Challenge Accepted

-Creo que le gustaste a la mesera…- Me dijo Denis después de que la chica en cuestión me sonrió bonito al llevarme mi segunda chela.

-No creo, quizá sólo le pareció tierno que yo haya pedido otro tarro y tú aún no hayas terminado tu margarita.

Ese día llegué antes que él y ordené un trago; mientras lo esperaba se acercó la mesera para preguntarme qué me hacía falta: “Muchas cosas” le dije “pero ninguna que tú me puedas traer…” Rio y me dio unas palmaditas amables en la espalda. Nada como ser condescendiente con quien tiene pinta de borracho depresivo, somos nosotros los que sostenemos los bares y dejamos todo el cambio y el corazón en las propinas.

Un par de veces la sorprendí volteando hacia nuestra mesa, es parte de su trabajo como también lo es sonreír y ser amable; que fuera alta, lindas piernas y una espectacular cabellera rubia y rizada, sólo sumaban puntos a sus potenciales propinas.

-Empiezo a creer que eres tú quien le gusta.- Le dije a mi acompañante la siguiente vez que fuimos receptáculos de sus finas atenciones.

-Sólo hay una forma de averiguarlo… – Damián levantó el brazo y la llamó.

Ella se acercó a la mesa y convenientemente se paró entre ambos.

-Oye…queremos preguntarte algo: Imagina que nosotros tres somos las únicas personas en el mundo, si tuvieras que elegir entre ella y yo ¿Con quién te quedarías?

Antes de darnos su veredicto, le dedicó a cada uno un par de segundos de su mirada.

-Con ella… Definitivamente. –A parte de la victoria de considerarme más apetecible que Denis, también me regaló un guiño y una sonrisa.

-¿Por qué?- Quise saber no porque dudara de mis encantos, pero sí.

-Porque siempre me he llevado mejor con las mujeres… Son mucho más lindas.- Otra vez la sonrisa y otra vez su mano en mi espalda. Mi ceja coqueta se levantó por inercia, luego se retrajo por indecisión, no estaba segura de cómo reaccionar cuando una chica guapa me trataba de ese modo.

Terminamos de acosarla, se retiró y seguimos con lo nuestro.  Nadie había quedado más complacido con la respuesta que Denis:

-Deberías intentar algo con ella…

-¿Algo como qué?

-Pídele su número…

-No ¿Cómo crees? nunca he intentado algo con una  chica…

-¿De veras? Juraría que sí…

No me sorprendió que Denis dudara de mi heterosexualidad. En veintitantos años de vida la han cuestionado la suficiente cantidad de veces como para alcanzar a darme cuenta de que puedo resultar confusa. Sí, sé que no derrocho femineidad y que las camisas a cuadros y las botas industriales no contribuyen a crearme un look de damita, pero a pesar de mi pinta y porte de trailera, no he conocido una señorita que haya hecho que yo misma me cuestione. Ni siquiera lo logró aquella que en un Vive Latino insistió en invitarme una cerveza. Todo aquel que haya visto cuánto cuestan las chelas en los festivales sabrá que eso era casi una propuesta indecorosa, lástima que la chica no era tan atractiva como su oferta.

-Deberías intentarlo, se verían bien juntas… aunque nos veríamos mejor los tres.

– No sé, las mujeres somos complicadas, la verdad no sabría cómo acercarme.

-Anda, apostemos, te reto a que consigas su número…

Denis me conocía lo suficiente para saber que si hay algo que no resisto son los retos.

-¿Qué apostamos?

-Lo que tú quieras…- Ahora era él quien me regalaba una sonrisa seductora, lo que no sabía era que de ganar lo único que le pediría sería que pagara la cuenta. Respondí lo que siempre respondo cuando alguien me desafía a poner en juego mi integridad física, mi bienestar emocional o mi autoconfianza.

Challenge accepted!

Nunca había pedido un número en mi vida y no por falta de ganas, sino por torpeza social y escasa seguridad personal. Fui tímida hasta los 21 y luego estuve enferma de monogamia hasta los 25. Ligar nunca había sido lo mío, las chicas tampoco, así que preparé mi jugada como he visto que lo hacen la mayoría de los hombres: bebí hasta que la cerveza me dio la confianza de la que la vida me había privado.  Cada que el objetivo iba a la mesa, yo hacía bromas y trataba de hacerme la simpática; sin embargo, a la par que la noche surtía efecto, iba disminuyendo la sutiliza de mi sentido del humor y aumentaba mi percepción de ser chistosa, o sea, me convertí en la clienta pesada que quiere a fuerza caer bien. Si la veía pasar a lado mío volteaba al piso y trataba de evitar cualquier especie de contacto visual. No sabía si tenía que hacer algún esfuerzo por acercarme o esperar a que ella estuviera lo suficientemente cerca. Durante toda esta incertidumbre no podía evitar preguntarme ¿Cómo carajos lo hacen los hombres?

Estuvimos ahí hasta que vaciamos las carteras, ya era tiempo de pedir la cuenta y retirarme arrastrando la culpa de haber gastado de más y la vergüenza de saberme derrotada, lo cual para mí, a diferencia de los retos, era totalmente inaceptable. Ya con un pie afuera, me dije: “no puedo permitir esto”; regresé y me paré frente a la chica:

-Oye ¿tienes un minuto?

