La tesis

El tesista brinda por su meta cumplida y sus papás porque el muchachito ya no tiene pretexto para no buscar trabajo

A todo universitario le llega la hora de graduarse, independientemente de que le haya costado un gran esfuerzo terminar la carrera o de que su único mérito durante esos cinco años haya sido no desertar ni morirse. Una vez que el cuerpo se recupera de los excesos de la fiesta de graduación, uno por fin se anima preguntarse qué va a hacer para que le entreguen su título.

Anteriormente en la mayoría de las universidades la tesis era la única modalidad de titulación, por lo que no es de sorprender que mucha gente hubiese preferido quedarse de pasante. No obstante, en la actualidad hay tantas alternativas como universidades de reputación dudosa. Para obtener el título hoy se puede presentar un examen, un cheque, cursar un seminario o hacer una maqueta de papel mache. También existe la titulación por promedio, opción para ñoños y alumnos de esas benevolentes escuelas en que a uno le ponen 90 si se presentó a todas las clases y 100 si además no se quedó dormido en ninguna. Si aun con tantas opciones hay quien elige titularse por tesis es porque, o tiene altas ambiciones académicas o quiere experimentar la versión más nerd del masoquismo.

Quizá la parte del proceso que lleva más tiempo sea la de elegir el tema. Este etapa demora de acuerdo a la premura del estudiante por titularse; pueden ser semanas, meses o incluso años, como les suele pasar a quienes no saben qué harán después de la licenciatura y sus opciones oscilan entre una segunda carrera, un voluntariado en Siria o una maestría en Japón, aunque de la cultura nipona sólo conozcan el “ suchi ”.

El entusiasmo por iniciar es directamente proporcional a la ingenuidad del tesista. Al principio todos quieren cimbrar los paradigmas actuales de su profesión pero conforme estas tiernas ideas se enfrentan al rigor científico, uno empieza a ver cada vez más lejana la posibilidad de ganarse el premio nobel antes de los 25.

La mayoría de las tesis guardan elementos en común: son largas, tediosas y están redactadas para que nada más el autor y sus asesores las entiendan. La extensión varía pero se procura que rebasen las cien páginas para que dé la impresión de que uno trabajó mucho; esto no sólo se logra con espacio desperdiciado entre los renglones, sino también con petulancia. El secreto para engordar los párrafos es conseguir que las cosas suenen más sustanciales de lo que en verdad son; por ejemplo, si se quiere decir que algo pasó muchas veces, uno puede escribir “que se observó de manera recurrente la repetición de un fenómeno”´; para señalar que se encontró una particularidad, es válido afirmar que “los resultados que se presentaron tras concluir la investigación difieren de lo encontrado en esfuerzos empíricos similares”. El objetivo es redactar mucho diciendo poco y es preferible si esto se hace en tono aburrido e impersonal para que parezca que la tesis es tan maravillosa que hasta se escribió sola. La única parte en que se asoma el estilo del autor es en los agradecimientos. Allí, dependiendo de la cursilería de cada quien, se permite incluir a los papás, los asesores, los compañeros, la muchacha de la papelería, el señor de los cigarros y cada persona con la que uno se cruzó durante todo el proceso.

Los argumentos no son importantes si antes no fueron dichos por otra persona cuya opinión cuente más que la de uno (De Romero, 2013). Para que nuestro texto tenga validez, hay que citar, citar y citar hasta que con los retazos de muchas investigaciones se puede formar algo que sea más o menos legible. Como le escuché decir a cierto académico de prestigiosa escuela: “Copia a un autor y le dicen plagio, copia a muchos y le dirán investigación”; aunque seguramente esta frase se la copió a otro.

