El día que le dijimos a un cñor que se sentara y se sentó

“Es como una violación, si ya estás ahí, disfrutas…” un par de quijadas se fueron al suelo cuando el señor conferencista dijo eso. Desde que se plantó frente a una audiencia de 200 millennials y afirmó que a los millennials no les gusta leer, supimos que las siguientes dos horas serían pura incomodidad.

El señor era director de orquesta, se autoproclamó artista e inició una dinámica de aplausos y voces que algunos seguimos por cortesía, por ese respeto a los mayores que señores como él nos inculcaron en la infancia. Luego vino la broma de usar la batuta de director para callar a tu esposa, nadie rio, pero eso no lo desmotivó a seguir con ese guion que en tantas empresas, operadas por señores como él, ha funcionado.

“No importa qué tan equivocado parezca estar el director de una orquesta, solo él conoce la visión total de la obra…”  aconsejó el señor y eso, en oídos millennials, fue interpretado como “sigan órdenes y no se quejen, muchachos.” Para sustentar su argumento sobre los frutos del empeño y el “querer es poder”, dio cifras de la producción de McDonalds, dijo que no recordaba cuándo fue la última vez que revisó ese dato, pero seguramente fue antes de que naciera el más joven en la sala. 

Para cuando empezó a burlarse de esos muchachos de la UNAM que usan huaraches con suela de llanta, varios se habían salido del auditorio. La mayoría de los que nos quedamos estábamos con el ceño fruncido y los brazos cruzados, pero él, como cualquier señor que aprendió todo, menos a escuchar, no fue capaz de leer a los demás ni de reformular su discurso.

“Señor, vamos a tener que detener su intervención…” interrumpió el organizador del evento para evitar que siguiera con su discurso sobre la vestimenta de las mujeres en la oficina; si lo dejaba, presiento, habría dicho que mejor fueran sin ropa, de allí habría saltado a los chistes de jotitos y quién sabe qué habría seguido después, ¿legalizar a las de 16?

“Perdón, sus ideas no representan lo que queremos transmitir y pido una disculpa a todos los presentes por esos comentarios sexistas”. Ante ese anuncio, el señor se calló y después de murmurar un desconcertado “gracias” se fue a sentar. Un pequeño paso para el señor, pero  un gran salto para nuestra generación.

Algunos de los presentes pensaron que la medida fue excesiva, que pudimos ser más educados que él y dejarlo terminar, honrar su esfuerzo y el tiempo que invirtió en preparar su discurso; pero si el señor hubiese hecho su chamba y en verdad hubiera preparado algo pensando en la audiencia que tendría en frente, nadie lo habría mandado sentar.

El problema de los cñores es que se aferran a lo que conocen, sin intentar comprender que lo conocido, lo aceptable, lo que creen, es lo que nos ha llevado a donde estamos; y como no ven más allá de lo que conocen, no se dan cuenta que donde estamos es intolerable. Se autodenominan portadores de la razón, pero cada vez hay más voces que les confirman que la realidad ya no es como la que conocieron y que el mundo que asumían suyo, los rebasa y los deja fuera. 

Tantos cambios les asustan y confunden y al sentirse acorralados se encierran con más ahínco en sus creencias. Esas ideas violentas y rancias son lo que les queda, los vestigios de una realidad que entendían y que ayudaron a construir, sin inferir que resultaría tan precaria que ya es insostenible.

Ante su resistencia por que todo se mantenga igual en un mundo que tiene que cambiar, lo único que esperamos de estos señores es que acepten que ya es momento de irse a sentar. 

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