Cumplir 30 en el fin del mundo

Cuando cumplí veintidós años, M (mi ex) apareció en mi fiesta de cumpleaños con un regalo que parecía imposible de conseguir en las temperaturas primaverales de Guadalajara: un tulipán naranja. La flor que alguna vez dije que era mi favorita llegó medio muerta de calor y con la raíz dentro una bolsa con hielos, pequeña hazaña que no me convenció de volver con él, pero sí se quedó atesorada entre los gestos más bonitos que alguien ha tenido en mi cumpleaños.

Ese fue la última vez que recibí un año más en la casa donde crecí. A partir de que me mudé a CDMX se acabaron las vueltas al sol que empezaban con mi familia esforzándose por decorar la entrada de mi cuarto, también se acabó la tradición de fingir que dormía para que fueran ellos quienes me despertaran con esas mañanitas que, como buen hogar tapatío, venían de un CD de Alejandro Fernández. A partir de que puse seiscientos kilómetros entre mi mamá y yo, comencé a sospechar que no habría nadie tan interesado en celebrar mi nacimiento como la mujer que estuvo en primera fila. 

Mi primer cumpleaños en CDMX lo pasé en una oficina en Santa Fe, en un trabajo que odiaba aunque solo tenía unas semanas de haber entrado. La jefa del área compró un pastel porque así dictaba el protocolo de recursos humanos y una veintena de godínez a quienes apenas conocía me abrazaron por compromiso mientras yo deseaba que dieran las seis de la tarde para irme de ahí. Luego vi a F, mi novio de ese entonces cuyos planes consistían en salir a caminar hasta encontrar algún lugar que nos gustara y pagar la mitad de la cuenta. 

Los siguientes aniversarios fueron más o menos así, con abrazos incómodos en oficinas a las que me costaba ir en días ordinarios, ya no digamos en mi día; en cenas improvisadas con el mismo novio que alguna vez me reclamó por darle demasiada importancia a mi cumpleaños y revisando constantemente mis redes sociales en busca de palabras bonitas, como las que yo tantas veces procuré antes de que el mismo paso del tiempo me fuera enmudeciendo el entusiasmo.

Desde que me convertí en una adulto independiente (entiéndase sin tiempo, ni dinero) dejé de ser detallista con la gente que quiero. En prepa una vez organicé una cooperacha entre mis amigos para regalarle un celular a la única persona del grupito que no tenía uno, también diseñé un calendario para M y marqué cada fecha que podría ser importante, desde San Patricio hasta el cumpleaños de su abuelita. Pasé de dibujar historietas para mi mamá cada 10 de mayo a convertirme en alguien que apenas le llama ese día, y no de buena gana.

El último regalo que le hice a mi mami

A petición de F, la única persona con la que me sentía cercana en CDMX, dejé de darle importancia a los cumpleaños, tanto a los míos como a los de los demás. También perdí la emoción de ir a los eventos que tienen fama de trascendentales, como mi graduación o las bodas de varias de mis amigas. Si no tenía dinero para conseguir un vestido, menos me iba a alcanzar para pagar mi transporte hasta la ciudad donde sería la fiesta. 

Desde mi llegada a CDMX pasé meses viviendo al día, durmiendo poco y llorando mucho. Conocía poca gente y por mucho que me esforzara sembrando relaciones, la amistad, como casi todo en esta vida, solo germina con cuidado y tiempo. Así se me fueron tres o cuatro años de chamba en chamba, de fiesta en fiesta y de talleres de esto y de aquello hasta que hice las suficientes amistades como para que mi forma de verme y ver el mundo no dependiera únicamente de ese novio poco entusiasta, al que al fin pude dejar cuando sentí el apoyo de otras personas.

A partir de que me embistieron las responsabilidades de la adultez, me tomó años conectar otra vez con las ganas cotidianas de celebrar la vida. Ya envío regalos para la gente que tengo lejos, organicé mi propia comida de cumpleaños con la confianza de que no comería sola y hasta me consagré como tía entusiasta y planeé mi primera cena de año nuevo. Todavía se me pasan muchas fechas, pero al menos ya tengo un vestido negro, apto para casi cualquier ocasión. 

La foto de la cena de año nuevo que quedé de enviar por correo postal ¿no les ha llegado?

Ahora que me acostumbré al peso de ser adulta me es un poco más sencillo discernir cuáles limitaciones son mías y cuáles de la vida. Sé y acepto que soy del tipo de personas que para tener ganas de celebrar necesita esforzarse, por eso también soy comprensiva conmigo cuando no tengo energías para hacer ningún esfuerzo. En mi más reciente cumpleaños apenas tuve ánimos para levantarme, cumplir con mi jornada laboral y luego pedir algo rico de comer para que mi llegada al famoso tercer piso no pasara del todo desapercibida.