Por mucho que se esfuerce el tesista, gran parte del resultado también dependerá del empeño del director del proyecto. Cuando es alguien que se involucra tanto como el mismo alumno, esta relación puede terminar incluso en amistad. Pero no todos tienen esa suerte; por ejemplo, hay quienes presentan avances cada semana y reciben retroalimentación del tipo “vas muy bien” o “qué bonito color escogiste para las gráficas”; luego entregan el primer borrador y el muy sinvergüenza que los dirige les pregunta de qué se trata ese engargolado de 143 páginas.

Si bien hay directores completamente desinteresados, hay otros que las pocas veces que prestan atención es para decirnos lo mal que va el asunto. Ellos tardan dos meses en revisar una semana de avances para después anunciarle a su asesorado que su planteamiento no sirve, que escoja otro método, otro tema o mejor otra carrera. El interesado se resigna, corrige, regresa y espera otros dos meses a que le vuelvan a decir lo mismo, repitiendo este proceso hasta que el director ceda o el alumno colapse y lo descalabre con la más reciente edición del APA. Si uno aguanta ser llamado idiota tras cada revisión, quizá logre una de las mejores versiones de su trabajo y es probable que cuando el momento de terminar llegue, si es que llega, el tesista ya haya desarrollado el síndrome de Estocolmo y hasta quiera dedicarle un cariñoso agradecimiento a aquel personaje que durante meses le hizo detestar su proyecto, su profesión y su vida.

La parte final suele ser la más desgastante porque a la par que se realizan las últimas correcciones también hay que hacerle frente a la siempre frustrante tramitología. Aunque uno arda en urgencia por terminar, para las secretarias del área de titulación la vida corre con la misma parsimonia de siempre. Si a esas alturas a uno todavía le quedaba interés científico, es posible que lo pierda tras verle la cara a la mujer de la ventanilla cuatro, ésa donde se entregan todos los documentos que la escuela ya tiene, dado que los pidió antes de admitirnos, más doce copias de la carta de buena conducta de la secundaria, la foto con birrete de cuando salió del kínder y la cartilla de vacunación. Esa maldita ventanilla que sólo abre el tercer martes de cada mes de 9 a 11, y siempre y cuando no haya ni feriados, ni comité, ni junta de concejo. Incluso cumpliendo todos los requisitos, igual puede ocurrir que a la secretaria le haya caído pesada la torta que se desayunó y ya no tenga la voluntad de recibir los documentos ni la templanza para hacer la dificilísima labor de ponerles un sello.

Si algo aprendí durante mi infancia al escuchar hablar a mis padres es que existen dos eventos de la adultez a los que hay que temer: las muelas del juicio y el examen de tesis. Al crecer comprobé que ambos son dolorosos, traumáticos y se perciben más largos que lo que en verdad son, con la distinción de que al menos en la extracción de muelas a uno le ponen anestesia. Aunque podría decirse que a nadie lo reprueban en un examen de tesis, la realidad es que algunos miembros del comité no dejan pasar la oportunidad de echarle drama a una situación que ya es por sí misma estresante. Es justo en ese momento cuando el director y los asesores encuentran prudente señalar todos los errores que obviaron en meses de revisiones con la intención de que el evaluado demuestre cuánto domina el tema, porque haber escrito un libro al respecto no parece suficiente evidencia.

La defensa dura lo que tarde el examinado en soltar el llanto. Una vez que el comité satisfizo su sed de lágrimas y se le despertó la sed de vino gratis, todos pasan al brindis. Allí los ánimos son más alegres. El tesista brinda por su meta cumplida y sus papás porque el muchachito ya no tiene pretexto para no buscar trabajo; los buenos asesores alzan la copa a la salud del nuevo licenciado y los que no fueron tan buenos, lo hacen para celebrar que con su empeño lograron alejar a otro profesionista de la investigación, porque como dicen, entre menos burros, más olotes. Y ahora sí, el licenciado puede irse a estudiar su maestría a Japón, aunque después de esta experiencia es poco probable que aún le queden ganas de volver a la escuela.

Abril de Romero_La tesis

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