La envoltura

Lo que había entre ellos, más que una relación era un intercambio de bienes y servicios

Al Doc Denicia

A simple vista Ximena y Roger eran una pareja atractiva, ambos eran altos, delgados, de ojos grandes, pestañas largas y esa sonrisa derechita y blanca que a los mortales les cuesta varios años de ortodoncia. Él había sido bendecido con belleza y dinero para compensar que iba a ser privado de cualquier encanto intelectual, por eso cuando charlaban Ximena prefería no cuestionarlo ni contradecirlo; primero, porque la mayoría de sus comentarios no valían la pena ser discutidos y segundo, porque la simplicidad de su pensamiento era lo que lo hacía lucir bonito.

Por su parte, ella era de las personas que logran lo que se proponen sin aparentar ninguna clase de esfuerzo, y las contadas ocasiones en que estuvo dispuesta a esforzarse siempre apareció un hombre como Roger para hacer el esfuerzo por ella. Lo que había entre ellos, más que una relación era un intercambio de bienes y servicios: Él le proporcionaba transporte, alimentación y entretenimiento; a cambio, Ximena le ofrecía cariño, sonrisas y la satisfacción de saber que le estaba siendo útil a una mujer como ella.

Contrario a lo que podría pensarse, considerando la ligereza de sus relaciones, Ximena era una mujer de libido selectivo. Se reservaba el derecho de admisión a la hospitalidad de su piel porque comprendía que en el momento en que las pasiones que despertaba se materializaran perdería al instante la naturaleza etérea y distante de su encanto, o en sus palabras: “¿Quién compraría la vaca cuando la leche es gratis?” Lo único que esta autoproclamada diosa le compartía a sus devotos era la vaga ilusión de que algún día, si hacían los méritos suficientes, podrían ser invitados a su olimpo. Con su filosofía de “Hoy no…”, los incitaba a superarse a sí mismos ofrecerle más y mejores tributos.

A pesar de su soberbia, Ximena era una reina justa que repartía con seres menos afortunados lo que sus siervos le ofrecían; por ejemplo, cuando me invitaba de escudera a sus citas, se encargaba de que el Roger en turno, siempre fornido, rico y muy bobo, cumpliera cualquier antojo que tuviéramos. Lo único que me pedía a cambio del patrocinio era que me dirigiera a él con oraciones cortas para que éste no agotara la limitada capacidad de su mente en algo que no fuese complacerla.

Una tarde Ximena le pidió a Roger que la llevara a visitar a una amiga que estaba deprimida y necesitaba de su compañía con urgencia. Encantado por la misericordia de su diosa, la llevó a casa de aquella alma en desgracia y antes de despedirse le dijo que le tenía una sorpresa. Abrió la guantera y le entregó un enorme chocolate. Comparado con sus estándares, este regalo era algo bastante ordinario y como respuesta a su pobre gesto, Roger sólo recibió un fugaz beso en la mejilla que se extinguió en cuanto Ximena salió del auto.

Cuando tocó a la puerta, yo estaba en piyama leyendo en mi habitación. Bajé a abrir un poco molesta por la interrupción y la saludé sin alcanzar a descifrar el porqué de su visita. Desde su coche, Roger gritó: “¡Hasta luego! Ojalá pronto te sientas mejor…” y arrancó de inmediato. Recibí a la siempre hermosa Ximena desde mi demacrado cuerpo envuelto en una sucia piyama de conejos de franela. Si normalmente el contraste con ella me hacía invisible, en ese momento me sentí infrahumana. Quizá mi desaliño podría interpretarse como depresión, pero realmente se debía a que estaba disfrutando de mi nuevo estatus de recién egresada, eufemismo que usaba para no declararme desempleada.

Xime entró a mi casa, aventó el chocolate sobre la mesa de la sala y se dejó caer en el sillón: “Perdón  por llegar sin avisar, pero tuve un problema de logística…” Luego me contó que esa tarde, cuando estaba comiendo con Roger, recibió una llamada de Víctor, su novio. Desde hacía días le había prometido que lo acompañaría a una reunión familiar pero como el asunto de ver a los suegros era algo demasiado mundano para una divinidad, ella había terminado por olvidarlo. En cuestión de convencionalismos de pareja había dos cosas que no le ajustaban: la monogamia y las comidas familiares. Ya había encontrado sus métodos para eludir el primero pero del segundo todavía no descubría cómo zafarse. Evaluando el riesgo de que Víctor y Roger se encontraran, decidió que el relevo se hiciera en un terreno neutral. Al predecir que yo estaría en casa un lunes a las tres de la tarde, se dirigió para allá; el que yo saliera a recibirla en piyama fue sólo un golpe de suerte que fortaleció su coartada.

