Esto es un infierno

O cómo lidiar con el herpes zóster

Después de una hora buscando mis llaves, acepté los hechos: las dejé pegadas a la puerta, mis vecinos las tomaron y entrarían a robar en cualquier momento. Desde que se mudaron me pareció que había algo falso en ellos, ella finge orgasmos y él usa playeras de Ferrari, aunque ni siquiera tiene coche. La única solución era cambiar la chapa. Quise llamar al cerrajero, pero no encontré mi celular, seguro los vecinos ya habían entrado por él… Incluso aparecieran mis llaves, todo estaba perdido, habían tenido tiempo suficiente para sacarles una copia y aprovecharían cualquier descuido para venir por lo demás. “Esto es un infierno”, exclamé antes de echarme a llorar sobre el sillón. Bajo mis lágrimas encontré las llaves, el celular estaba sobre la mesa; lo único que sigue desaparecido es mi estabilidad emocional.

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Rocío y la máquina soñar

-Creo que estoy lista para otra mascota.- Le dije a Valeria (aka Hipocampo) un jueves en la tarde mientras perrito negrito (aka Nina) descansaba en mi regazo.

-¿Perro o gato?- Preguntó la criatura marina que cohabita conmigo.

– No sé, tú has tenido ambos, ¿qué recomiendas?

– Mmm… gato. Te vendría bien convivir con uno.

Al día siguiente, Nina encontró un gatito en el cuarto de tiliches de la azotea. Valeria lo sacó de Villa Tétanos y lo llevó al veterinario. Así supimos que el gatito tenía dos meses, que estaba libre de pulgas y que, en efecto, se trataba de un gatito.

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Huaraches

Me perdí en el metro, cuando encontré mi salida empezó a llover. Mal día para andar de huaraches, costumbre de provincia que me traje en la maleta. Corrí hasta un supermercado y me gasté lo de la comida de la semana en una sudadera. Así mi urgencia de calidez.

En junio de hace cuatro años me mudé a la ciudad. Desde entonces he tenido varios empleos, y ninguno. Meses de frijoles fríos, mocos secos y ojos mojados. Cambios de oficio, de casa y de vida. Gente que se queda, que se fue y otros que hubo que correr. Momentos en los que la única razón para quedarme era la incertidumbre de regresar.

Narvarte, Iztacola, La Viga, Santa Maria La Ratera… Tania, Cint, Beto, Elvirus, Rox, Kareli, Juan, Sahib, Valeria y otros nombres que iré olvidando. El Bull, Las Piernudas, La Malquerida, La Rosario Castellanos… Tantas manos extendidas, abrazos del tamaño de una casa, promesas postergadas, verdades a medias y oasis cotidianos.

Aquí seguimos, más viejos, más sabios, más felices, y en días como hoy, igual de pendejos que el primer día, ése en que CDMX me demostró que aquí no es lugar para huarachitos tapatíos.

Sala de espera

En la sala de espera del ginecólogo apareció una monja dispuesta a hablarnos de las muchas formas en que nos tienta el diablo, aunque ya era suficiente con saber que un extraño estaba por tentarnos. Cuando se le agotó el discurso, sacó la biblia. Como la participación era escasa, inició una oración. A medio rosario me hablaron para pasar a revisión, me levanté tan rápido que se me cayó mi bolsa y la monja tuvo la consideración de pausar la rezadera en lo que la señorita levantaba su desmadre. Nunca había sentido tanta urgencia porque un extraño me abriera de piernas y le mostrara mi interior a dos enfermeras y tres estudiantes de medicina. Luego, preguntas sobre mi número de parejas sexuales, la última vez que cogí, abortos, partos, hijos o cesáreas.

Del asunto al que iba, todo bien, supongo que la dignidad sanará con el tiempo.

Labrapugs

Esta situación resulta cuestionable tanto moral como biológicamente ¿Puede un pug macho hacer lo suyo con una labradora?

Durante nueve felices meses viví con Sahib y sus hijos Camila y Romeo. Él es un hippie sabroso, dulce y apapachador. Cami es rubia y guapa, 30 kg de carisma y ternura en forma de perrita labrador. Romeo es un pug muy guapo, tan guapo como puede ser un pug tierno, gruñón y melancólico; probablemente su ánimo taciturno se debe a que es ciego y tuerto. Le queda un ojo que no funciona, evidencia de que la naturaleza a veces tiene un sentido del humor bastante extraño.

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