Las ventajas de tener un crush con el que nunca pasará nada

Lo vi pasar afuera de mi salón y de repente toda la luz de esa mañana se concentró en su piel blanca, su cabello castaño y su prominente perfil.  Inmediatamente inicié una indescretísima investigación para averiguar quién era el dueño de esa inolvidable nariz y, antes de que llegara el terrible fin de semana en que no iría a la escuela para verle, ya sabía cómo se llamaba, en qué salón iba y cuál era su promedio porque, por obvias razones, no podía permitirme planear un futuro con alguien que le fuera mal en el quinto de primaria.

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Lo que he aprendido de las veces que fui infiel

Cuatro o cinco veces, teniendo pareja, me he dado unos besos con alguien más. Algunas fueron ocasionales, crímenes perfectos sin alevosía, evidencias, ni víctimas; inconvenientes previsibles de una relación a distancia. Otras fueron el pretexto que necesitaba para terminar un noviazgo en el que fui infeliz por años. Pero la más significativa fue un desliz que pudo haber sido otro crimen perfecto, de no ser porque me dejó por días una punción en los labios: ¿Por qué lo hice si, en esencia, no soy una persona infiel? ¿O sí soy? 

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La niña de Neptuno

La conocí en una fiesta. Tenía los ojos grandes, pero había cierto aire distante en ellos. La comisura de sus labios estaba especialmente curvada y aunque sonrió ligeramente al entrar, seguía llevando una inmensa C invertida debajo de la nariz. Era una mujer pequeña y eso le daba a su actitud taciturna cierta ternura infantil. Parecía la caricatura de una niñita a la que colorearon con los tonos de un día nublado, una niñita que en vez de llevar un globo y una paleta iba sosteniendo una nube gris y una botella de whiskey.

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Bitácora de un corazón arado

La primera vez que me rompieron el corazón estaba convencida de que nunca se iría la tristeza. Eran vacaciones de verano, no salí de mi cuarto durante semanas, me fui de viaje para tomar otros aires y me dio diarrea en la carretera.  Berrié hasta bajar de peso y cada intento por sentirme mejor se consumía en la imposibilidad de volver a estar juntos. Hubo un día en que incluso lloré al ver un semáforo porque estaba en rojo, igual que la playera que mi ex traía puesta cuando terminamos. Tenía 17 años. Como todo lo que pensaba en esa época, me equivocaba, lo superé en menos de lo que llegó la siguiente estación y volví a mi estado de ánimo normal, bajo pero sin llorar en los cruces peatonales.

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El perro y la muerte

A una pareja agonizante siempre se le puede dar un mes más de vida. Las promesas que no pensamos cumplir son un paliativo para posponer el entierro, para convencernos de que no es un funeral lo que necesitamos, sino un viaje, un nuevo departamento o un perro. Nos decimos tantas veces que las cosas pueden mejorar, aunque que todo nuevo intento ha sido un clavo más en el féretro; cada latido, por débil que sea, lo envolvemos de anhelo para no aceptar que trajimos al perro a un panteón.

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