Un trabajo de verdad por Alberto López

Con todo y la mejor logística las cosas siempre se hacen sobre la marcha y eso, en una sociedad que pretende planificar hasta el tiempo libre, resulta inaceptable.

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En repetidas ocasiones he escuchado, en sabios sermones de mis padres y en centrados consejos de los amigos, la idea de ocupar mi tiempo en cosas que realmente valgan la pena como, por ejemplo: hacer la tesis, arreglar mi cuarto, practicar algún deporte o conseguirme un trabajo de verdad para, por fin, poder independizarme. Y sí, por muy molestas que me resulten este tipo de charlas motivacionales, una cosa es cierta, entre más avance el tiempo, me guste o no, resultará necesaria mi incorporación al llamado mundo real.

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Iniciar en la sofocante labor de tener una vida de “adulto responsable, hecho y derecho” no es tarea fácil porque estemos listos o no, la urgencia de cubrir nuestras necesidades básicas es lo que hace inevitable o, al menos eso nos han hecho creer, la decisión de aventurarnos en un mundo lleno de expectativas, competencia, hipocresía, prisa, injusticias, miedos y de una interminable batalla para aprovechar todo el tiempo posible con un sinfín de actividades que además de seguir un riguroso orden de consecución parecieran tener la fecha de caducidad próxima a vencer.

Así es, desde que la industrialización del mercado propagó su plaga de la eficacia, infectando rápidamente a grandes sectores de la sociedad, la utilidad y productividad han sido la bandera ondeante de grandes empresarios, políticos y científicos de laboratorio obsesionados por atender a la hora exacta, priorizando el fin y olvidándose de la importancia ética de los medios. Sin embargo, la mecanización y la idea de eficiencia no sólo permanecieron en el ámbito de la economía y la industria como útiles herramientas de desarrollo, sino que además trascendieron hasta convertirse en una una forma de pensamiento capaz de encapsular el tiempo y entenderlo como una mercancía, imposible de desperdiciar y fácil de cotizar a la venta.

Respuestas y resistencias ante tal pensamiento y forma de vida no han dejado de existir, aunque para ser congruentes con su origen no han servido de mucho. Por ejemplo, al iniciar la segunda mitad de la década de los 80’s apareció en la radio una canción que hasta la fecha sigue sonando y que bien podría ser considerada un himno para aquellos desadaptados sin oficio ni beneficio, a los que las exigencias de la sociedad les obligan a abandonar su cómodo sofá. “Dime, nene ¿qué vas a ser cuando seas grande, estrella de rock and roll, presidente de la nación?”  es una pregunta bastante seria y, en la voz de Miguel Mateos, bastante pegajosa. ¿Qué/Quién ser en la vida? es algo que, sepamos la respuesta o no –y siendo sinceros pocas veces lo sabemos-, más temprano que tarde debemos estar dispuestos a resolver. El punto aquí es que uno siempre tiene planes, pero resulta necesario aceptar que con todo y la mejor logística las cosas siempre se hacen sobre la marcha y eso, en una sociedad que pretende planificar hasta el tiempo libre, resulta inaceptable.

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Hace unos meses, un artículo en el periódico El Financiero hacía referencia a las horas que una persona en México dedica a su trabajo, siendo ésteuno de los países donde los horarios laborales superan las 40 horas a la semana1, lo que optimistamente puede traducirse en que los mexicanos somos rechambeadores y que la motivación de superarnos profesionalmente nos hace pasar todo el día en el trabajo. No obstante, la incongruencia se hace visible cuando nos damos cuenta que el objetivo de invertir, en términos productivos, tanto tiempo en el trabajo es para un día no tener que hacerlo más. El trabajador, oficinista o no, cumple su jornada laboral contando los días para su próximo descanso, ya sea el próximo fin de semana, las siguientes vacaciones o bien su anhelada jubilación, por cierto, derecho laboral en vías de extinción.

Resulta, al parecer, que un trabajo de verdad es aquel que consume todo tu tiempo, dejándote sólo los fines de semana para medio vivir las horas que te quedan. Y si esto se considera un problema, la solución para los desempleados de hoy en día es tan simple o tan complicada como dejar de aspirar a ello, ya sea porque la posibilidad de encontrar un trabajo de por vida es casi nula, dadas las condiciones del país, o más bien porque valdría darnos cuenta que la vida, al menos la que se vive fuera de las paredes de una oficina, nos puede encontrar de otra manera.