Cumplí treinta años en plena pandemia, obviamente mis seres queridos tenían sus propios asuntos y no se me antojaba convocar a nadie frente a una pantalla que no me permitiría servirles otra cervecita. Recibí solo un par de regalos y aún menos abrazos, ese día la vida me dio a entender que los treinta es otra etapa de la adultez con las mismas dificultades materiales que los veinte, más otras añadidas (como el dolor de ciática) y la súbita certeza de que la  felicidad, de aquí en adelante, será la que yo pueda proveerme.

No es que no tenga familia, amigues y personas increíbles que me cuidan y me apoyan, pero ese día, mientras leía felicitaciones y me servía el whiskito que me regalé, pensé en la gente que me estaba escribiendo. Si para mí era difícil sobrellevar el encierro ¿cómo la estaría pasando esa amiga que confinada en casa, con trabajo y dos bebés se dio el tiempo de escribirme? Todxs a quienes me habría gustado ver en mi cumpleaños también están enfrentando sus propios desafíos, sobrellevando el fin del mundo y, pese a todo, dándose el tiempo de pensar un ratito en los demás.

Llegar a treinta en cuarentena no fue del todo feliz, al menos no en los términos de risas y alcohol que suelen caracterizar a los cumpleaños, pero, eso sí, fue algo lleno de vida, con todo y los altibajos que implica vivir. Estando conmigo (y mi whiskito) confirmé que pese a lo mucho que puedan complicarse los años siguientes estoy dispuesta a hacer mi mayor esfuerzo para disfrutarlos. Y de paso, también quiero aprovecharlos para recordarle a la gente que amo, ya sea en su cumpleaños o cuando lo necesiten, que en esta sucesión de eventos trascendentales y cotidianos siempre habrá alguien dispuesto a cosechar, con tal de verles felices, tulipanes en primavera.

De cuando cumplí 30 años en el fin del mundo

8 comentarios sobre “Cumplir 30 en el fin del mundo

  1. Y ya después, cuando cumples cuarenta (porque en algún momento te das cuenta de que, pues, la vida, y de repente ya llegaste), aprendes que los cumpleaños treinta, veinticinco, veinte, no fueron tanta cosa viéndolos hacia atrás. Pero que, también, cada cumpleaños es un punto especial para ti para celebrarlo como se te pegue la gana y con quien quiera estar. Y está bien.

    Felices treinta, atrasados. Muchos tulipanes naranjas patí.

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    1. Hola, Mr. Rubén 🙂 Muchas gracias por las felicitaciones. Quiero ver qué me depara en los próximos 10 años, pero como va el mundo, chance y me toca recibir los cuarenta en un búnker, en plana guerra mundial por el agua o algo así, jaja, de cualquier modo voy a recibirlos con gusto.

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  2. Abril, siempre es una dicha leerte, incluso cuando se trata de encontrarme e identificarte entre altibajos. De un tiempo para acá, he reflexionado mucho sobre los cumpleaños como fechas importantes. Es curioso, pues desde que era muy niña, jamás fui aficionada de celebrar “mi día”, hay incluso varias anécdotas familiares que versan como siempre catafixiaba la fiesta que mi mamá, una mujer amante de las manualidades y los eventos sociales organizaba en su cabeza desde meses antes de octubre, por un reloj cucú, una lámpara o una ida a comer pozole al mercado.

    Estando más grande, fue precisamente a partir del gusto de una ex novia de celebrar su y los cumpleaños en general, que empecé a tener otra relación con esa fecha. En ese entonces pensaba que le había resignificado, ahora creo que más bien era una forma más de demostrar mi amor por ella, es decir, celebraba mi cumpleaños porque sabía que a ella le hacía especialmente feliz. El tiempo ha pasado después de eso, mi cumpleaños anterior, el primero sin ella, lo pasé a solas en la CDMX después de una semana haciendo activismo y política, y estuvo bien. Llovió fortísimo, me empapé hasta los huesos y llegué a pedirme una pizza de quesos para comerla a solas en el Airbnb que alquilé. Ese día me di cuenta de que el 27 de octubre sí es un día especial, pero que hay muchas maneras de honrar un cumpleaños. Al final, lo importante es que hagamos lo que hagamos, estemos cómodas y llegar ahí es tarea de los 365 días del año.

    Abrazo

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  3. Ay, Dan, qué bonito leerte y más cuando lo que sentimos es parecido. Me alegra que hayas encontrado la manera de celebrar tu vuelta al sol bajo tus propios términos. Te mando un abrazo grande hoy, que es uno de esos días en los que nos toca preparanos para recibir con amor el próximo cumpleaños :3.

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