Seguir tus pasos

 

A la larga entendí a qué te referías cuando dijiste que te seguiría viendo pero de otras formas. Desde hace años te veo en los colibríes que vuelan en la ventana de la casa en las mañanas soleadas

Prefiero seguir tus pasos
(Suena el mar)
Prefiero seguirte

Tengo mal de alturas
Y aquí vuelan pájaros de oro

Pasos- Cerati

En cuanto te vi supe que venías a despedirte. Salimos de casa de mi mamá y caminamos juntas hasta el parque, el mismo al que me llevabas cuando era niña. Nos sentamos en las banquitas debajo de las jacarandas, justo en donde tú jugabas a caminar sin pisar las rayas del piso y yo jugaba a seguir tus pasos.

No abrí la boca en todo el camino pero las dos sabíamos de qué íbamos a hablar.

-Entonces ¿Qué pasará ahora?- Te pregunté de repente.

– Nada, la vida seguirá.

– ¿Y yo qué voy a hacer?

– Tú seguirás con ella, pero tendrás que aprender a hacerlo sin mí.

 

Al escucharte decir eso la punzada que sentía en el pecho desde que supe  del accidente se hizo más aguda. Me dolías en el corazón, literalmente me dolías, incluso en sueños el dolor prevalecía. La primera noche que pasé en casa después de tu entierro pensé que no podría dormir, treinta segundos después estaba inconsciente y soñando contigo.  Al parecer mi cuerpo tomó por la fuerza el descanso que le había negado durante las noches que pasamos en el hospital y luego en tu velorio.

La última vez que te vi con vida traías una blusa rosa, aunque ya no podría precisar si de verdad era rosa o así me la imaginé así después de tanto que me esforcé en recordar ese momento. Me habría gustado fijarme en algo más pero tenía prisa y salí rápido, tan rápido que sólo te dije adiós con la mano. Esos treinta segundos que me ahorré al despedirme no habrían hecho diferencia ese día y creo que ahora tampoco la harían, igual si te hubiera abrazado o incluso si te hubiera dicho algo más siempre sentiré que me faltó tiempo a tu lado.

-¿Te acuerdas que a mi mamá no le gustaba que viniéramos solas?- Me preguntaste cuando estábamos en la banca. Éramos las únicas personas en el parque y el piso estaba lleno de flores moradas.

– A mi mamá nada le gusta…

-Ya sé… Es una mujer muy especial,  te vas a divertir mucho ahora que la tienes para ti sola.

Hice un esfuerzo por sonreír. Incluso en nuestro adiós conseguiste provocarme una sonrisa.

-Es que… ¿Por qué tiene que ser así? ¿Por qué me tienes que dejar sola?

-Sabes que nunca has estado sola. Además, quiero que tengas claro que tampoco fue que quisiera dejarte… simplemente hay cosas que pasan. La vida siempre va hacia la misma dirección y lo único que podemos hacer es dejarnos. Si te resistes, te lastimas.

-Lo entiendo, pero si alguien de la familia tenía que morir hubiera preferido ser yo.

Mi suéter estaba cubierto de flores, como aquel día en que fuiste conmigo al parque después de que mi mamá me castigó por alguna tontería que si hubiera sido grave seguro recordaríamos cuál fue. Lloré toda la tarde, me sentía mal conmigo misma y pensé que nunca nada de lo que hiciera sería lo suficientemente bueno para que las cosas con mi mamá estuvieran bien. No sé cuántos años tendría, pero no eran más de doce. Íbamos caminando y cuando tuviste la oportunidad me aventaste sobre un montón de flores que acababan de barrer. Me pegué fuerte en el codo, pero si algo aprendí de ti es que uno contrataca primero y se soba después. Te jalé  hacía mí y terminamos tendidas en el piso arrojándonos jacarandas. La ropa acabó echa un asco y al final no supimos quién estaba más molesto, si mi mamá o el pobre barrendero.

-¿Por qué dices eso?- Me preguntaste mientras me aventabas un puñado de flores que antes de pegarme en la cara flotaron hacia otro lado. – Pensé que disfrutabas tu vida…

-Sí la disfruto… tú me ayudabas a hacerlo.

-Pequeña, es tiempo de que entiendas que nadie es indispensable para que seas felices, nadie, ni yo…

-¿Cómo puedes decirme eso si sabes que siempre me vas a hacer falta?

-Sí, pero incluso puedes ser feliz aunque algo te haga falta… Además, de una u otra manera, siempre voy a estar contigo.

-¡No es cierto! Ya no te voy a volver a ver…

-Sí lo harás, pero no de la forma en la que estabas acostumbrada.