Víctor y Xime acababan de cumplir su quinto aniversario y en términos generales les iba bien. El único inconveniente era que él desconocía que gran parte de su éxito como pareja se debía a la intervención de otras personas. Según ella no era falta de cariño lo que la incitaba a comportarse de ese modo; de hecho, amor era lo único que le inspiraba Víctor. Le encantaba su forma de ser, sencilla, práctica y al mismo tiempo, generosa. Nadie la hacía reír tanto de sí misma y sólo a su lado se permitía ser humana, pues la superioridad que sentía respecto a él le daba la confianza de mostrarse tal cual era. Sin embargo, por mucho que le pesara, Víctor no era capaz de satisfacer sus necesidades más superficiales e inmediatas, por ello, para todos los placeres materiales tenía a los Rogers, pero había un tipo de placer que sólo encontraba con Víctor y por eso su lugar de novio era fielmente respetado.

Media hora después de su llegada apareció Víctor. Ximena, con intención de mostrarle la evidencia de su coartada (yo, en piyama) lo invitó a pasar. “Sólo un ratito, corazón, es que ve cómo está mi amiga, me da no sé qué dejarla sola.” Le dijo en un intento de susurro que alcancé a escuchar claramente. Sin ganas se pasó a la sala. Se notaba muy incómodo en compañía de la amiga depresiva de su novia y empezó a pasearse por ahí, con cara de ya vámonos; para entretenerlo, Ximena le dio el chocolate que había quedado en la mesa. “Mira corazón, lo compré para ti.” Le dijo con el tono de novia tierna que Roger usaba con ella. Víctor le agradeció y tomó la barra, “¿Y esto?” Preguntó extrañado mientras revisaba la envoltura.

Ximena aceptó con tanto desdén el presente de Roger que no se percató de que había algo impreso en la envoltura. Por una milésima de segundo la vi entrar en pánico, pero siendo una mujer elegante no se iba a permitir perder el porte. Como último recurso tuvimos una conversación telepática, habilidad que se desarrolla cuando las amistadas rebasan los límites del tiempo y la confiaza: “¡Ayúdame, di algo!” Y yo, también con la mente, le respondí: “No puedo. Estoy muy deprimida para reaccionar.” Con aparente tranquilidad se acercó a Víctor para leer lo que decía el mensaje. Fueron los tres pasos más largos de su vida. Ante sus ojos pasaron todos los momentos a su lado: sus manos rugosas, las patas de gallo que se le hacían al sonreír, su camisa azul de cuadros y los besos en su viejo golf. Le quitó la envoltura y puso el chocolate sobre la mesa. De inmediato le eché una mirada: “Te quiero, mi chocolatito” Era todo. Cuatro palabras sin firma, sin dedicatoria. Víctor miró el chocolate un momento más. Estaba por decir algo y mientras juntaba las palabras adecuadas, el corazón de Ximena latía tan fuerte que estuvo a punto de reventar. Respiró profundo y escuchó la frase que determinaría su destino con Víctor:

-¡Qué raro!… nunca me habías dicho chocolatito!-

-¡Ay amor! Tampoco es que lo haya mandado hacer, sólo lo compré porque me acordé de ti.-

-Bueno, gracias, chocolatita…-La besó en la frente  y se sentó a comerse su regalo.

De las diez palabras que Roger conocía, escogió las cuatro que no los delataban. A Víctor no le quedó ninguna sospecha y ella, tan diestra como era en el arte de la simulación, se mantuvo inmutable y empezó a despedirse no sin antes darme algunos consejos para salir de la depresión. A los pocos minutos se fueron; sin intenciones de quitarme la piyama, me quedé en el mismo sillón desde donde había presenciado aquella escena; el cinismo de Ximena, la estupidez de Roger y la inocente ceguera del chocolatito me hicieron sentir verdaderamente deprimida.

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s