Abrilesa del Oriente

Crónicas peruanas

“¿Estarías dispuesta a irte a Perú por un tiempo?” Fue lo primero que me preguntaron cuando me hablaron del trabajo. “¡Claro!” Les dije con la seguridad de quien está acostumbrado a viajar. Luego sonreí y continué la charla esperando que no se me notara que ni siquiera tenía pasaporte. Hasta entonces no lo había necesitado.

De la oferta no quiero decir mucho, la versión oficial es que me invitaron a formar parte del show de la Tigresa del Oriente, como bailarina… obviamente. Lo único que tenía seguro era un boleto de avión a Lima, hospedaje por el tiempo que durara el proyecto y todos los trajes con estampado de leopardo que pudiera necesitar. La paga era incierta pero sin duda era más de lo que estaba ganando en ese momento, que era nada porque acababa de quedarme sin empleo.

Usé parte de mis escasos ahorros para sacar mi pasaporte y preparar el viaje. Me quedó el dinero justo para sobrevivir allá algunas semanas, y si resultaba que no habría pago para mí, mi plan era usar mi tarjeta de crédito y delegarle ese problema a Abril del próximo mes. ¡Pff esa chica siempre está metida en problemas! Mi familia y amigos tenían sus dudas acerca de mi partida y creo que no logré tranquilizar a nadie con mi argumento de “Estoy 95% segura de que no se trata de trata…” 

Aún después de aterrizar no tengo ninguna certeza. ¿Qué si tengo miedo? ¡Por supuesto! Miedo a no saber qué pasará, a saberme sola en un lugar extraño, a perderme en las calles de Lima (las cuales están considerando declarar en estado de emergencia debido a la inseguridad); miedo a ser confundida con Wendy Sulca y que una multitud de fanáticos me destroce como en la escena final de “El Perfume”; miedo a que mis pasos de baile no sean lo suficientemente buenos para estar junto a La Tigresa… Pero a pesar de todo, nada fue más grande que el temor a que todo siguiera igual. Pasarme la vida preguntándome que habría ocurrido si me hubiera subido a ese avión me resultaba absolutamente aterrador.

Asustada, sí, pero ya estoy acá, dispuesta a seguir permitiendo que la vida me sorprenda. Quién sabe que me deparen los días venideros, incluso puede que cumpla uno de mis sueños más grandes: ¡Abrazar una llama! 

Perú Avión

Hola, soy Abril y no, no soy peruana

Una de mis mejores amigas de la universidad tiene unos hermosos ojitos rasgados que provocan que yo, como la persona nefasta que soy, le agregue a su nombre el sufijo “Chan”, le salude diciendo “Konichiwa” y haya  usado a costa suya la táctica  “mi amiga es extranjera” para conocer gente.

Cansada de mis bromas, alguna vez me dijo que yo tampoco parecía mexicana.

-¿¡Ah no!? ¿Entonces…?-

-Pues pareces peruana…-

Y el tiempo terminó por darle la razón. Tras una semana en Lima, pocas personas han notado que nací en otro país y los pocos que lo han hecho ha sido porque me ha delatado mi torpeza al comunicarme  y ese acento que parece el producto de una orgía entre el tapatío, el defeño y el sinaloense (chila herencia de mis adorados amigos culichis).

        Yo que sentía que exudaba aroma a tacos y tequila, he sido tildada de ecuatoriana, boliviana y farsante, pues hubo quien no creyó en mis raíces aztecas “¿Mexicana? ¡No…! De veras pareces sudamericana…”

No sé precisar cuáles son las diferencias entre la gente de aquí o de allá, pero de lo que he quedado convencida es que indudablemente soy latinoamericana. Si mido metro y medio, tengo la piel de bronce y la sonrisa amplia, no podía esperar que me vieran como si fuera  de otra cultura… ni que tuviera el nipón encanto de mi amiga Chío Chan.

Abril de Romero Casa de la literatura peruana

Afuera de la Casa de Literatura Peruana ¡NerdGasmo!

Esos incas no dejaban nada a la imaginación

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Lima La Gris

Alguien dijo una vez que el cielo de Lima es gris panza de burro y los limeños aceptaron esta descripción aun a sabiendas de que ni el gris ni los burros son cosas particularmente animosas; y es que hay lugares que de tanto acumular días nublados terminaron por adquirir un ánimo de ese color, tal como le ocurrió a la Ciudad de México y a Lima La Gris; sin embargo, los matices de estas ciudades tienen texturas diferentes. En la primera, el gris se siente sólido porque el smog, el asfalto y el fastidio de 20 millones de almas formaron una costra de plomo que poco a poco se ha ido oxidando, por eso hay zonas que de tan grises ya se ven cafés.

El gris de Lima es distinto, y no porque le falte smog y desencanto, sino porque la brisa marina tiene un efecto evanescente. Este gris flota y se mueve, como una neblina de fantasmas que cruza barrios, momentos y gente y luego regresa al mar con los suspiros de los limeños. Lo bonito de un gris que nunca termina de cuajar es que flores, jardines, murales, rocoto, chicha, chirimoya, ceviche y otros cientos de destellos pueden traspasarlo. Sí, Lima es gris pero está llena de puntitos de colores.

 

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