Ceguera Morada

Y pasaron los días y ya no amanecía  porque mis ojos no querían ver. Carla Morrison

A Dude y Ale Hippie

-Y bien ¿Por qué aceptaste a acompañarme?- Me preguntó Laura Pacheco mientras sacaba una caguama de Victoria de su refri y la ponía en la barra de la cocina.

-Pues porque eres mi amiga y dijiste que no querías ir sola a esa ridiculez…-

-Ajam, pero eso te lo he dicho en muchas otras ocasiones y siempre me abres, así que…- Hizo una brevísima pausa por el esfuerzo de destapar la Victoria.- ¿Por qué exactamente hoy preferiste ir conmigo a un festival atiborrado de gente en vez de quedarte en tu casa viendo Los Simpson, as usual…?-

-¿Qué? Yo siempre estoy abierta a experiencias nuevas…-

Come on, dude…- Dijo mientras servía la cerveza con tal pericia que dejó una perfecta capa de espuma de dos dedos de ancho al borde de cada tarro.- Puedes decirme la verdad ahora o podemos esperar a que bebas un poco y la verdad se te salga sin que puedas controlarla, as usual…

-Ok, pero sólo porque prometiste patrocinar el precopeo y sabes bien que no llegaré a ese lugar sobria.- Después de un trago me animé a hablar.- Barco estaba insistiendo en que nos viéramos hoy y no sé, no tengo ganas, me hacía falta un pretexto para batearlo…-

-¿Barco? ¿El barbón sabroso?-

-El mismo…-

-¿Y qué carajos haces aquí si podrías estar con él… o encima de él, o debajo de él…?-

-Pues porque no quiero verlo.- Tuve que frenarla antes de que se pusiera más gráfica.- No es nada personal, sólo que últimamente quiere verme mucho y no sé, me siento invadida ¿No te pasa que a veces simplemente no quieres ver a nadie?-

-Pues sí, güey, el pedo es que a ti te pasa diario…- Puso los ojos en blanco y encendió un cigarrillo. Siempre que vendría un sermón para mí encendía un cigarrillo.

-No diario pero es que entre más insiste en que nos veamos más me siento presionada y menos ganas me dan de verlo…-

-¡Qué egoísta ese cabrón! Pidiéndote atención cuando sólo debería esperar a que amanezcas con ganas de estar con él y lo llames.-

-¡Exacto!- Levanté mi tarro para brindar por eso pero al ver su expresión me quedó claro que estaba siendo sarcástica.

-¡Ay pequeña! ¿Por qué siempre te saboteas? ¿Por qué si aparece alguien decente haces todo por alejarlo?…-

-¿Por qué estamos hablando de mis fracasos sentimentales y no del porqué  vamos a ir a un concierto para chavorrucos? –  Pacheco me miró con suspicacia y se llevó el cigarrillo a los labios como lo hacía cuando pensaba demasiado una respuesta.

-Vamos, dude, ambas sabemos que nunca comprarías boletos para algo así, y de hacerlo no sería a mí a quién invitarías…- Le insistí en que me dijera la verdad.

-Ok,  antes que a ti invité a Ximena pero hoy no podía, tenía una cita o algo así… Desde que cortó con Víctor no tiene un día libre, parece que ser soltera le potenció la putería.-

-No, es igual que antes sólo que ahora ya no se esfuerza por disimular… ¿Y los boletos? ¿Cómo los conseguiste?-

– Denis los consiguió, no preguntes cómo, no los pudo vender y me los regaló. Dice que prefiere sentarse en silencio a esperar a la muerte antes que ir a ese circo de pseudo rockeros maricones, adolescentes en celo y cerveza tibia.-

-Y sabes que tiene razón… ¿En serio rechazó a las adolescentes en celo?-

-Pues sí, dice que prefiere a las maduritas, en fin, el punto es que me vas a acompañar porque a) es gratis b) te falta a una excusa para rechazar al mejor güey que se te ha acercado y c) porque una nunca sabe qué puede pasar en ese mar de alcohol, Godínez briagos de libertad y morritas enseñando las chichis…-

Se terminó su tarro dejando claro que ni ella estaba convencida de dejar la comodidad de su casa por algo así. Yo no pude disimular mi cara de escepticismo.

