Vivir solo

Ahora que la noción de orden depende completamente de mi voluntad o falta de ella he descubierto los límites de mi tolerancia a la mugre

En algún lado leí que ante una situación de extrema de supervivencia, por ejemplo, quedar varado en una isla desierta o perder el último Mexibus que sale de Ciudad de Neza, lo primero que uno debería hacer es buscar refugio, luego agua y finalmente alimento.
Hacerse de un techo es de las necesidades humanas más importantes, tarea que seguramente fue más sencilla para nuestros primitivos antepasados cuyo único reto consistía en buscar una cueva que no estuviera habitada por algún otro animal pero en estos tiempos de crisis económica y sobrepoblación ponerse un techo sobre la cabeza se ha vuelto tan complicado que si uno llega a lograrlo es probable que no le alcance para las paredes.

En el momento en que decidí irme a vivir sola ya tenía los suficientes malos hábitos como para que mi familia tratara de detenerme. Siendo una persona de carácter agrio, con poco sentido de comunidad y nula inclinación hacia las labores domésticas, llegué a ser para ellos una quejumbrosa inquilina que les debía una vida de renta, así que cuando anuncié que me iba de la casa mis padres dijeron estar preocupados pero creo que no era por mí sino porque no sabían cómo decorar su nuevo estudio.

Considerando mi condición de Godínez de poca monta con planes de dedicarse a las letras, y viviendo en una ciudad en la que dos metros cuadrados de espacio personal puede considerarse un privilegio, asumí de buena gana que terminaría por mudarme a un departamento tan grande como lo que quedó de mis sueños. Tras infructuosas semanas de búsqueda acepté que la Roma, Condesa, Narvarte, Nápoles y demás colonias bonitas quedaban lejos… de mi presupuesto, y me resigné a considerar opciones al oriente de la ciudad. Conocí muchos lugares deprimentes pero ninguno como uno en la popular zona de Iztapalapa (también conocida como Iztapalacra o Iztapabrava). Era una casucha sin pintar y con los vidrios rotos; junto al timbre había un letrero :Vivir solo Abril de Romero

Cuando llamé para hacer mi cita me habían advertido que el departamento era oscuro; pero por oscuro no pensé que se referían a un averno tan desesperanzador que ni la luz se atrevería a entrar. Era de esos sitios que resultan acogedores para algunas personas, en especial para ex presidiarios y adictos al crack. A su favor puedo decir que era tranquilo y probablemente los únicos ruidos que podrían turbar mi paz serían los disparos lejanos tras un asalto en una licorería o el chillido de las ratas que seguro salían por decenas en aquel agujero virulento.

Después de conocer esa sucursal del infierno estaba casi resignada a quedarme en la casa paterna y esperar pacientemente a que sus dueños murieran, pero en un insólito golpe de suerte encontré un anuncio que me pareció bastante aceptable: Estudio pequeño, céntrico. Ideal para persona sola. Ese mismo día fui a verlo, estaba en un barrio popular pero lo suficientemente cerca del metro como para hacerme sentir segura de llegar a casa después de la puesta de sol. Tenía una inmensa ventana que iba de pared a pared, una tina vieja que nunca pensaba usar y un closet enorme que llegaría a llenar el día en que el dinero para ropa no se me fuera en renta. El único inconveniente era que le faltaba cocina, pero eso no llega a ser un problema para alguien cuyo concepto de desayuno incluye papas fritas y whiskey. Me mudé esa misma semana.

Una vez que dejé el nido he gozado y en algunas ocasiones padecido todas las implicaciones de vivir solo. Por ejemplo, ahora que la noción de orden depende completamente de mi voluntad o falta de ella he descubierto los límites de mi tolerancia a la mugre. Supe que soy capaz de usar a diario el mismo plato sucio, siempre y cuando le sirva la misma comida que lo ensució previamente y la única razón que me incita a barrer es el temor a ser arrollada por las plantas rodadoras que se forman con todo el cabello que se me cae. En mi reino es bien visto pasar todo el fin de semana en bata. Como soy mi única espectadora puedo permitirme pasear en braguis, construir un fuerte con platos sucios o escuchar todas las canciones de Shakira desde Pies descalzos hasta Rabiosa sin sentir ni culpa ni vergüenza. Mi gusto por desayunar whiskey con papas bañadas en salsa picante es una situación que sólo mi hígado y colon podrán juzgar.

En absoluta soledad uno llega a valorar en cierta medida la compañía, la cual no solo sirve para regular la propia conducta, sino que también resulta necesaria para favorecer la supervivencia; lo digo por aquella vez en que decidí cambiar de desayuno y a consecuencia de unos tacos de dudosa procedencia expulsé seis veces mi propio peso. En uno de mis viajes al baño vacié la barriga antes de llegar a mi destino y resbalé con (y sobre) mi vómito. Me metí tal madrazo que me quedé tendida largo rato temiendo que mi cadáver sería descubierto hasta que la peste llamara la atención de los vecinos. Eventualmente vencí a la muerte y logré levantarme, limpié los estragos y volví a la cama no sin antes llevar una cubeta conmigo. Desde entonces nunca voy al baño sin el celular.

Si bien he aprendido a resolver cada diligencia del hogar por cuenta propia, nunca está demás contar con las visitas esporádicas de algún amigo, sobre todo esos días en que hay que subir un garrafón al tercer piso. En momentos de tristeza y soledad hasta la voz de alguien es reconfortante, en especial en esas noches en que uno escucha ruidos extraños y recuerda que vive solo y hace mucho que no llama a casa para saludar a mamá.

 

 

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