A la abuela

En un rebaño de tanta oveja descarriada y cabra loca, ella ha sido el pastor al que todo el mundo regresa.

A veces, cuando hace frío o llueve, uso mi gorrito gris con naranja, y por lo general, a donde vaya, alguien termina preguntándome dónde lo conseguí o cuánto me costó. Me encanta que lo hagan porque así puedo presumir que lo tejió mi abuelita. Presumir a mi abuela también es la razón por la que en las fiestas aceptó una porción de gelatina, solo para poder constatar que cualquier gelatina sabe a pezuñas machacadas si se le compara con las que prepara mi abuelita para nuestros cumpleaños.

Cuando hablo sobre sus virtudes, no falta el envidioso que, como no tiene una abuelita que le teja o le cocine, me pregunta: “¿Y a poco hace para todos, o no más para los consentidos?” Sinceramente, no sé si a todos nos quiere por igual, pero aunque le sobren motivos para que algunos le caigamos gordos,  no hay quien se quede sin postre el día de cumpleaños; porque así es mi abuela, firme, conciliadora y tan entregada a su familia que no se permitiría ver tambalear todo lo que ella se ha encargado de convertir en tradición.

Sí, quizá mi abuela sea tradicionalista, pero eso es solo un rasgo de su permanente lucha por mantener los principios que considera dignos. Seguir su ejemplo ha convertido a su descendencia en personas medianamente decentes, en su mayoría; y aunque algunas veces nos hayamos desviado del camino, las puertas de su casa nunca se han cerrado para nadie, porque dentro de su espectro de atenciones cabemos todos. Para cada persona que se acerque a ella hay un consejo, un oído o una sopa. En un rebaño de tanta oveja descarriada y cabra loca, ella ha sido el pastor al que todo el mundo regresa.

Puede que mi abuela y yo tengamos ideas distintas, pero esta diferencia me conforta porque sé que si nos reconocemos como diferentes es porque hemos tenido la capacidad de escucharnos y al charlar con ella puedo apreciar desde sus ojos otra perspectiva del mundo. Tal vez nunca nos pondremos de acuerdo respecto a qué tan importante es ser una damita y mantener los codos fuera de la mesa y la pierna cruzada; pero luego la miro, tan íntegra, tan sabia, tan generosa y tan ávida de conocimiento, que me digo: si de eso se trata ser una dama, entonces vale la pena intentarlo.

Es común que cuando se trata del tema de las abuelas, la gente asuma que no hay ninguna mejor que la propia, y puede que tengan razón, pero solo porque ninguno de ellos ha conocido a la mía, quien además de ser un ejemplo de entereza y lealtad, también atiende su negocio con la misma dedicación que a los necios de sus hijos; teje para sus nietos y bisnietos, hace yoga, tiene Facebook y le queda tiempo para organizar viernes sociales y tomarse una copita con sus amigas.

Mi abuela no es como cualquier otra, y por esta extraordinaria mujer me aguanto con gusto la incomodidad que me produce hablar en público. De hecho, creo que es un esfuerzo que se queda corto si se hace por alguien que me ha enseñado que, así, con el cuerpo lleno de energía, el corazón de memorias, el espíritu de curiosidad y la cabeza de bellas canas blancas, es un orgullo llegar a los ochenta y seguir celebrando la vida.

 

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