La insoportable persona que vive dentro de uno

“Sabemos el tipo de persona con la que tienes que lidiar…” decía un mensaje que abrí por error en un celular ajeno. La persona de la que hablaban era yo; la que enviaba el mensaje, una amiga. No me sorprende que la gente cercana me encuentre difícil, incluso para mí es complicado convivir conmigo. Los demás tienen la opción de alejarse, yo no: o me aguanto o soy otra.

Admitir que uno tiene que aguantarse a sí mismo podría parecer una cuestión de auto rechazo, sin embargo, también implica una gran carga de aceptación. Hay que descubrir de qué estamos hechos para después decidir qué de nosotros se necesita, qué se tira y qué, aunque sobre, se queda porque nos gusta.

El hombre infiel, por ejemplo, en el fondo se congratula cada vez que le dice a la amantita: “aléjate, no soy de fiar…”. El desconsiderado cree que expía sus abusos con una bromita: “si ya saben cómo soy, pa qué me invitan…”; la culerita se justifica diciendo que lo suyo no es crítica, sino descripción. Hay cosas que sabemos que podríamos cambiar, pero no hemos encontrado razones para intentarlo. Somos como el adicto al cigarro que sus últimos alientos los intercala entre el tanque de oxígeno y otra fumadita.

Muchas relaciones fracasan porque uno tiene defectos que son incompatibles con los defectos del otro y ninguno está dispuesto a dejar los suyos. La gente se divorcia, las amistades se acaban, la familia se separa porque no tenemos la humildad para reconocer que podemos mejorar, ni la voluntad de intentarlo. Entonces, el mundo se convierte en un garabato de voces, todas proclamando la misma sentencia: “Así soy, ¿y qué?”

Aunque nos esforcemos por maquillar nuestros defectos, eventualmente un berrinche, un enojo o un abuso revelarán que no hemos podado bien nuestras espinas: uno puede cambiar de color, pero no de forma. Lo alentador de esto es que, en un mundo habitado por defectuosos, ser un cactus sólo es grave si uno se rodea de globos, los cuales, por cierto, también tienen defectos, por ejemplo, ser demasiado sensibles.

Entonces, ¿cómo lidiar con nuestros defectos sin ondearlos en la cara de otros, ni lamentarnos por nuestra condición humana? Quizá este dilema podría resolverse como casi todos los conflictos: con diálogo. Hablar con uno hasta que podamos establecer acuerdos de convivencia entre nosotros y nuestros defectos. Llevarlos sin que nos pesen y aprender a ponerlos donde no les estorben a quienes tenemos cerca.

Foto: Karla Guerrero

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