-¡Vamos, güey! Tanta decadencia puede ser una gran fuente de inspiración… Hablando de eso, tengo algo para ti que va a llevar a tu inspiración hasta Neptuno.- Hizo un silencio innecesariamente dramático y se levantó de su asiento.

La Pacheco  me pidió que antes de ir al festival pasara a su casa porque, además de precopear, quería entregarme el suvenir que me había traído de su último temazcal-meditación espiritual de constelaciones kármicas astrales. Mis expectativas respecto al regalo eran bajas, en varias ocasiones después de sus reuniones con La Madre Tierra me había regalado cosas como una hoja seca del sauce con el que charló, una piedra que le recordaba la forma de mi cabeza y un silbato de hueso que, justo después de que lo soplé, me dijo que le había pertenecido a un viejo chamán que jamás se había lavado los dientes.

Abrió su alacena y sacó un frasco lleno de una jalea turbia café verdosa.

-¿Pus sanadora de la Pacha mama?- pregunté con asco.

–Ya verás, de hecho, verás más allá de lo que nunca has visto- Me sonrió con un misticismo gitano que me generó ciertos escalofríos.

Aquella cosa era una conserva de hongos silvestres en miel que, según Pacheco, representaba un boleto hacia una experiencia luminosa. Le creí, en cuestión de drogas siempre ha sido mi sensei. No me resistí a probarlos porque, como dije antes, soy una persona abierta a experiencias, en particular a aquellas que involucran drogas ligeras.

Después de un par de cucharadas que me supieron a jarabe para la tos fermentado, nos encaminamos al festival y me llevé la advertencia de que la poción tardaría más o menos una hora en hacer efecto. En el camino me mofé de su menjurje y le dije que su chamán le había dado huitlacoche y que había más hongos en sus sandalias que en el frasco; ella me escuchaba y se reía, no de mis malos chistes, sino de mí porque tenía la certeza de que en cualquier momento mi razón terminaría por volcarse.

A diferencia del alcohol o la mariguana que actúan de manera un poco más gradual, el efecto de los hongos me llegó con la sutileza de un tren. Al llegar al festival sentí como si cayera en una alberca de luz caleidoscópica. El sol, la estridente música y los ríos de chusma se convirtieron en una masa que se tragó mi cuerpo. En otras circunstancias me habría sentido aturdida y un tanto paniqueada pero saber que mi sensei sólo se había dado los inofensivos y habituales toques de weed y conservaba la suficiente coherencia para guiarme me hacía sentir mucho más confiada:

-¿Cómo te sientes, pequeña padawan?- Me preguntó al notar que dejé de hablar y me puse los lentes oscuros.  Al mirarla me pareció que estaba detrás de esos filtros de Instagram que suavizan la imagen y aumentan el contraste. Me limité a sonreír y levantar el dedo pulgar: “De maravilla” pensé con tanta fuerza que creo que Pacheco alcanzó a escucharme.

Gradualmente fui habituándome a esta resbalosa forma de percepción. Me sentía flotando en un fresco de la realidad y perdí la noción del tiempo; caminamos de escenario en escenario y vimos varias bandas tocar, pero no recuerdo cuáles: todo era parte del mismo espectáculo, me sentía como si nunca hubiese dejado de ser ahora. En algún momento me embargó cierta calidez en el pecho que crecía y me desbordaba hasta conectarme con algo más allá de mi cuerpo, una energía que salía de mí pero no era mía sino del Universo.  Pensé en mi familia, en mis amigos, en Barco, sobre todo en Barco, quería contarle los detalles de mi experiencia, quería compartirle como esta convulsión espiritual me había llevado hasta su recuerdo, su imagen, su voz… Con manos temblorosas tomé mi celular y le escribí un mensaje en el que traté de expresarle lo que me ocurría, pero las palabras se derretían antes de poder concretarlas y toda la complejidad de mis ideas terminó por enunciarse en tres palabras: “Barco, tengo hongos.”

