Lapsus viaticum (o del viaje y otros inconvenientes) por Merlina O’Ribeiro

¿Quiénes, aunque lo deseen, no podrán nunca regresar a su lugar de origen? ¿Quiénes, al regresar, se enfrentarán con nuevas noticias?

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Un viaje implica cambio. De un estado a otro: de Jalisco a Yucatán o viceversa. De un lugar a otro: de la escuela al trabajo o del trabajo a un café. De una emoción a otra: de la alegría a la ira. De una historia a otra: leer un lunes El jardín secreto de F. Hodgson Burnett y el lunes siguiente, El compadre Mendoza de Mauricio Magdaleno. Una vez que se dan estos cambios en nuestra vida, no volvemos a ser los mismos, ya sea que el viaje dure escasos treinta minutos (el tiempo que en promedio realizo de mi casa a la escuela), un mes o hasta cinco años. Se dice también, que cuando emprendemos un viaje llegamos a conocernos realmente – y a nuestro(s) acompañante(s) – pues habremos salido de nuestra zona de confort, de nuestro terruño para adentrarnos en tierras desconocidas por motivos tan dispares como el que tiene un prófugo de la justicia, un hombre de negocios o un adolescente en busca de respuestas e independencia.

Nunca he viajado fuera del país. Si bien ganas no me faltan, no se ha dado la oportunidad. Mas no me detendré en la narración de los viajes que he emprendido dentro del país, ni en los que emprendo diariamente por la ciudad, de un punto a otro. Sino más bien, en un estado que considero más fascinante por el temor, la incertidumbre y las ansias por llegar que provoca, posteriormente, en mí: el estado previo al viaje. En una estación de autobuses, en un taxi o en la sala de un aeropuerto. Supongo que para muchos es una emoción similar.

Uno llega a estas salas dispuesto (o no tan dispuesto) a esperar que su número de vuelo se escuche por el altoparlante, tanto para pronto disfrutar de esas ansiadas vacaciones en la playa, como para salir huyendo de ese conglomerado de asientos y personas, apostado en ese pequeño espacio monótono – a pesar de la fachada de centro comercial que lo reviste –, apabullante y azaroso, pues ¿quiénes de los que se van volverán con vida? ¿Quiénes, aunque lo deseen, no podrán nunca regresar a su lugar de origen? ¿Quiénes, al regresar, se enfrentarán con nuevas noticias? Yo, por lo menos, no puedo dejar de sentir esa especie de pánico; una tendencia fatalista que me hace actuar, algunas veces, de torpe manera. Y por si fuera poco, el olor característico – que no sé si es por la adrenalina que uno pudiera expedir al saberse viajante – que todas las antesalas al cambio, así como los medios utilizados para llegar a él retienen. Una combinación de aire acondicionado (por increíble que pudiera parecer, sí tiene un olor), pan blanco para sándwich y ropa guardada desde hace mucho. Olor que, ciertamente, me hace sentir mal fisiológica y emocionalmente. Pero es uno de los precios que son necesarios pagar para poder cambiar de aires, aunque sea por un rato.

En las revistas de viajes o comerciales promocionales de Vive México (programa nacional dedicado a la difusión turística) por citar dos medios de divulgación, se pueden leer las reseñas de viajeros que van del norte hasta el sur del globo terráqueo o pueden observarse las mejores vistas panorámicas de sitios arqueológicos y ciudades coloniales en la pantalla. Pero, ¿qué pasaría si un cronista no se detuviera en lo que vio, comió y vivió en ese sitio anhelado, sino en lo que vivió antes de llegar a su destino y decir: “Por fin llegué”? Posiblemente, porque no surtiría el mismo efecto de vender, tanto en la pantalla como en el papel, los posibles inconvenientes que surgen al emprender un viaje; es decir, estas situaciones que, si bien no resultan del todo agradables, sí que aportan considerablemente, para bien o para mal, a nuestra extensa lista de experiencias que se llama vida.

Pero es que este tipo de situaciones también son las que nos permiten conocernos a nosotros mismos o conocer al otro; pues en éstas es donde puede emerger el monstruo urbano que todos llevamos dentro (o que somos), ante la espera involuntaria previa a la diversión. El monstruo que va creciendo a partir de las negativas del asistente del servicio al pasajero en el aeropuerto que dice “No, todavía no” “No, en un momento” ante las preguntas de un desesperado hombre solitario y misterioso – que necesita dormir después de casi un día entero de hacer escalas en su peregrinaje – respecto del retrasado despegue de su vuelo. El monstruo que, en la sala de espera – sorpresivamente para el chico con un montón de sueños en la cabeza que tratará de volver reales en Australia – irá transfigurando a su novia en un ser detestable y quejumbroso, que inclusive del enojo se ha tragado el color Cherry Maniak de sus labios, y se ha arruinado el pedicure, sólo por haber olvidado el cargador de batería de su celular. Y lleva ya tres horas consecutivas (sí, consecutivas) viendo cómo pasajeros vienen, pasajeros van, sin saber a (de) dónde, por lo menos.

Éstos y otros monstruos potenciales habitan sólo temporalmente las salas de espera de una central de autobuses, de un aeropuerto, o de un paradero urbano en un día lluvioso y frío, en espera claro de abordar e irse. Pero el mientras es el que muchas veces hace mella en la actitud que se tiene antes de viajar. Antes claro de que el monstruo urbano despierte y entre en cólera. Y es por ello que no lo muestran al espectador/lector que, deudor de unas vacaciones, desea con fervor abandonar el tráfico matutino, vespertino y ¿nocturno? de la ciudad, ya que arruinaría el encanto de las expectativas ya establecidas de un individuo aprehensivo que fácilmente se deja llevar por las experiencias ajenas. Sin embargo, uno no pierde nada con escribir y leer acerca de este lapsus viaticum. Es una cuestión más bien de cómo se decide aceptar y disfrutar esta espera al trayecto de un viaje, que como siempre lo hará, garantiza un cambio.     

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¿Ganas de invitar a viajar a Merlina O’Ribeiro? ¡Escríbale!

Mí

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