-Sí, claro ¿qué pasó?

Me quedé en blanco, no esperaba llegar tan lejos. Titubeos, rodeos y un enorme anhelo de que la Tierra fuera absorbida por el Sol en ese mismo momento (así es, si yo desaparezco que el mundo lo haga conmigo). Milagrosamente logré articular algo: “entonces ¿podrías darme tu número?” Estaba tan nerviosa que casi agregó: “es para una tarea”. Lo hubiera hecho, quizá mi intento habría sido incómodamente simpático y no solamente incómodo.

-Sí, pero no me lo sé…

-Ok…- Me dispuse a correr a la salida.

-Es que es nuevo, espérame poquito…

Se acercó a la barra, tomó un sobrecito de esos donde le entregan a uno los chips de celular y me dijo que el teléfono ahí escrito era el suyo. No le creí pero por cortesía lo anoté de todas formas. “Gracias”, “adiós” y hui.  La foto de whatsapp certificaba que era el correcto; a pesar de un pobre desempeño pude terminar la noche diciendo Challenge Completed!

En fin, conseguí el número ¿y ahora? Podía quedarme con la satisfacción de haber vencido (aunque mal) el desafío de Denis o podía darle un uso a ese número y descubrir qué tan estrepitosamente llegaría a fracasar. Igual tenía días para pensarlo, uno nunca escribe inmediatamente después de haber conocido a alguien, hasta yo sé que hacerlo apesta a desesperación. Mientras dejaba pasar la regla de los tres días recibí mensajes constantes de Denis“¿La vas a buscar?” “¿Piensas invitarla a salir?” “Si la besas manda fotos…”

Al tercer día me decidí a escribirle, no tanto por un interés romántico si no porque quería saber cómo terminar la historia. Si tuviera el talento, me habría inventado el final en vez de tratar de vivirlo. Tras mucho pensarlo, opté por un clásico saludo, si me contestaba podría explicarle quién era y de dónde le había conocido, si me dejaba en visto, pues ya qué, no sería la primera ni la última vez que alguien ignoraba mis saludos.  Mi “Holi!” pasó un día completo con una sola palomita, después llegó la otra indicando que el mensaje había sido recibido. Nunca la vi colorearse de azul; soy de la gente que desactiva la confirmación de lectura; pero no por hacerme la interesante sino para proteger mi propio corazoncito, prefiero sentir incertidumbre que rechazo, o al menos eso pensaba.

Conseguí su número, le envié un mensaje y jamás me respondió. Fin. ¿Así terminaría mi aventura lésbica? ¿Me quedaría sin saber por qué me ignoró? ¿Me conformaría con un rechazo sutil? Considerando que ya no tenía nada que perder y una historia por ganar, una semana después decidí volver al bar, esta vez el reto lo puse yo.  Si me iban a batear, el bat tenía que estar envuelto en alambre de púas.

Quedé de ver a un par de amigas en aquel sitio, estando allí les conté mi tragedia. No entendían si lo que estaba haciendo era un acto de masoquismo, un reflejo de mi ego herido o un despliegue de lesbianismo reprimido; ni yo lo sabía. En esa ocasión tampoco tenía una estrategia, mi único plan era estar allí y si me la topaba de frente, saludarla como si no hubiera pensado en el asunto en todo la semana. Exactamente eso hice, un “hola” camino al baño y fue todo… por un rato. Después le cedí al alcohol los controles de mi cuerpo y me aproximé a ella  en otra excursión al baño:

-Oye… ¿tienes un segundo?

-Sí, claro…

-¿Recuerdas que la semana pasada andaba por acá con un amigo? Te escribí en estos días, y no sé, quisiera saber si hay alguna razón por la que…

-¿En serio? No me llegó nada… – La amé en ese momento, no porque me mintiera, sino porque evitó que yo siguiera cavando más en mi pozo de desesperación. Sonreí de alivio, todo había terminado.

-De verdad, mira…- Tomó su celular y me mostró la pantalla; estaba la animación de inicio de Telcel. –Es nuevo, no había tenido chance de activarlo en toda la semana.

-Ah, ok.- Pude escuchar en mi cabeza el inicio de  40 y 20 de José José (Mentiras, son todas mentiras…).

-Sí, no me llegó, pero igual te veo por acá, vienes seguido ¿no?

-Sí, claro…

Lo bueno es que esto ocurrió de camino al sanitario, así pude llegar a mi destino y acomodarme las emociones con calma y privacidad. Regresé a mi mesa y continué bebiendo todavía al ritmo de José José. Poco después nos fuimos, ya había cumplido el reto de “Qué tan duro te pueden batear”, la única buena noticia es que resistí el batazo sin llorar (mucho)  y sin perder la consciencia, Challenge Completed!

Si de algo me arrepiento es de haber vuelto incómodo un buen bar, afortunadamente mis cantinas favoritas tienen meseras bien entradas en años y en carnes, lo que me asegura que nunca más estaré en una situación similar.

Imágenes: La Koletilla 

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