comiéndose unos buñuelos que sacó de quién sabe dónde. Como si me hubiese estado esperando en cuanto me acerqué empezó a hablar:

-Extraño las posadas, las verdaderas posadas; ya sabes, el ponche, los dulces, las luces de bengala, las piñatas; sobre todo las piñatas. Me gustan tanto que hasta hice la mía. ¿La viste?-

Le dije que sí, lo que no le conté fue que al verla recordé la primera vez que rompí una, ni le mencioné que tenía los colores de mi lonchera de la primaria y que incluso me trajo el aroma de los sándwiches a los que mi mamá nunca les quitaba las orillas. Por supuesto, tampoco le dije que vi cómo vomitaban en ella. En vez de decirle todo eso, preferí escucharlo, esta vez de verdad. Así descubrí que con quien había estado esa noche, además de ser un bondadoso e improvisado posadero, también era un alegre nostálgico que pasó la tarde haciendo una piñata. Luego me contó de cuando se quemó la ceja con una luz de bengala y yo le conté de las tostadas de Nana Gladys. Hablamos del árbol de su casa y del nacimiento de la mía. De los romeritos de mi abuela, del pavo de la suya. De los regalos, los tíos borrachos y la sidra. Recordamos tantas cosas que ya no sabíamos cuáles recuerdos eran suyos, cuáles míos y cuáles estábamos inventando entre los dos. Cuando dejamos de hablar me di cuenta que él tenía la barba llena de azúcar y quise hacerle una broma al respecto pero me quedé sin palabras al notar lo guapo que era; quizá antes no había prestado suficiente atención o quizá sólo me parecía guapo porque ahora lo estaba viendo con la impresionable mirada de una niña de diez años. Me habría gustado verlo un poco más pero los ojos se me empezaron a cerrar de sueño.

Apenas me sentí dormir cuando sonó el timbre de la casa. El posadero fue a abrir y desde el sillón pude oír quién esperaba en la puerta:

-¿Volviste?- Preguntó Barco.

-Sí…-Dijo Roger.-No la podía dejar aquí.-

– Ni modo, así es esto… Pásate, mucha gente se quedó, seguro ella debe estar por ahí.

Por cierto, buena chamarra, yo tengo una igual….-

Tiempo después supe que Barco había sido la causa y la solución de nuestros problemas  pues durante la posada encontró a Roger bebiendo solo y como tenía el defecto de preocuparse demasiado por los demás, le hizo un par de preguntas a aquel extraño deprimido y terminó por enterarse del humillante trato que le deba ésa tal Ximena. Con buenas intenciones Barco le dio una cátedra de cómo abandonar la friendzone y fue él quien lo convenció de irse de la posada sin ella. Lo que no tenía previsto es que al entrometerse en asuntos ajenos había provocado que una mujer enloquecida arruinara su chamarra de piel, pero afortunadamente eso lo descubrió hasta que ya estábamos lejos del alcance de cualquier acusación.

A la luz del amanecer el ambiente post posada era tenso: Roger y Ximena no se hablaban y Pacheco no estaba en condiciones de hablar con nadie. Roger actuaba arrepentido pero en el fondo estaba satisfecho de haber logrado que Ximena se indignara. Ella actuaba indignada pero en alguna parte de sí sentía un sutil arrepentimiento por el trato que le había dado a su chófer. Pacheco actuaba como zombi porque justo esa era su condición, y yo, a pesar de verme como una mujer desvelada estaba llena de un entusiasmo infantil consecuencia de la sobredosis de buñuelos y la charla con el hombre de barba azucarada que me había regalado otra posada para recordar.

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