Abril en tres tiempos

Charlas con Abril del pasado y Abril del futuro.

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Aunque la nata de contaminación y las nubes de metales pesados tienen su encanto, en días como hoy me gustaría salir de la ciudad e irme seiscientos kilómetros hacia el occidente y cinco años hacia atrás. Llegaría a Guadalajara y pediría una cerveza en ese bar de Chapultepec que ya no existe por feo, pero que cuando existía lo visitaba cada viernes. Luego buscaría a cierta chiquilla a la que a veces extraño. Ella acaba de entrar a los veinte, no se preocupa por pagar la renta ni por buscar un trabajo y cree que la turbochela y el Bacardi son formas jocosas de disfrutar la bebida. Es tan ingenua que hasta da ternura. Confunde la efervescencia con felicidad, la destreza con talento, el anhelo con esfuerzo, el capricho con amor y las cosquillas con orgasmos.  Se siente tan desbordante de vida que no sé si decirle que no es tan fabulosa como ella piensa porque después de todo, aún vive con sus papás, bebe Bacardi y todavía cree que las ganas bastan para conseguir lo que quiere. Si pudiera acercarme a ella le pondría un short más largo y le aconsejaría que tomara algunos cursos de esto y de aquello -porque los va a necesitar cuando busque un trabajo-. Le pasaría la lista de los hombres que debe evitar -aunque ella los encontrará muy lindos- y le pediría que se pare derechita porque se le está haciendo una joroba que se le va empezar a notar a los veintiséis. Aunque si sólo pudiera recomendarle una cosa,  le diría  que se cuide de las cámaras porque pronto llegará el día en que Facebook no la dejará olvidar lo que andaba haciendo a sus veintiuno.

Pero siendo ella como es, me llamaría ridícula, se burlaría de lo fofos que se han puesto mis brazos y me preguntaría si volvimos a ver al tipo francés que besamos en Cassette -y  para proteger su frágil corazoncito de veinteañera yo le diría que sí-. No la culpo por actuar así como yo lo  haría si me encuentro a mi yo de treinta y me dice que me revise ese lunar, que ya no desayune papas porque estamos destruyendo nuestro intestino, que baje mi ingesta de sal, que deje de responderle los mensajes a fulanito y que, ¡por amor de Dios!, ya no publique mis intimidades en Facebook…

Si yo me dijera eso me daría las gracias (porque ahora soy más cortés que hace cinco años), me  invitaría un whisky -o  dejaría que con nuestros prósperos ingresos ella me invite uno a mí- y le diría que se relaje, que no ande preocupando a los demás con problemas ajenos y que haga de su viernes lo que sea que en ese momento de su vida la haga feliz

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