Estaba tan feliz por el viaje que guardé el teléfono sin ponerme a pensar en lo que había escrito. Minutos después recibí una llamada, era él. Por la mala señal que suele haber en lugares así de concurridos, el intenso ruido y mi distorsionada elocuencia no entendía bien sus palabras pero tenía la fuerte sensación de que estaba preocupado, molesto o algo similar: “Ve al médico”, fue lo último que alcancé a descifrar antes de que la llamada se cortara ¿o fue que Barco acababa de colgarme?

-¿Qué pasó?- Preguntó Pacheco que había escuchado el conato de conversación.

-No sé, era Barco, creo que se molestó conmigo por un mensaje que le mandé.-

La Pacheco tomó mi celular y después de un breve análisis soltó su veredicto.

-La cagas, güey- Dijo en medio de una carcajada.- Pero no te preocupes, si vuelve a marcar yo le explico bien qué pedo…-

Cuando Barco intentó contactarme nuevamente, estábamos en la periferia de un escenario que poco a poco se iba llenando de adolescentes, todas emocionadas, gritando, llevándose el poco oxígeno que quedaba en el ambiente. Dejé que Pacheco atendiera la llamada pero claramente pude inferir qué pasaba:

-¿Bueno? Barco, soy Laura, la amiga de… Sí, tú tranquilo todo bien, ¿Qué? ¡No! ¡Para nada! Sólo comió algo que le hizo daño pero todo tranqui… Relájate, sí, ¡Ash! No, no es para tanto, sí, está todo controlado, no, no es necesario que hagas nada… Bueno, si así lo ves está bien, como quieras… Sí, ya luego lo platicamos… luego nos vemos, sí, bye.-

-Me odia ¿Verdad?-  Le pregunté en cuanto me devolvió mi celular.

-Nada de eso, al contrario, le importas mucho…-

-¿Pero?-

-Pero el tipo es medio santurrón, con razón no querías verlo… pero tú tranqui amiga, todo va estar chido…- Me abrazó de una forma tan amical que me hizo sentir que todo se había ido al carajo.

Lo siguiente en el cartel era Carla Morrison, una cantante pop a la que Pacheco no toleraba.

-Simplemente no entiendo cómo alguien puede tener una voz así de melosa y ser tan infeliz al mismo tiempo, y encima hace sus dramas públicos ¿Por qué no se marchita en silencio como la florecita que es?- Se quejaba Pacheco mientras se terminaba la carísima cerveza que compartimos.

– ¿Quieres ir a otro lado?- La plasta en la que estaba flotando horas atrás me pareció vómito. Me sentí aturdida y débil.

-No, no, hay que quedarnos, quiero odiar a gusto…-

Acepté. Estaba mareada y lo último que quería era moverme. En cuestión de minutos nos vimos rodeadas de una multitud de adolescentes. Carla subió al escenario y abrió su presentación con esa canción suya que es muy triste, ya saben cuál, ésa que habla de sufrimiento, desamor y engaño. El mal sabor provocado por la llamada de Barco me estaba causando náuseas y me sentía sofocada por la gente y las luces; tantos estímulos estaban saturando mis sentidos y comencé a sentir que me ahogaba. Las luces brillaban con tanta intensidad que parecían fundirse en un color cada vez más homogéneo. Mi visión adquirió tonalidades lilas, ése era el color que me transmitía la música de Carla Morrison y también era mi color menos favorito en el mundo. Poco a poco el lila se oscureció hasta convertirse en un violeta brillante que se irradiaba salpicando todo a su alrededor, el escenario, la gente, el cielo, Pacheco, mis manos… Mientras yo me fundía en una ceguera morada, Carla Morrison interpretaba Que me maten, una canción de Chetes, un músico regiomontano.

