Rocío y la máquina soñar

-Creo que estoy lista para otra mascota.- Le dije a Valeria (aka Hipocampo) un jueves en la tarde mientras perrito negrito (aka Nina) descansaba en mi regazo.

-¿Perro o gato?- Preguntó la criatura marina que cohabita conmigo.

– No sé, tú has tenido ambos, ¿qué recomiendas?

– Mmm… gato. Te vendría bien convivir con uno.

Al día siguiente, Nina encontró un gatito en el cuarto de tiliches de la azotea. Valeria lo sacó de Villa Tétanos y lo llevó al veterinario. Así supimos que el gatito tenía dos meses, que estaba libre de pulgas y que, en efecto, se trataba de un gatito.

El amor se descubre 🐗✨🐯

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Pese a su condición de macho, le dejamos el nombre que había pensado para él aún antes de saber que lo querría. Como un pequeño homenaje a las gatas que viven expuestas a las caprichosas nubes, lo llamamos Rocío Durcal, pero como la vida es muy breve como para gastarla con nombres completos, le decimos Chío.

 

 

Los primeros días de Chío en casa fueron confusos para dos terceras partes de esta creciente familia. Nina inició su relación con Chío demostrando una insistente curiosidad que en cosa de segundos se convertía en ansias de destrucción. Lo vigilaba noche y día, y cuando Chío cometía la imprudencia de moverse, le lanzaba un gruñido que parecía la antesala de una mordida. Gracias a esos arrebatos, Nina pasó de ser la mimadísima hija única, a un perro ataca-bebés constantemente regañado; lo que no amedrentó sus deseos de destruir a esa bola de pelos  que ahora la obligan a llamar “hermano”.

 

 

Con los días, los gruñidos se convirtieron en suaves mordidas, luego en lengüetazos y después en un extraño contacto que desafió su naturaleza canina. Sin que pudiéramos detectar cómo llegaron a ese grado de confianza, Nina se convirtió en nodriza de Chío. Un día, lo vimos buscando algo que succionar en la panza de su hermana, como Nin no puso resistencia, preferimos dejar que las bestias se entendieran a su modo.  Y así lo hicieron, cada día más íntimos hasta que Chío terminó con bigotes blancos de leche después de hacer contacto con Nina.

Espiral de amor 🐗🌪🦁

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Ésta habría sido una bonita historia de amor fraterno, de no ser porque el amamantamiento le provocó una infección a Nina. La improvisada nodriza tuvo que pasar el resto del mes usando un  ridículo mameluco que impedía que el gato siguiera codiciando su fuente de alimento. Pese a su necedad, Chío fue destetado de manera definitiva.

Igual que las chichis de Nina, casi todo lo que toca Rocío termina herido. Se acerca buscando caricias y luego, sin previo aviso, te suelta un zarpazo en la cara. Sus besitos se convierten en mordidas: incluso cuando se abstiene de clavarte el diente, te lastima con su lengüita áspera. Si Nina se echa a dormir, la despierta con un rasguño en la cola. Si se acurruca entre las humanas de la casa, la molesta hasta que abandona su lugar y lo deja disponible para él. Rompe trastes, descuartiza el papel higiénico y muerde libros con la misma frialdad con que rasgó mis ilusiones de tener otra mascota.

 

Después de llevar mi paciencia al límite, Rocío se acerca ronroneando como si con esas vibraciones de placer pudiera deshacer todos los estragos hechos a mis nervios, a la casa y a la colita de Nina. A ese  motorcito le llamamos “máquina de soñar” porque la enciende cuando está por dormir. Si se siente cómodo y feliz, la prende a todo volumen porque también en su estado más tierno y vulnerable quiere molestar de algún modo, aunque sea con un ruidito. La primera vez que la escuché, pensé que la criatura estaba enferma, luego entendí que su enfermedad no era física, sino espiritual, la maldad está inscrita en sus genes, no en balde  se dice que cada gato tiene un pelo del diablo.

 

 

Además de su otra máquina, la de chingar, Chío está equipado con un tercer mecanismo que no tiene nombre porque tampoco tiene sonido ni forma. Esa incorpórea maquinita lo lleva a recibirme todos los días en la puerta de la casa para después ignorarme. Es la que lo incita a inventar complejos mundos habitados por él y “rata”, su mejor amigo relleno de catnip; a robar comida de mi plato y terminar llorando en un rincón porque se enchiló, a dormirse en mi regazo cuando decide que necesito su compañía y a caminar sobre el teclado de mi laptop si le parece que el texto que escribo está perdiendo el ritmo.

Lo curioso de esta misteriosa máquina es que no sólo incide en Chío, también en quienes estamos cerca. Sospecho que libera algún tipo de vapor que me inspira a  sostenerlo entre mis brazos a sabiendas de que un minuto de abrazos me provocará dos horas de estornudos. Quienes visitan nuestra casa, se rinden a su encanto de inmediato. Hipocampo, que es la más expuesta a su efecto, incluso ha improvisado un rebozo para seguir con sus ocupaciones sin dejar de acunar al adorado bebé.

Ay, pero qué es esa cosa brillante en el cielo… 🐆☀

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El gatito apareció en  Villa Tétanos un día después de que lo invocamos, Nina comenzó a crearle alimento a la semana de su llegada.  Quizá no entienda cómo funcionan las máquinas de Chío, como nunca terminaré de entender por qué lo amo si me despierta con un rasguño en el dedo del pie.  Es mejor aceptar que la vida es así: la existencia de Rocío Dúrcal está llena de misterios.

Ilustración: Hipocampo

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