Rinoceronte en cristalería

Volver a enamorarse es tratar de fluir con la gracia de un colibrí aunque uno tenga las patas pesadas de un rinoceronte.

El corazón también envejece. A cierta edad, que no se mide en años sino en decepciones, uno se la piensa dos veces antes de aventarse con el arrojo (por no decir pendejez) de cuando tenía quince años. Esta precaución no es gratuita, para convertirse en un descreído es necesario haber sido estúpidamente crédulo. Primero hay que entregarse a raudales antes de volverse un cuentachiles del cariño.

Después de que a uno le han magullado los sentimientos, volverse a enamorar es otra forma de nacer, ya no como un humano suavecito y zonzo, sino como una criatura fuerte y de piel gruesa que conserva la inocencia de quien está estrenando ojos.

Quien se enamora de nuevo es un rinocerontito que ha sido puesto en el centro de una cristalería. Tiene el tierno impulso de descubrirse en el reflejo de belleza que lo envuelve pero la sabe frágil y va un paso a la vez, despacio contra su naturaleza bruta, aprendiendo a danzar entre el deseo irrefrenable y la pausa…

Volver a enamorarse es tratar de fluir con la gracia de un colibrí aunque uno tenga las patas pesadas de un rinoceronte.

Ilustración: Perro Dibujado

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