Al calor de una rokola por Miguel V. González

La necesidad de sentir ese ardor por fin empezaba a ser saciada…

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Una vez más estaba sentado con ellos en el mismo rincón con olor a orina en donde ya eran habituales nuestras reuniones. A decir verdad este lugar –si se le puede llamar lugar- era el patio “improvisado” de una casa. Los muros grises existían sólo para no tener a los clientes con sus tragos en medio de la calle. Encima había una enorme lámina con manchas de pintura blanca, su único propósito debería ser el de esconder del sol y de la lluvia. De ella se desprendía un pequeño foco parpadeante y este colgaba justo encima de la mesa en donde me senté con ellos. Su constante apagar y prender distorsionaba los rostros, cuando la luz se apagaba me imaginaba como se llevaba una parte de cada ser del patio y una vez encendida los seres regresaban con la sensación de escasez o resaca en el rostro. De no ser porque cada uno ocupaba el mismo lugar de siempre podría pensar que estaba en compañía de cualquier otra persona. El patio clandestino no tenía nombre, alguien decidió bautizarlo: el “locus amoenus”.
     Uno de ellos extendió su brazo y sin hacer ruido posó su mano justo en frente de cada uno de los presentes. Este armisticio lo teníamos tan practicado que incluso parecía el fin de una misa en donde la gente da limosna para llenar el hueco implantado por la ciudad envenenada, ese hueco en donde debería habitar un corazón con vida. Cada uno metió la mano en sus bolsillos y cooperó con una pequeña porción para comprar el sagrado refugio. Después de contar el motín el cepo salió en busca del líquido que creíamos taparía con un dedo el enorme hueco de donde escurría cualquier otro líquido ingerido.
     Hasta ese momento no me había percatado de la soledad presente en todo el patio. Nadie bailaba ni discutía, no había rastro de ningún borracho impertinente a pesar de la quincena. Los únicos sonidos presentes eran los de las gotas de lluvia estrellándose con fuerza con la única intención de derribar la lámina sobre los cuerpos. El piso comenzó a llenarse de inmensos charcos, las gotas penetraron como balas lanzadas por el mismo Dios con el propósito de acabar con el pecado y los errores. Pronto salió la dueña del local con una escoba y comenzó a sacar el líquido sin perder el tiempo. Otro de sus empleados -que regularmente siempre estaba borracho- colocó unas cuantas cubetas en cada uno de los hoyos para poder cubrir las goteras. El lugar cada vez era más inestable, por mi mente pasó la necesidad de tirarme en el charco y sentir el líquido atravesar mis pulmones pero no lo hice. Justo atrás de donde mi cuerpo estaba sentado había un enorme muro a punto de quebrarse. Miles de grietas surgían del interior de su cuerpo. Pronto comenzó a sudar y a escurrir el agua que fue directamente al intento de baño en donde solían fornicar las personas ebrias. El foco dejó de alumbrar. La oscuridad recorrió los rostros perdidos de los cuatro tipos sentados como si fueran uno mismo.
     El quinto llegó y en su mano izquierda cargaba una jarra con seis hielos y un mezcal. En la mano derecha tenía un refresco sin etiqueta color amarillo y causó en mi la sensación de asco en el estómago. La necesidad de sentir ese ardor por fin empezaba a ser saciada, esa necesidad de sentir algo, de arrastrarse por el suelo y sentir como el vacío sube por la garganta y sale expulsado del cuerpo. El quinto mezcló la pócima con ansiedad, mi estómago comenzó a dar vueltas al mismo tiempo. Una vez estuvo terminada la mezcla tomé mi vaso y me serví sin esperar permiso de nadie. Comencé a beber lentamente, dejé a mis labios humedecerse en la porquería y a pesar del fuerte olor a alcohol desprendido por el vaso no conseguí sentir sabor alguno. Apenas pude contemplar sus rostros, pero eso me bastó para notar la inmensa escasez de sabor que todos estábamos sintiendo. Preferí no decir nada, beber en silencio y contemplar la jarra sucia. Pero no fui el único, los ojos de los cinco también se clavaron en los hielos muertos a la espera del punto de fusión. Eso me tranquilizó un poco, seguí mirando las lágrimas escurrir por su piel de plástico, el color amarillento y el olor a orina se mezclaron en mi mente y comencé a sentir nauseas. Todo en ese lugar era una mezcla. Sin poder contener el asco me levanté a poner música.
     Caminé con esfuerzo hacia la rokola que de puro milagro aún servía. Los cables viejos arraizados a uno de los muros cumplían la función de no dejar huir a la máquina. Comencé a apretar los botones en busca de una canción cuyo sonido había estado molestando mi cabeza toda la mañana. El estridor producido por mis manos me hacía imaginar a la máquina morir lentamente por nosotros, como si otro armisticio la obligara a sacrificarse por cada ser refugiado en el patio. Después de una larga búsqueda por fin llegué a la “J” y sin perder la respiración deposité la moneda. Golpee la pantalla agrietada unas dos o tres veces pero por fin la canción comenzó a sonar en lugar de la lluvia; “In fear every day, every evening. He calls her aloud from above…
     Caminé de regreso a la esquina. La música entraba en mí como si ella fuera la única capaz de enterrarme bajo mis propios pasos. No quería llegar a la mesa pero me sentí arrastrado por el agua al mojar mis pies, por la jarra al observar mi andar, ¡me jalaba sin que yo pudiera defenderme! Llegué a la mesa los miré y no vi nada, volví a observar la jarra.
—Estamos bien solos— Dijo uno de ellos con voz débil apenas comprensible.
— Tenemos a nuestras musas. ¿Por qué estamos aquí? ¿Y ellas?
—Porque da igual en donde estemos. Porque da igual en donde estén ellas.
—A todos nos da igual en donde estén o estemos.
Todas las voces parecían provenir del mismo ser pero eso era imposible. Claramente escuchaba como el sonido venía de distintas direcciones. La música retumbaba en mi oído. “Isolation, isolation, isolation.” Los hielos casi habían desaparecido. A pesar de la tormenta comenzó a hacer un calor asfixiante en todo el patio. Comencé a marearme, sentí el ardor en el estómago, pronto escupiría el vacío.
— ¿Musas? Olvídenlas, jamás vendrán—. Dijo uno de ellos mientras escupía en la
pared rota.
— Y no vendrán porque ya nadie nos quiere, ya nadie nos ve, para todos estamos
muertos.
— ¿Acaso no ven el patio? ¿A caso no ven que no existimos para ellos?
Miré alrededor de nosotros. Efectivamente el patio estaba lleno. Montones de personas
embriagándose. Todos tan pálidos y con olor a orina. ¿En qué momento habían llegado?
— ¿En dónde coño están las musas?
— Están muertas.
—No están muertas— dije mientras caminé hacia la rokola. Me di cuenta mi voz sonaba igual a la de todos. Coloqué otra moneda, elegí mi canción — y digo mí porque en ese momento estaba seguro de que al menos la canción podía pertenecerme—. Miré mi reflejo en las grietas de la pantalla y dije sin esperar a que alguien me escuchara. —No están muertas simplemente son fantasmas—. Comenzó mi canción “Walk, in silence, don’t walk away, in silencie…”
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Para leer más cuentos de Miguel (o para más recomendaciones de bares) visite su blog:
https://mvgtercermundo.blogspot.mx/
Miguel
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