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En este sentido, actividades como pasar el tiempo con los amigos, leer un libro sentado en la banqueta, extraviarse con la mirada, beber un café a medio día por el gusto de hacerlo o enamorarse por enésima vez, se han convertido en necedades de la cultura del ocio que ahora forman parte de aquello que la incultura de la productividad llama “perder el tiempo”. Sin embargo, felizmente, en su necedad cotidiana uno pasa tiempo con los amigos, lee un libro sentado a las afueras de una biblioteca, hecha a andar su mirada sin rumbo definido, bebe café –con o sin azúcar– y sigue enamorándose tantas veces como pueda; todo esto porque el ocio hace caminar a esta sociedad, por absurdo que parezca, mucho antes de creernos que la idea de productividad y eficiencia es lo único que nos hace avanzar. Y si es así es porque este tipo de cosas inútiles sólo tienen sentido para sí mismas, son auténticas para el nosotros colectivo y están en lo más profundo de la sociedad: su vida cotidiana.

Pero cuidado, esto no se trata sólo de diversión o de haraganería lúdica ni mucho menos de encontrarle utilidad al ocio, más bien, el chiste es entender la inutilidad como parte importante del modo de conducirse en la sociedad, de marcar una postura del “no hacer” para terminar haciendo mucho más –dadas las implicaciones, dicha postura puede entenderse como una posición política-, de comenzar a descontar los minutos con la firme intención de detenerse y, a través del viejo oficio de la contemplación, dar paso a la creatividad social –generadora de cambio-, haciendo explícito el derecho a equivocarse y a aprender de ello.

En efecto, el mundo no se arregla solo y sin embargo lo hace. La diferencia entre quienes creen que sólo con su trabajo arreglarán al mundo y quienes además de hacer lo propio se sientan en la banca del parque a observarlo es que cuando las cosas por fin suceden el trabajador insaciable –al que normalmente le gustará llamarse a sí mismo Luchador Social, Investigadora Emérita, Patrón, Jefa o cualquier otro sustantivo que denote su protagonismo en La Historia- creerá que el plausible cambio es fruto único de su esfuerzo y que por causa y efecto es merecedor único de todos los créditos y de las mejores condecoraciones, por ejemplo el premio de investigación CONACYT o más humildemente el Nobel de La Paz; en cambio, la persona que alejada de toda arrogancia se permite ocupar unos minutos de su tiempo en contemplar el mundo en que vive, seguirá haciendo, sin mucho hacer, más por esta sociedad que el primero.

En suma, aquí está mi respuesta a los sabios y centrados consejos que sin duda me seguirán acompañando por un largo rato. El trabajo de verdad, por el que pienso trabajar para algún día conseguir, es aquel que logre explotar la creatividad de las personas para el beneficio mismo de la sociedad a la que pertenecen y no el que se empeñe en explotar al trabajador con la única intención de aumentar las utilidades de la empresa; aquel que deje de ver al trabajador como recurso humano y comience a tratarlo simplemente como humano; aquel que permita y propicie el derecho al ocio, sin importar la clase social, permitiendo y favoreciendo la existencia de lo lírico y literario en la sociedad y no sólo su eficiente y mecánica ingeniería2.  

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P.D. Desde la ociosidad que me permitió divagar y escribir estas líneas, ¡brindo por una sociedad menos trajeada, más decente y con la libertad de ejercer su derecho vital al ocio!

 

alberto-lopez
Alberto López
Beber café, escribir, capturar el tiempo en una imagen, pasar tiempo con los amigos, enamorarse por enésima vez y otras epistemologías inútiles para cambiar este puto mundo.

Instagram: @compa_bto

 

 

Referencias

  1. http://www.elfinanciero.com.mx/power-tools/pasar-mas-tiempo-en-la-oficina-no-significa-ser-mas-productivo.html
  2. Se hace referencia al texto Lecciones de literatura e ingeniería del psicólogo social Pablo Fernández Christlieb.

 

 

 

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