Las ventajas de tener un crush con el que nunca pasará nada

Lo vi pasar afuera de mi salón y de repente toda la luz de esa mañana se concentró en su piel blanca, su cabello castaño y su prominente perfil.  Inmediatamente inicié una indescretísima investigación para averiguar quién era el dueño de esa inolvidable nariz y, antes de que llegara el terrible fin de semana en que no iría a la escuela para verle, ya sabía cómo se llamaba, en qué salón iba y cuál era su promedio porque, por obvias razones, no podía permitirme planear un futuro con alguien que le fuera mal en el quinto de primaria.

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La niña de Neptuno

La conocí en una fiesta. Tenía los ojos grandes, pero había cierto aire distante en ellos. La comisura de sus labios estaba especialmente curvada y aunque sonrió ligeramente al entrar, seguía llevando una inmensa C invertida debajo de la nariz. Era una mujer pequeña y eso le daba a su actitud taciturna cierta ternura infantil. Parecía la caricatura de una niñita a la que colorearon con los tonos de un día nublado, una niñita que en vez de llevar un globo y una paleta iba sosteniendo una nube gris y una botella de whiskey.

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