La bici verde

Para ella usé la misma lógica que una usa con los ex novios: aunque no pensara darle uso, tampoco quería que otra le pedaleara.

Al pajarito gentil

A los doce años, después de esforzados meses ahorrando mis domingos compré mi propia bicicleta. Aunque la vendedora intentó persuadirme de que me llevara una morada que según ella era un color más adecuado para una niña, yo la escogí verde. Mi decisión no fue un acto de rebeldía ante los estereotipos de género ni un vaticinio de lo que sería mi vida de pacheca, sino que simplemente nunca me ha gustado el color de los moretones, las berenjenas y los vestidos de villana de película de Disney.

En aquel entonces la bici y yo éramos inseparables. Íbamos juntos al parque, a la tienda, a la papelería y nada más porque mi mamá no me dejaba ir más lejos. Un día, mientras paseábamos por la calle un pedal de la bicicleta se zafó y caí sobre un arbusto justo frente al niño que me gustaba quien, a pesar de la aparatosa caída, ni siquiera volteó a verme. Desconsolada me levanté rápido y contuve las lágrimas hasta que llegué a mi casa. Una vez allí culpé a la bici de todo: de la caída, de mi raspón, de la vergüenza e incluso de la decepción de haber sido ignorada por el niño ese. Desde ese día no quise volver a verla. La arrumbé en el patio de servicio y dejé que el óxido y las telarañas cobraran mi venganza. Los años pasaron y no la perdoné pero tampoco consideré regalarla. Para ella usé la misma lógica que una usa con los ex novios: aunque no pensara darle uso, tampoco quería que otra le pedaleara.

La bici y yo nos habríamos quedado sin relación alguna si no fuera porque hace unos meses mi hermana decidió que era buen momento para sumarse a la moda ciclista que se apoderaba de la ciudad. Como parte de su proyecto cómo volverse hipster en tres días, tomó nuestras viejas bicicletas y las llevó a un taller cercano. Después de una larga separación, la bici verde estaba de vuelta. Quizá en otro momento de mi vida me habría burlado de esta iniciativa pero cuando uno sale de la universidad y lleva meses en piyama fingiendo que hace su tesis se da cuenta que quizá podría hacer algunos cambios en su rutina como levantarse de la cama, recibir un poco de sol y recuperar la movilidad de las piernas.

En esa época mi única motivación para salir de casa era llevar mi laptop a una cafetería cercana y hacer como que iba a trabajar en mi tesis y no sólo a ver al mesero de barba vikinga y ojos bonitos, a quien siempre le pedía una taza de americano y luego tres refrescos para quitarme el sabor de su horrible café. Me animé a hacer el recorrido en dos ruedas y comprobé que andar en bici es como fumar yerba, una vez que se domina la técnica, siempre se puede volver a hacerlo.

Las primeras cuadras fueron de trámite, eran de bajadita y lo único que tuve que hacer fue evitar atropellar o que me atropellaran. El lado cruel del ciclismo se reveló después, cuando en mi camino las pendientes se hicieron ineludibles y la dificultad de pedalear superó a la fuerza de mis escuálidas piernas. La boca se me secó y el oído me zumbaba. Haciendo mi mayor esfuerzo apenas podía avanzar unos metros mientras ancianas en andadera me rebasaban. En el momento en que el vagabundo sin pierna se me adelantó, comprendí que no era que la subida fuese tan dura, sino que mi cuerpo era demasiado frágil para enfrentarla. ¿Sería que mi estilo de vida era el responsable de mi precario desempeño? ¿Era ésta la factura por las noches de whiskey y mi disciplina hacia el 4:20? ¿Qué tan lastimados estarían ya mi hígado y mis pulmones?

A unos metros de mi destino acepté mi derrota y me bajé de la bicicleta a punto del desmayo. Era probable que estuviese gravemente enferma y apenas lo acababa de descubrir. Invadida por el delirio de la muerte usé mis últimas fuerzas para arrastrarme hasta el café mientras me preguntaba cómo le daría las malas nuevas a la familia y si aún me quedaba tiempo de consultar a un abogado, por aquello del testamento.

Al llegar apenas podía respirar y estuve cerca de vomitar algún órgano. En la entrada estaba el mesero barbavikinga-ojosbonitos, quien al verme por primera vez me saludó:

-¡Hola! ¿Así llegaste?-

Asumí que se refería a mi pálida, sudada y demacrada apariencia, y mi corazón, que ya venía dañado terminó por colapsar.

-¿Así cómo?…- Le respondí con la amabilidad de quien acaba de sufrir un pre infarto.-

-Así, con la llanta de atrás sin aire. Seguro te costó trabajo en las subidas…-

Estaba tan agitada por el trayecto que ni traté de responderle; igual nada de lo que pudiera haber dicho habría hecho la situación más decorosa. Pedí cualquier cosa para llevar y me fui empujando mi bici y lo que quedaba de mi dignidad. Al llegar a casa la volví a arrumbar junto con mis ganas de cambiar mi estilo de vida, me eché en el sofá y destapé una cerveza para celebrar el milagro de mi recuperación.

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