Cinco minutos tarde

“Nunca más me vuelve a pasar esto”, me dije al despertar; aunque también eso me dije hace varios años, la primera vez que me pasó.

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La Ciudad de México a veces puede ser un lugar maravilloso, pero el resto del tiempo es un monstruo despiadado que atenta en cada oportunidad contra la felicidad de sus habitantes; tal como me ocurrió a mí anoche.

El autobús que me llevaría a mi pueblo saldría a medianoche. Yo estaba en casa haciendo tiempo en compañía de Tania y Cinthya. Cuando me disponía a irme a la central, SaTania dijo: “¡Ya! deja de ver el reloj, ni es tan tarde ni la central está tan lejos”; luego, CinDiablo agregó: “Sí, además a esta hora no hay nada de tráfico”. Yo, ingenua y confiada como suelo ser, cedí un poco y me quedé cinco minutos más de lo previsto, cinco minutos que hasta ahora me han costado nueve horas de retraso; cinco minutos que me han hecho ver que necesito amigas sin rabo ni cuernos.

Llegó por mí el único chofer de Uber que no sabe llegar a la central, ni consultar el aparato ése que le indica las rutas. El hombre le pidió a su provinciana pasajera que lo guiara y en menos de quince minutos terminamos detenidos en un embotellamiento en calzada de Tlalpan, que convenientemente tenía tres de cuatro carriles cerrados. La pasajera, previendo el desenlace de esta situación, llamó a la línea de autobús para avisar de su mínimo retraso, pero sólo se encontró con un conmutador que nunca la llevó a un humano a quién gritarle. Cuando al fin salimos del cuello de botella, a las 23:50 ,el chófer aceleró hasta el cruce que nos llevaría a nuestro destino, el cual también estaba cerrado. Al fin, mi mayor temor, y el de algunas princesas de cuento, se hizo realidad: el reloj llegó a las 12:00 mientras yo veía la central desde el auto de ése chófer que no sabía cómo ingresar a ella e iba despacio, con un ojo buscando una entrada, con el otro, previendo el zarpazo que le soltaría su pasajera.

A las 12:05 entramos y nos detuvimos bruscamente en el sitio de taxis. Me bajé en medio de una rechifla de taxistas enardecidos, corrí hasta el andén y le mostré mi boleto al hombre del control de accesos:

-Guadalajara, medianoche- Le dije con el poco aire que me quedaba. Tomó mi boleto y lo vio con el ceño fruncido.

-No tenemos salidas a medianoche…

-Bueno, Guadalajara, 11:59…

-¡Ah! Ya se fue. Ve a la taquilla, a ver si hay algún lugar en otra corrida… Estaba pesado el tráfico, ¿no?- Dijo al regresarme mi boleto.

Dejé que mi cara hablara por mí y me dirigí a la taquilla. Después de terribles diagnósticos “no, ni un solo lugar; no, no hay nada que pueda hacer por ti, no, nada…” la señorita de la taquilla me dio un boleto para la corrida de las ocho de la mañana y yo terminé regresándome a casa en un taxi de la terminal que, sumado a lo que ya había gastado en Uber y en el boleto del camión, bien me habría podido alcanzar para un boleto en Viva AeroPus. Por suerte, los demonios seguían en mi casa, porque olvidé mis llaves y alguien tuve que bajar a abrirme. Además, me dieron un reconfortante abrazo tan cálido como el infierno.

Hoy el miedo me hizo madrugar: “nunca más me vuelve a pasar esto”, me dije al despertar; aunque también eso me dije hace varios años, la primera vez que me pasó. Calzada de Tlalpan amaneció radiante y fluida, como un borracho sonriente que no recuerda el desastre que ocasionó la noche anterior. Llegué a la central cuarenta minutos antes y contra todo pronóstico me atendió el mismo hombre:

-Tú perdiste tu camión ayer, ¿no?

Asentí.

-Sí, sí me acuerdo… De hecho, creo que sí había otro lugar, pero como te vi enojada no te dije nada.

-¿¡QUÉ¡?- Farfullé con la mitad de la cara paralizada.

-Sí, es que cuando esto pasa, los mando a taquilla mientras yo reviso si hay lugar. Pero ayer, cuando salí a avisarte que sí quedaba uno en la siguiente corrida, ya te habías ido.

No dije nada; pero me aprendí su nombre y su cara y lo anoté en mi libreta de “venganzas pendientes”. La puntualidad inglesa de ayer se les olvidó hoy en la mañana. Mi salida se retrasó media hora y el autobús que me asignaron se ha metido en cada pueblo y rancho que queda de paso. Ahora estoy en quién sabe dónde, lejos de casa, pero cerca de una señal de Internet. Si todo sale bien quizá llegue a la cena, aunque, por experiencia, debería irme preparando para lo contrario; por algo he dejado mi sandwichito de camión intacto…

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