El perro y la muerte

A una pareja agonizante siempre se le puede dar un mes más de vida. Las promesas que no pensamos cumplir son un paliativo para posponer el entierro, para convencernos de que no es un funeral lo que necesitamos, sino un viaje, un nuevo departamento o un perro. Nos decimos tantas veces que las cosas pueden mejorar, aunque que todo nuevo intento ha sido un clavo más en el féretro; cada latido, por débil que sea, lo envolvemos de anhelo para no aceptar que trajimos al perro a un panteón.

Por años nos envenenamos hasta quedar desahuciados, a veces con traiciones fulminantes, otras con ausencias y silencios que se extendieron hasta la noche en que rascamos viejas heridas y descubrimos que estaban vacías. En un arranque de piedad anunciamos la eutanasia y comenzamos a empacar. Quemamos las promesas, embalamos los recuerdos y sacamos a pasear al perro por turnos, para no tener que pasar ni un minuto demás juntos. Hicimos el papeleo fúnebre y, por educación, lloramos en el velorio. Nos asomamos al ataúd y lo cerramos con el consuelo de que una tumba es más cálida que la morgue donde por tanto tiempo yacimos.

Entre el descanso eterno y nosotros solo se interpone la lectura del testamento.  Falta decidir qué haremos con el vuelo a Punta Cana que compramos en plena en crisis y con ese perro que supuestamente iba a salvarnos y ahora nos está forzando a convivir una o dos veces a la semana con nuestro cadáver.

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