El día que le dijimos a un cñor que se sentara y se sentó

“Es como una violación, si ya estás ahí, disfrutas…” un par de quijadas se fueron al suelo cuando el señor conferencista dijo eso. Desde que se plantó frente a una audiencia de 200 millennials y afirmó que a los millennials no les gusta leer, supimos que las siguientes dos horas serían pura incomodidad.

El señor era director de orquesta, se autoproclamó artista e inició una dinámica de aplausos y voces que algunos seguimos por cortesía, por ese respeto a los mayores que señores como él nos inculcaron en la infancia. Luego vino la broma de usar la batuta de director para callar a tu esposa, nadie rio, pero eso no lo desmotivó a seguir con ese guion que en tantas empresas, operadas por señores como él, ha funcionado.

“No importa qué tan equivocado parezca estar el director de una orquesta, sólo él conoce la visión total de la obra…”  aconsejó el señor y eso, en oídos millennials, fue interpretado como “sigan órdenes y no se quejen, muchachos llorones.”

Para impresionarnos dio cifras de la producción de McDonalds, dijo que no recordaba cuándo fue la última vez que revisó ese dato, pero seguramente fue antes de que naciera el más joven en la sala. Nadie apreció sus referencias de ‘Pretty Woman’, y no porque no conociéramos esa película, sino porque su forma de interpretar los noventa choca con la de una generación que, a diferencia de la suya, se acercó a ese cine por culto, no por falta de alternativas.

Para cuando empezó a burlarse de esos muchachos de la UNAM que usan huaraches con suela de llanta, varios se habían salido del auditorio. La mayoría de los que nos quedamos estábamos con el ceño fruncido y los brazos cruzados pero él, como cualquier señor que aprendió todo, menos a escuchar, no fue capaz de leer a los demás ni de reformular su discurso.

“Ya comete a la maldita naranja…” dijeron las personas sentadas a mi lado, los noventa funcionan cuando se sabe evocarlos.  

El ambiente gritaba: “¡Ya 100tc cñor!”, así, con signos que confunden cuando son decodificados con la mente de otra época,  acostumbrada a las reglas de ortografía pero incompetente ante las normas sociales de hoy, ésas que no permiten que uno haga comentarios clasistas y machistas, sin ser juzgado de clasista o machista.

“Señor, vamos a tener que detener su intervención…” interrumpió el millennial alfa para evitar que siguiera su perorata sobre la vestimenta de las mujeres en la oficina; si lo dejaba, presiento, habría dicho que mejor fueran sin ropa, de allí habría saltado a la homofobia y de los chistes de jotitos quién sabe qué habría seguido, ¿prejuicios de mariguanos?, ¿la fragilidad millennial?, ¿legalizar a las de 17?

“Perdón, sus ideas no representan lo que queremos transmitir y pido una disculpa a todos los presentes por esos comentarios sexistas”. Ante ese anuncio el señor se calló y después de murmurar un desconcertado “gracias”,  se fue a sentar. Un pequeño paso para el señor, pero  un gran salto para nuestra generación.

Algunos millennials pensaron que la medida fue excesiva, que pudimos ser más educados que él y dejarlo terminar, honrar su esfuerzo y el tiempo que invirtió en preparar su discurso; pero si el señor hubiese hecho su chamba y en verdad hubiera preparado algo pensando en la audiencia que tendría en frente, nadie lo habría mandado callar.

El problema de los señores es que se aferran a lo que conocen, sin intentar comprender que lo conocido, lo aceptable, lo que creen, es lo que nos ha llevado a donde estamos; y lo grave es que como no ven más allá de lo que conocen, no se dan cuenta que donde estamos es detestable.

Se autodenominan portadores de la razón pero cuando intentan hacerse escuchar sobre las cientos de voces que los contradicen, los jóvenes los mandan callar, les piden que se sienten y se burlan de ellos de formas que les confirman que la realidad ya no es como la que conocieron, que el mundo que asumían suyo, los rebasa y los deja fuera.

Pero el riesgo del escarnio es que termina por asustarlos, confundirlos y darles más razones para encerrarse en sus creencias que, aunque obtusas y cerradas, son lo que les queda, los vestigios de una realidad que entendían y que ayudaron a construir, sin inferir que resultaría tan precaria y limitada que tendría que ser reescrita por las generaciones que los sucedieron.

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