Los niños ya no saben jugar

En los 90, mi papá coleccionaba los muñecos de la cajita Sonric’s, esos que eran réplicas de plástico de las caricaturas de Hannah-Barbera. Pese a su intento por convencerme de que era más divertido verlos que jugar con ellos, insistí en hacerlos míos. Mis favoritos eran el elenco de Popeye porque, aunque nunca vi el show de TV, me ofrecían grandes posibilidades narrativas fuera del guion.  Con muebles en miniatura, cada tarde armaba el set y montaba el episodio de una telenovela que tenía más o menos el siguiente argumento:

Oliva era una cazafortunas que se había casado con Pilón, un viejo torpe y morboso cuyo único atractivo era su creciente emporio hamburguesero. En casa de la pareja vivían los dos hijos de Pilón: Popeye y Brutus. El primero, un marinero alcohólico, ingenuo y con complejo de héroe. Sacando provecho de sus encantos intelectuales (porque carecía de todos los demás) Oliva convencía a Popeye de que necesitaba ser rescatada y juntos se involucraban en una conspiración para deshacerse de Pilón. Y mientras ese arroz se cocía, Brutus tenía un romance secreto con su madrastra. En el centro de esta intriga fue concebido Cocoliso y la novela terminó sin que se revelara quién era el padre. Curiosamente, en esta historia las espinacas no figuraban, pues accidentalmente rompí el brazo de plástico con el que Popeye las cargaba y entonces el pobre marinero era sólo un manco debilucho y tuerto.

En esta producción yo era guionista, directora, escenógrafa y única espectadora. Había tantas cosas por coordinar, que explicarle a otras manos cómo ayudarme resultaba más complejo que llevar la carga yo sola. Por obvias razones, detestaba que mi mamá me obligara a jugar con otras niñas que en su afán de participar sólo entorpecían el flujo de la historia.

Así como yo, los niños juegan a inventarse mundos porque, en esencia, los juguetes son para eso, para crear una versión de la realidad donde imperan las posibilidades infinitas de una mente sin juicios. Los juguetes son para contar historias con elementos más espectaculares que los que componen la dimensión de las responsabilidades y las cosas de adultos, por eso hay muñecos de vaqueros y astronautas, pero no de contadores o taquilleras del metro; y si hay quien jugaba a eso es porque desde niño está destinado a enfrentarse a la vida con minutas y juntas semanales.

Los niños que en los 90 jugaban con muñecos hoy son lo suficientemente solventes para comprar sus propios juguetes, aunque ya no los sacan del empaque porque a lo mejor se les olvidó para qué servían. Quizá los dejan allí porque desde el escaparate de lo nuevo e inalcanzable podemos verlos con los ojos de los niños que fuimos antes, esos que se impresionaban más por el universo inmerso en el juguete, que por lo caro que resulta darle gusto a nuestro niño interior.

Foto: Abril de Romero

 

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