Después de que saliste de la casa con la blusa rosa, la siguiente vez que te vi ya no eras tú, sino un rostro desfigurado ocupando la primera plana de un tabloide: sí, uno de esos que ponen títulos horribles ¿Puedes creer que vino el tipo que los reparten y dejó tres ejemplares en la puerta de la casa? Mi mamá casi se desmaya cuando miró esa foto… Por más esfuerzos que hicieron los de la funeraria no pudieron volver a acomodarte y sólo dejaron lo más esencial de tu rostro al descubierto. Aun así mi mamá prefirió que dejaran la tapa del féretro abierta porque, según ella, así la gente recordaría tu cara, aunque se viera maquillada y cosida,  y no esa masa desarticulada que quedó retratada en El gráfico.

Mi mamá ya estaba dormida cuando nos llamaron. “Sí, es mi hija ¿Qué pasó?” balbuceó en el teléfono. Para cuando llegué a su cuarto estaba llorando. Tomó la pluma que había en su mesa de noche y con las manos convulsionándose de los nervios anotó una dirección. Los segundos que tardó en colgar se me hicieron eternos y empecé a marearme, no sé cómo explicarlo pero sentí como si el mundo se estuviera frenando de repente. A partir de ese instante todo a mi alrededor empezó a perder solidez. Mi cuerpo estaba allí pero yo me sentía como en otra dimensión, una donde todo esto no estaba pasando.

Del velorio no recuerdo mucho, caras borrosas, palabras de aliento que no conseguían disminuir esa pinche punzada que palpitaba desde el pecho y se extendía hasta entumirme los brazos y las piernas. Quería deshacerme de mi cuerpo para dejar de sentir. Quería romper los arreglos florales, destruir mis manos contra la pared y quemar la funeraria hasta que desapareciera todo indicio de que esto había sucedido. Aunque hubiera preferido que nadie me tocara tuve que recibir los abrazos que a tus amigos les habría gustado darte. Lo más difícil fue ser testigo impotente del dolor de mi mamá. Me mataba verla sufrir tanto a sabiendas que no existía nada que pudiese darle consuelo, nada, excepto el tiempo.

En esos primeros meses habría dado todo porque dejara de llorar, si alguien me hubiera dicho que era posible frenar su llanto arrancándome un brazo o una pierna, lo habría hecho sin dudar; de todas formas al irte tú ya había perdido una parte fundamental de mí. Ya después dejaste de ser un dolor agudo y te convertiste en una ausencia espesa y letárgica, una casa en silencio y una silla vacía en el comedor.

A la larga entendí a qué te referías cuando dijiste que te seguiría viendo pero de otras formas. Desde hace años te veo en los colibríes que vuelan en la ventana de la casa en las mañanas soleadas, todavía vienen porque mi mamá siguió preparando el néctar que tú les dabas. También te veo en las flores de  jacarandas que caen a montones en nuestro parque y en las comidas en las que mi mamá y yo nos olvidamos de pelearnos y nos reímos hasta cansarnos de tanto recordarte.

 

En mi sueño estuvimos en silencio hasta que el sol comenzó a meterse y el parque se tiñó de naranja y rosa. Sin que me lo dijeras entendí que estabas por despedirte.

-¿Te duele mucho?- Señalaste mi corazón.

-No mucho, sólo cada vez que respiro ¿A ti te dolió mucho?

-Sí, pero sólo hasta que dejé de respirar. A partir de ese momento ya nada volvió a dolerme.

-Entonces ¿Aquí se acaba todo?

-No, no se acaba, sólo vuelve a comenzar.

Te pusiste de pie y me vi obligada a hacer lo mismo. Luego me abrazaste y pude sentir en mis manos los huesos de tu espalda, siempre me pareció que estabas demasiado delgada. Tu corazón quedó a la altura del mío y una sensación de calidez se irradió por todo mi interior. Algo me absorbió hacia mi propio centro y poco a poco fui reconociendo el peso de mi cuerpo al mismo tiempo en que el peso del tuyo se desvanecía entre mis manos. Desperté abrazándome a mí misma. Sólo quedó tu recuerdo y una profunda tristeza que aunque pesaba, ya no quemaba.

En esa ocasión en el parque, como muchas otras, tenías razón: aunque hay ausencias que pesan más que otras, la vida sigue esté quien esté. Ahora tengo la edad que tenías tú cuando ocurrió el accidente y hasta aquí llegó la guía que me dejaste. Ahora ya no sé qué sigue hacia adelante, ni qué harías tú en mi lugar. En días como hoy me gustaría volver a ser niña y jugar a seguir tus pasos, irme contigo del planeta y dejar para otra vida la responsabilidad de existir. Luego miro por la ventana, un colibrí vuela y pienso en ti. Quizá debería esperar un poco antes de alcanzarte, me gustaría ver florecer las jacarandas del parque uno o dos veranos más.

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4 comentarios en “Seguir tus pasos

    • abrilderomero dijo:

      Muchas gracias por leer Carlos, al final de eso se trata la literatura, de recordarnos lo que nos hace humanos aunque a veces esto implique sentirnos un poquito tristes. Saludos!

      Me gusta

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