Huaraches

Me perdí en el metro, cuando encontré mi salida empezó a llover. Mal día para andar de huaraches, costumbre de provincia que me traje en la maleta. Corrí hasta un supermercado y me gasté lo de la comida de la semana en una sudadera. Así mi urgencia de calidez.

En junio de hace cuatro años me mudé a la ciudad. Desde entonces he tenido varios empleos, y ninguno. Meses de frijoles fríos, mocos secos y ojos mojados. Cambios de oficio, de casa y de vida. Gente que se queda, que se fue y otros que hubo que correr. Momentos en los que la única razón para quedarme era la incertidumbre de regresar.

Narvarte, Iztacola, La Viga, Santa Maria La Ratera… Tania, Cint, Beto, Elvirus, Rox, Kareli, Juan, Sahib, Valeria y otros nombres que iré olvidando. El Bull, Las Piernudas, La Malquerida, La Rosario Castellanos… Tantas manos extendidas, abrazos del tamaño de una casa, promesas postergadas, verdades a medias y oasis cotidianos.

Aquí seguimos, más viejos, más sabios, más felices, y en días como hoy, igual de pendejos que el primer día, ése en que CDMX me demostró que aquí no es lugar para huarachitos tapatíos.

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