Si nadie puede perdonarme, que me maten, que me maten…– Cantaba el pajarito del amor.-

-¡Sí! ¡¡Qué la maten!!- Gritaba Pacheco.

Que me maten que me muero de dolor…

-Laura…- Le dije con un hilo de voz.

-Güey, pues es que los que se mueren de dolor somos nosotros al tener que oírla.-

Yo también deseaba que me mataran. Estaba empapada en sudor frío y las náuseas me atravesaban la garganta. De mi vista lo último que quedaba eran unas horribles manchas moradas. Nunca me había desmayado pero ya me había dado la pálida otras veces en la vida y podría reconocer que estaba a un paso de ello.  Si esto ocurría, Pacheco me haría cargar por el resto de nuestra amistad con el recuerdo de haber azotado de emoción, porque así lo contaría ella, en un concierto de La Morrison. Aún peor, si me quedaba permanentemente ciega, Carla Morrison sería lo último que mis ojos hubieran visto.

Dude, creo que me voy a desmayar.- Le alcancé a avisar con las fuerzas que me quedaban.

Al verme supo que lo decía en serio, me tomó del brazo, atravesamos lo que para mí era una masa de berenjenas y fuimos a un sitio más despejado. Nos sentamos en la sombra y me dio a comer uno de los dulces que llevaba en su morral, botiquín para los primeros auxilios yonkis. En minutos mi vista había regresado pero tardé largo rato en restablecerme y cuando estuve lista para ponerme en pie decidimos regresar a casa:

-Y bueno ¿Qué nos pasó?- Preguntó Pacheco encendiendo un cigarrillo. Se avecinaba un sermón.

-No sé, supongo que se me bajó el azúcar. No debí tomar, comer hongos y fumar weed…-

-No mames, ¿también fumaste? ¿En qué momento?-

-Pues antes de irnos, después que tú…-

-¡Ay pequeña padawan! Eres aún muy joven para esos combos, pero ¿Estás bien? ¿Segura que sólo fue la pálida?

-Sí ¿Por?-

-A lo mejor tu pelea con papá Barco tuvo algo que ver con que casi te desmayaras…-

-Quizá, pero ni siquiera fue una pelea, simplemente creo que ese güey se asustó de más, como él no fuma y solo toma conmigo, en general no me entiende, no sabe cómo es esto…-

-Nadie te entiende, pequeña, eres demasiado complicada para eso, pero él lo intenta… eso cuenta ¿no?-

-A veces preferiría que no lo intentara sino que sólo aceptara que esto es lo que hay y ya.-

-La cosa es que ni tú sabes qué es “esto”…  pero, güey, acéptalo, dentro de todo el coctel que te metiste te pusiste romántica y te acordaste de ese güey ¿no? Eso quiere decir algo, eso indica que detrás de ese caparazón en el que siempre te encierras estás llena de emociones y cursilería pero las escondes antes de que alguien pueda notarlas…  ¡Por Dios! Eres tan complicada que prefieres decirle que tienes hongos antes de admitir que lo quieres o lo extrañas…-

-¿Qué? Claro que no, si lo sintiera se lo diría en cualquier momento.-

-Vaya, parece que sigues ciega, como que inconscientemente no quieres mirar…-

-¿Dices que no quise mirar? Sabes que así se llama una canción de Carla Morrison ¿Verdad? Vaya, parece que alguien disfruto mucho el concierto…-

-¿Qué? Vete al carajo, claro que no, además por tu casi-muerte ni lo vimos completo…-

La Pacheco siguió fumando y cambió el tema. No insistí, todos tenemos derecho a nuestros episodios de ceguera selectiva. Después de aquel día no tolero la miel ni los champiñones y  cada que escuchó a Carla Morrison sudo frío y recuerdo con pesar esa ocasión en que mis ojos no querían ver.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s