El sumo sacerdote

Hace semanas que no veo a otra persona, tal vez sea un mes. Es difícil mantener la noción del tiempo cuando todo lo que una vez me sirvió de referente ya no existe para mí. Si no tengo clases, ni trabajo, ¿cómo se supone que deberían de sentirse los lunes? Si para mí ya no tienen la mínima importancia la Navidad, ni el Año Nuevo, ¿por qué me interesaría saber cuánto falta para diciembre? El tiempo es una ilusión que se rompe cuando todos los días se concentran en una única y finita misión.

Trato de mantener estas reflexiones cada tanto, ante la ausencia de cualquier otra voz, soy la única que puede explicarme cómo es que llegué hasta aquí, aunque, presiento que ya no iré mucho más lejos. Empiezo a sentirme vencida por el cansancio físico. De acuerdo con las últimas notas que tomé antes de que la lluvia arruinara mi libreta, han pasado más de cinco meses desde que inició mi búsqueda.

Me gusta repasar los términos en que lo hice o de otro modo esta decisión que a primera vista parecería impulsiva perdería su origen divino. Me lo he dicho cada día desde que salí sin nada más que lo que traía en la mochila:  Dios me habló y me dijo que caminara hasta encontrarlo. Le pregunté qué tan lejos quería que fuera, Él me respondió: “Hasta donde te lleven tus pasos”; le pregunté que hacia dónde, me dijo que yo encontraría el camino.

Al principio dudé por la manera tan simple en qué se me manifestó, pues solo habló dentro de mí,  nada de zarzas en llamas, brillos celestiales o la voz de Morgan Freeman, solamente mi propia consciencia dándome sus indicaciones. Después pensé: ¿Quién soy yo para cuestionar un mensaje divino por modesto que parezca? ¿No está Dios tan presente en una hormiga como en el Sol? Si Dios ha elegido manifestarse ante mí así es porque en su infinita sabiduría Él sabía que esta era la manera adecuada para hacerme llegar su mensaje.

Desde entonces he caminado en absoluto silencio porque mi consigna es simple: camina hasta que me encuentres. No me dijo: “habla”, no me dijo “reza”; me dijo “anda” y eso es exactamente lo que he estado haciendo, solo paro para dormir, comer y hacer todo aquello que resulte indispensable para seguir sobre mis pasos. He recorrido ciudades, he pasado por frondosos cerros y también por montañas de basura, anduve por la carretera hasta que encontré cada vez menos autos, me adentré en pueblos y caminos hasta que en cuestión de un tiempo que ya no sé medir en días enverdeció mi paisaje, redescubrí las estrellas y he visto la vida emanar en cada uno de los poros del mundo, desde el retozar de las vacas hasta la reciente aspereza de mi piel. Cada fragmento de paisaje ha sido una señal inequívoca de que voy por el camino correcto.

He visto tanta belleza y también tanto dolor, y sin embargo, aún no se me ha revelado la señal de que he llegado al lugar que fue dispuesto para mí. Lo que sé, hasta ahora, porque Dios me lo está diciendo al mermar mis fuerzas físicas es que no falta mucho para que el peso de mi propio cuerpo me indique el instante de parar, y cuando eso suceda sabré que cumplí su voluntad y llegué hasta dónde Él me lo indicó. Ahí donde me desprenda de los límites de la carne, sabré que es mi momento de conocer la sabiduría que me fue concedida por absoluto mandato divino.

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