la oquedad de lo que no fue texto de Abril Romero sobre los Hubieras

También somos la oquedad de lo que no fue

Hace años me gustaba mucho un dude que conocí días antes de irme de viaje por semanas. Estando allá me escribía casi diario, hasta que unos días antes de mi regreso dejó de hacerlo; y yo, decidida a ser una perra inalcanzable, no tomé la iniciativa aunque, repito, me gustaba mucho.

Volví. Me habría encantado que pasara por mí al aeropuerto, pero no se lo pedí. En vez de eso acepté el ride de otro vato con el que terminé enculándome por varios terribles meses -en los que ignoré todos los intentos que hizo el que me gustaba por volverme a buscar-.

A veces pienso en qué habría pasado si hubiera hecho el esfuerzo de escribirle para que fuera por mí. A lo mejor sí hubiera ido y me habría gustado más, saldríamos, quizá por meses o años y, entonces, habríamos aprendido a decepcionarnos de muchas otras maneras.

O quizá no, ¿y si descubríamos una forma de querernos con los menos daños posibles? ¿Y si aún siguiéramos juntos? ¿Y si esa forma de amor me hacía anhelar lo que tengo ahora, pero no hubiera podido alcanzar con él?

O, en el más factible de los casos, ¿qué tal si sí se lo hubiera pedido y decía que no? También es posible que aunque le hubiera escrito, igual estuviera donde estoy pero sin esa zozobra tan específica de lo que habría pasado de haberlo intentado; una zozobra menos que no haría diferencia entre todas las que guardo.

Todavía pienso, por ejemplo, en lo que debí decirle al que fue por mí al aeropuerto para llevarme directito a la chingada. O fanteseo con haberle dicho a esa persona (que nada tiene que ver con esos dos vatos) cuánto me habría gustado conocerle muchas noches antes de esa que ojalá hubiera durado media hora más.

La oquedad de lo que no fue forma parte de lo que soy. Pienso en ese email que me habría encanto enviarle a mi ex con todas las razones por las que debió irse a la verga dos años antes de que yo lo mandara. Y en las felicitaciones que nunca le externaré a esa amiga que acaba de ser mamá, pero tiene muchos años que ya no es mi amiga.

Y pienso en tantas otras cosas que no dije y ya no diré porque la verdad tiene fecha de caducidad. Lo que no se dice se echa en la composta de lo que, sin haber sido, sirve para pensarnos, para jugar a perseguirnos la cola con lo que hemos callado y para asomarnos, por mera curiosidad, a un cachito de vida que pudo ser diferente.

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